CUARTO DOMINGO DE CUARESMA. Ciclo A. 3 de abril de 2011

Lecturas:
Sm 16, 1. 6-7. 10-13  
Sal 22 11-6  
Ef 5, 8-14 
Jn 9, 1-41

PRIMERAS REFLEXIONES

                Segundo evangelio de catequesis fundamental para los catecúmenos: Cristo es la luz. Vale todo lo dicho el domingo anterior sobre el evangelio de Juan, sus diálogos y malentendidos. Quizá podremos recordar para éste el tema de las “controversias”. Tanto los sinópticos como Juan recogen fuertes controversias entre Jesús y la cúpula del poder en Jerusalén y hacia el final de su vida. Se centran en el templo y su papel, en la autoridad de Jesús y, con ella, en sus títulos para ejercerla. En esas controversias será muy difícil precisar cuáles de ellas corresponden a Jesús y su historia, y cuáles a las comunidades judías y judeo- cristianas: serían similares, sólo que más amplias y extensas las segundas.


                Los bautizados recibían el nombre de “iluminados”, alcanzados por la luz y poseedores de la misma; no “iluminados”, como locos ajenos a lo real. Tienen los bautizados una luz para moverse y orientarse en la vida. Una luz para comprenderla mejor. Para muchos textos (Lc 1, 79; Col 1, 13), los creyentes hemos sido sacados o arrancados de las tinieblas a la luz. Con frecuencia nos descubrimos empleando un “ya lo veo” para expresar que entendemos algo, que descubrimos novedades o nos atrevemos a predecir el futuro. Pues algo así creemos tener los cristianos en Jesús, el Cristo, el Enviado. También la luz recorre las Escrituras por entero: desde el Génesis, cuando Dios crea el primer día la luz  (una luz, por cierto, diferente de la nuestra alternante de sol y luna, que comienza el día cuarto, Gn 1, 3 y 14) hasta el final en el Apocalipsis, con la ciudad santa iluminada por la luz de Dios y no necesitada ya de sol y luna (Ap 21, 23 y 22, 5). Si la experiencia de la sed resulta inevitable, no menos la de la luz: en la oscuridad cerrada, y más tras un tiempo en ella, imposible no dirigirnos al punto de luz. También como la sed, puede hablarse de ella tanto en referencias físicas y visuales, como en intelectuales, afectivas y relacionales, fundamentales y vitales. Dicen que Goethe murió pronunciando “más luz”. Cualquier “más luz” lo abarca todo.

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                1ª lec, del primer libro de Samuel con alguna de las tradiciones en torno a la elección de David como rey (otras lo vinculan más a ejercicio guerrillero o a elección de las tribus). Para relacionar el texto con el evangelio podemos atender a las diferentes miradas de los hombres y de Dios sobre las cosas, sobre los hijos de Jesé. “El Señor ve el corazón”

                La 2ª lec mantiene una clara vinculación con los textos del evangelio. Podríamos decir que son casi una paráfrasis del mismo, de sus comienzos (v 4 y 5) y final (v 41), sobre la luz y las tinieblas y nuestra postura ante ellas.

                El evangelio recoge todo el capítulo 9 del cuarto evangelio. Comienza y concluye en alusiones a las actitudes humanas frente a la luz y las tinieblas y, más en concreto, a las de los fariseos y los creyentes. Como en el de la samaritana, hay un avance en los títulos que el ciego iluminado reconoce  (profeta, enviado, mesías, hijo del hombre), y una referencia a su descubrimiento personal, por encima de la familia y las instituciones. El ciego madura en sus visiones, en su mirar, mientras la sinagoga se encierra en los suyos, en la ceguera. El título de “hijo de hombre” puede entenderse (y aquí lo es) superior a “hijo de Dios”. Este es atribuido normalmente al hijo del rey, y el primero es un “como hombre” que viene de Dios a la humanidad, título escatológico, para los tiempos finales (Dn 7, 13-14). El verso 22 recoge para muchos el dato histórico, posterior al año 80, de la expulsión oficial de los judeocristianos de la sinagoga. El tema de la relación pecado-enfermedad en las visiones religiosas antiguas (¿antiguas?), aquí sufre la traslación actitud ante la luz-pecado.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Muy frecuente en todos los evangelios el tema de los ciegos y la ceguera. Pero en todos también, no sólo en el de hoy de Juan, hay una clara tendencia a convertirlos en imagen o metáfora de la fe. Ciegos que ven poco a poco, en un proceso (Mc 8, 22-26), que ven rápidamente gracias a su fe (Mc 10, 46-52; Mt 20, 29-34; Lc 18, 35-43), que se quedan en el pueblo (el primero) o que parten siguiendo a Jesús (los otros tres); y todas estas narraciones anteceden o siguen a otras con anuncios de Jesús sobre su pasión y muerte para señalar el contraste entre lo poco que ven los discípulos y lo bien que ven estos ciegos.

                El bautismo ilumina, pone claridad en quienes acceden a la fe. Por eso, al bautizado se le entrega una vela encendida para que “camine a la luz de la fe” y espere, con ella encendida, al Señor cuando vuelva. Llevamos muchos años con la vela y la luz en las manos. Mirando y mirando, y sin ver mucho. Puede que incluso viendo cada vez menos y con mayor dificultad. En la baraúnda de luces y brillos, entre neones y focos, cada vez nos sentimos más inseguros a la hora de “ver” qué es el sufrimiento, qué la muerte y el fracaso. Muchas luces, muchas, que resultan incluso amenazantes, de las que desconocemos la energía que consumen y de la que provienen. Luces potentes de flases captando con dolor, y hasta con belleza, rostros y cuerpos que sufren o, ni eso, destrozados. Señor, que veamos y entendamos algo. Que no entendemos al hombre vacío y vaciado en busca de fama y foto, ni al que vive harto en su prosperidad asentado sobre los demás, ni el silencio de los poderosos cimentado en economías injustas. Señor, que vea, que no veo. Que vea y descubra por fin dónde andas, por qué callas, qué esperas de nosotros. Señor, que vea algo en esta iglesia, magra por momentos, confundida de espectáculo y estadística, olvidada de sencillez y humildad evangélica, ciega o tuerta para descubrir su servicio real y actual a todos.

                La preciosa vela encendida puede que nos haya creado confusión. No era ninguna luz, era Cristo mismo, él es nuestra única luz. De tanto mirar, no hemos reparado en la serena faz del icono, ni en la angustia del cristo barroco, ni en la luminosidad sin perfiles del resucitado. Él es nuestra luz, la que nos acompañará hasta su venida. No valen ni velas ni linternas. Sólo el Señor es luz. Su manera personal de enfrentar la vida y la muerte y su forma de combatir la enfermedad y la pobreza. Sus propuestas para la comunidad de hermanos y su empeño de vivir su vida como esclavitud y servicio. Esa es nuestra luz. Su confiada entrega al Padre, su oración en la tiniebla del fracaso personal son nuestra luz. Somos ciegos en medio de tanta luz, si pasamos miedo y desconfiamos. El Señor es mi luz, ¿a quién temeré? (Sal 26) La luz nuestra es tan intensa que nos ciega y parece tiniebla, es que la luz es toda Espíritu. Bautizados, con nuestra vela encendida, nuestro recuerdo vivo de Jesús entero, con el Espíritu que ilumina, afrontamos la oscuridad y perplejidad de la vida actual. Miramos siempre a Cristo nuestra luz y para no quedar ciegos de nuevo, nos cuida con mimo su mismo Espíritu. Bautizados, iluminados.

                 J. Javier Lizaur