DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR. Ciclo A. 17 de abril de 2011

Lecturas:
Is  50, 4-7  
Sal 21, 8-9. 17-20. 234-24  
Fl 2, 6-11  
Mt 26, 14- 27, 66

PRIMERAS REFLEXIONES

                El centro de la celebración de hoy es la lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, según S. Mateo. La celebración con los ramos es un rito solemne de entrada, partiendo de modelos que se realizaban en los lugares de la historia de Jesús, y buscaban reproducir simbólicamente los sucesos previos a los días de su muerte. Si el centro es la lectura de la pasión, en ella hemos de centrar nuestro interés y nuestros esfuerzos para una correcta celebración. Tan es así que hoy se permite, si parece necesario, prescindir de las dos lecturas y atenerse sólo a la pasión. Todo el conjunto ha de expresar estas actitudes y la mejor expresión de lo leído, la buscada por el mismo Jesús, es partir el pan y repartir la copa. En la celebración del viernes, sólo por motivos de tradición litúrgica, no habrá eucaristía, viéndonos privados de esa expresión única y real de lo acontecido en Jerusalén, en la víspera de la Pascua, en torno al año 30.

                El relato de la pasión y muerte de Jesús de Nazaret debió formarse como un primer y breve escrito de los primeros cristianos. Los cuatro evangelios, en esa narración, también el de Juan, tendrían que ver con esta fuente. Pero cada uno agrega su propia manera de enfocarla. Hoy leemos la de Mateo. Un aspecto muy singular en él es señalar el carácter escatológico, de cosa última, de la muerte del Señor. Su muerte es el día del Señor, la actuación definitiva de Yhwh en juicio y salvación. Por eso, une la muerte de Jesús a los signos clásicos que visibilizan esa intervención: tinieblas, temblor de tierra, templo accesible o destruido, tumbas abiertas, y muertos manifestándose. No tenemos costumbre de unir muerte y venida del Señor, de vincular pasión y adviento. Cuanto sucede en la pasión, sucede en el último día, en lo definitivo de Dios con nosotros. Ya nada nuevo va a suceder; un día terrible de juicio y perdón, de muerte y de vida, de volcarse de Dios sobre la humanidad para salvarla y de lo que provoca ese vuelco entre nosotros. Esos muertos que se pasean por la ciudad no son los resucitados por la vida nueva de Dios, sino los expulsados de la más antigua y mísera habitación de los humanos, de la tumba y su infierno, hundidos en un sistema caduco y ahora destruido. Los testigos de lo antiguo salen huyendo de la novedad de Dios y de su acción ya última y definitiva, y se convierten en fantasmas precursores del mundo nuevo. La muerte de Jesús, como día y acción de Dios en medio de la historia humana. Hasta las alusiones a Elías, que tarda o viene o es esperado, tienen mucho que ver con el día del Señor, pues es él quien lo antecede y  anuncia. Incorporar lo escatológico -final y definitivo- a nuestro anuncio pascual lo enriquecería: la Pascua, día del Señor. Supondría esa nota incómoda e indómita, que escasea en nuestro anuncio del evangelio, pero que jamás debe perderse. Tan domesticados, la muerte del Señor y su toque de final, aporta eso subversivo que es inseparable del relato de la pasión de nuestro Señor Jesucristo. (Metz dixit.)

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                Las dos primeras lecturas son idénticas en los tres ciclos litúrgicos. La 1ª, una parte del último cántico del Siervo de Yhwh, anuncia su resistencia, su entereza, y su confianza en el Señor que no lo abandona en el duro trance. La 2ª, el himno de la carta a los filipenses, de probable origen anterior a la redacción de la carta. Texto profundo, fundamental en la fe cristiana, que recoge el abatimiento y la exaltación de Cristo. La imagen de fondo es un recorrido espacial, parte de arriba hacia abajo, hasta la cruz, y resurge de nuevo a lo alto, por la intervención de Dios, hasta su gloria. El salmo interleccional, el 21, proclama el abandono de Jesús, y la previsión de su éxito.

                La pasión de Jesús corresponde al texto de S. Mateo. Añadidos suyos al relato anterior son la atención a la figura de Judas,  a su traición, y su final dramático (algo diferente del relatado en Hch 1, 18) con cita de la Escritura. Los detalles en torno a Pilato, su mujer y sus sueños, la entrega por envidia, y el gesto de lavarse las manos; todo, con aire de exculpación de los romanos en la muerte de Jesús. Por contraste, “el pueblo entero” pide la muerte para Jesús, con esa frase tristemente célebre de “su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. En ocasiones, la frase justificó el antisemitismo. El añadido más singular de Mateo es la narración de una resurrección de muertos a la hora de la muerte de Jesús.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA (Convendría no omitirla nunca. Lo más breve y concentrada posible. Mayor en intensidad y menor en duración.)

                Muere Jesús y nosotros anunciamos y proclamamos su muerte. Incluso sabemos, como bautizados, que estamos insertos en esa misma muerte. Una muerte anunciada y leída hoy con solemnidad, con cariño y veneración. Anunciar una muerte es haberle perdido el miedo, saber que sirve para mucho. Que, recordada junto a tantas muertes, nos certifica que Dios nunca abandona, porque no lo ha hecho ni con este ajusticiado, con este condenado en nombre de la ley que prohíbe la blasfemia. Ha sido una muerte en absoluta soledad, que parece dar la razón a quienes se reían viendo cómo el Dios que invocaba el muerto no se ha dejado notar en su ayuda. Anunciamos una muerte tan cruel que los romanos no la toleraban para los suyos. Pero esa, y otras igual o más crueles, las hemos ido tolerando parsimoniosamente en la historia. Anunciamos la presencia salvadora de Dios en esta muerte de Jesús y en todas las muertes, por insufribles o inhumanas que resulten. Anunciamos un Dios que se presenta como tal precisamente acompañándonos en nuestra muerte, en nuestra derrota. Esa presencia inesperada y escondida de Dios, el Padre de Jesús que ha muerto, cambia toda muerte en vida, clausura todos los sepulcros y pasillos de la muerte. Su luz y su fuego son vida para el que muere, vida que hace saltar por los aires la muerte. Por eso proclamamos hoy y siempre que el Dios de la vida, inseparable de la muerte, la torna en apertura plena, en vida nueva inaccesible ni a los sueños, en vida total y definitiva que ya nadie nos arrebatará. El Dios que no dejará a su fiel conocer la corrupción (Sal 15) abraza al crucificado, y el universo resplandece. Los bautizados saben y sienten la ternura de Dios sobre los muertos; notan el amor del Dios de Jesús a él, y a todos, y cualquiera que muere. El evangelio asegura que la sepultura de Jesús ha quedado sellada y custodiada. Nosotros, con él, ungidos y amortajados de muerte y vida olorosa. Que intervenga cuanto antes el Dios salvador, el que quiere a Jesús hasta identificarse con él, el que en Jesús nos ama a todos. Las apariencias, incluso nuestras experiencias de vida, certifican que la muerte ha triunfado, que los verdugos siguen ahí, a la boca de la tumba, imponentes. Con Jesús, todos vamos quedando clausurados en las tinieblas. La fe nos da la sabiduría divina de que Dios intervendrá, que no tienen razón los que usan la fuerza y el poder para anular a los humanos, pues Dios los desbaratará y humillará con su simple presencia viva. Llega Dios y su salvación, su intervención a favor de Jesús el domingo que viene, a favor de todos los nacidos de mujer en un momento que sólo él conoce. Llegará, intervendrá, salvará. Abrirá las tumbas y la tierra y el mar, y su vida alcanzará a todos los hundidos en la muerte. ¡Ven pronto, Señor! Tu obra y nuestra vida se identificarán. Por eso, hoy, tras la lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, los bautizados anunciamos la muerte de Jesús, proclamamos al Dios que no  lo abandona en la muerte, y esperamos que su acción nos alcance a todos y pronto. Esto es el misterio y el centro y la energía oculta de nuestra fe.

                 J. Javier Lizaur