Antonio Vicedo,
ATRIO suele ofrecer textos para la interiorización y reflexión. Hoy empezamos la primera de dos entregas de una ponencia de José A. Pagola en la XXVIII Semana de Estudios Monásticos celebrada en Loyola en el año 2001. Entonces Pagola aún no había publicado su libro sobre Jesús que le ha hecho famoso. El título de toda la ponencia (publicada por Idatz de San Sebastián en un librito de 38 p.) es:
Silencio y escucha frente a la cultura del ruido y la superficialidad
Nos ha enviado el texto Antonio Vicedo, quien lo ha ha leído con atención crítica, teniendo en cuenta los destinatarios de la ponencia y los lectores actuales de ATRIO: por eso ha resaltado con negrilla, cursiva y subrayados varias expresiones y ha añadido también paréntesis entrecomillados como comentario, o cuestionamiento propios, que pueden ser útiles para más de uno. Agradecemos tu trabajo, Antonio.
El recorrido que pretendo hacer en mi modesta exposición es muy sencillo. Señalaré, en primer lugar, algunos rasgos de la cultura del ruido y la superficialidad En un segundo momento, trataré de dibujar el perfil de hombre vacío y superficial que la sociedad moderna tiende a generar. Me detendré después a subrayar la sordera que producen el ruido y la superficialidad de nuestros días para escuchar a Dios. Sólo después trataré de situar el silencio monástico en la moderna sociedad del ruido. Terminaré mi exposición sugiriendo el inestimable servicio que la vida monástica puede ofrecer en nuestros días al hombre moderno, a los cristianos y a la Iglesia.
- 1. CULTURA DEL RUIDO Y LA SUPERFICIALIDAD
No es mi intención estudiar la cultura moderna “(¿?)” del ruido y de la superficialidad analizando sus raíces, consecuencias, evolución actual o perspectivas de futuro. Me limitaré a señalar alguno de sus rasgos fundamentales para describir el perfil del hombre ruidoso y superficial que tiende a generar la sociedad moderna.
• La explosión de los mas-media
Los “media” se han convertido en la sociedad moderna “(¿?)” en el instrumento “(¡!)” más poderoso de formación y socialización de los individuos. Han logrado ya sustituir en buena parte a la Iglesia, la familia, la escuela o los partidos como instancia de transmisión y formación de cultura “(De forma;de cultivo. No educacción =proceso desarrollista del ser humano.)”. Sin duda, son muchos sus efectos positivos tanto de orden informativo como cultural y social, pero no se ha de olvidar su capacidad de generar una sociedad ruidosa y superficial “¿No es por haber degenerado lo más auténtico de la persona: su racionalidad y voluntad libre y responsable en tanto SUJETO?)”
La invasión de la información abruma “(¿Por qué más que cualquier otra abundancia?)” a los individuos, y la rapidez con que se suceden las noticias impide “(Por qué?)” cualquier reflexión duradera. El individuo vive “(¿O no vive en coherencia con su ser persona?)” sobresaturado de información, reportajes, publicidad y reclamos. Su conciencia queda captada “(¿Qué causa esa captación?)”por todo y por nada, excitada por toda clase de impresiones e impactos y, a la vez, indiferente a casi todo. Los medios ofrecen, por otra parte, una visión fragmentada, discontinua y puntual de la realidad “(¿No eso propio de nuestra capacidad natural de captación?)”, que hace muy difícil la posibilidad de síntesis alguna. Se informa de todo pero casi nada es sólidamente asimilado”(¿Dónde y en qué consiste la capacidad de asimilación)”. Al contrario, este tipo de información ”(¿Sólo este tipo a través de toda la historia humana?)” va disolviendo la fuerza interior de las convicciones y empuja a los individuos a vivir hacia fuera, abandonando sus raíces y marcos de referencia.
Es altamente significativo el impacto de la televisión.”¿Lo fueron menos otros medios culturales diferentes en épocas y cultivos diferentes?)” En pocos años se ha convertido en una “gran fábrica “(¿Tiene esto algo que ver con el fabricar, de siempre, clases de personas?)” de consumo social” y de alienación masiva. Ella dicta las ideas y convicciones, los centros de interés, los gustos y las expectativas de las gentes. Desde la pequeña pantalla se impone ”(¿Qué hace que la oferta se convierta en imposición?)” imagen de la vida que hemos de tener, las creencias que hemos de alimentar [1]. Por otra parte, la televisión produce imágenes y arrincona conceptos, desarrolla el puro acto de mirar y atrofia “(¿Cual es la real causa de este logro?)” la capacidad de reflexión, da primacía a lo insólito sobre lo real, al espectáculo sobre la meditación “(¿Es esto nuevo en la humanidad?)” [2]. Cada vez más, la televisión busca distraer, impactar, retener la audiencia. Se busca la emoción del directo, la novedad de lo inesperado, la rabiosidad de la primicia, lo sensacional. En la sociedad de los mass-media se propaga toda clase de imágenes y datos, las conciencias se llenan de noticias e información, pero disminuye la atención a lo interior y decrece la capacidad de interpretar y vivir la existencia desde sus raíces. Se oyen toda clase de palabras y mensajes, pero apenas se escucha el misterio del propio ser. Se pasan muchas horas ante el televisor, pero apenas se medita y se desciende hasta el fondo del propio corazón. “(¿No han sido estas artes las de las diversas culturas alienadoras personales de las gentes?)”
• Hipersolicitación y seducción permanente
Uno de los rasgos más visibles de la sociedad de consumo es la profusión de productos, servicios y experiencias. La abundancia hace posible la multiplicación de elecciones “(¿Acaso no se nos ofrece por la Naturaleza abundancia de bienes sin que ello sea causa de desviación o de abusos?)”. Cada vez es mayor la gama de productos y modelos expuestos en los centros comerciales e hipermercados. Los restaurantes especializados ofrecen toda clase de menús y combinaciones. Podemos seleccionar “(¿Solo podemos, o desde nuestra libre responsabilidad, si se practicara, debemos seleccionar?)” entre un número ilimitado de cadenas televisivas. Las agencias proponen todo tipo de viajes, experiencias y aventuras. Se pueden comprar toda clase de obras de divulgación o revistas especializadas, y seguir programas de consejos psicológicos, médicos o culinarios. La hipersolicitación, la estimulación de necesidades, la profusión de posibilidades son ya parte integrante de la sociedad moderna. “(¿Acaso esa capacidad de solicitación de bienes, la estimulación hacia los mismos, la aspiración a mayores bienes, no constituyen el patrimonio con el que la Naturaleza y su Creador nos ha regalado para que se realice en nosotros su proyecto de PROPIA SEMEJANZA? ¿Está en eso la causa de los desvíos y abusos?)”
No es sólo esto. La seducción se convierte en el proceso general que tiende a regular el consumo, las costumbres, la educación y la organización de la vida. Es la nueva estrategia que parece regirlo todo[3]. El individuo no es sólo solicitado por mil estímulos. Todo le es sutilmente presentado como tentación y proximidad. Todo es posible. “(¿Pero todo lo posible, dado que lo fuera de verdad también por sus necesarias consecuencias, es factible sin más?)” Hay que saber disfrutar.
Esta lógica seductora y hedonista sigue la tendencia de privilegiar el cuerpo y los sentidos, no el espíritu o la vida interior.”(¿Dónde ha quedado la verdadera y real valoración de la PERSONALIDAD propia y ajena radicalmente FALSEADA? ¿No está en su concepción y consecuente práxis el verdadero problema de la inhumana Humanidad?)” El cuerpo, con su cortejo de solicitudes y cuidados se convierte en verdadero objeto de culto. Se cuida la higiene, la línea y el peso; se vigila el mantenimiento físico: chequeos, masajes, sauna, deporte, “footing”. Todo es poco. El cuerpo ha de ser valorado, cuidado, sentido, exhibido, admirado. Sin duda, hay algo muy positivo en esta recuperación del cuerpo. Sin embargo, cuando este proceso olvida la dimensión espiritual de la persona, engendra unan existencia vacía y superficial donde se puede llegar a cuidar mucho más la apariencia que lo esencial.
• El imperio de lo efímero
Tal es el título de un conocido estudio del profesor de Grenoble, G. Lipotvetsky sobre la moda y el espíritu de nuestros tiempos [4]. La sociedad moderna está dirigida por la moda, no por la religión, las ideologías o los ideales políticos.”(Acaso cuando las religiones, ideologías, políticas, etc. no personalistas ni humanas ejercieron su excesivo predominio, los resultados para la Humanidad fueron realmente muy diferentes?)” Es ella el principio que organiza la vida cotidiana de los individuos y la producción socio-cultural. Ella dicta los cambios de gustos, valores, tendencias y costumbres. Según G. Lipotvetsky, vivimos en una época de “moda plena”.
Pero decir moda es decir institucionalización del consumo, seducción de los sentidos, variación rápida de formas, proliferación de nuevos modelos, creación a gran escala de necesidades artificiales, organización social de la apariencia, generalización de lo efímero. Se cultiva el gusto por lo nuevo y diferente más que por lo verdadero y bueno. Las conciencias se mueven bajo el imperio de lo superficial y caduco.
La dictadura de la moda crea todo un estilo de vivir en la movilidad y el cambio permanente. Se cambia de televisor o de coche, pero se cambia también de pareja y de manera de pensar. Nada hay absoluto. Todo es efímero, móvil e inestable. Crece la inconsistencia y la frivolidad. Lo inmediato prevalece sobre la fidelidad. Se vive la ideología de lo espontáneo. Nada permanece, nada se enraíza. Decae la pasión por las grandes causas y crece el entusiasmo por lo pasajero. Esclavo de lo efímero, el ser humano no conoce ya nada firme y consistente sobre lo cual edificar su existencia.
La cultura moderna “(¿O más bien toda cultura=cultivo despersonalizadora de cualquiera edad y localización?)” se convierte así en una cultura de la “intrascendencia”, que ata a la persona al “aquí” y al “ahora” haciéndole vivir sólo para lo inmediato, sin necesidad de abrirse al misterio de la transcendencia. Es una cultura del “divertimiento” que arranca a la persona de sí misma haciéndole vivir en el olvido de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano. En contra de la máxima agustiniana. “No salgas de ti mismo; en tu interior habita la verdad”, el ideal más generalizado es vivir fuera de uno mismo. [5]
• La huida hacia el ruido
No es fácil vivir el vacío que crea la superficialidad de la sociedad moderna. Sin vida interior, sin meta y sin sentido, el individuo queda a merced de toda clase de impresiones pasajeras, desguarnecido ante lo que puede agredirlo desde fuera o desde dentro. Es normal entonces que busque experiencias que llenen su vacío o, al menos, lo hagan más soportable. Uno de los caminos más fáciles de huida es el ruido.
Vivimos en la “civilización del ruido “¿O sigue la Humanidad , y ahora de modo más global la incivilización de la despersonalización inhumana?)” [6]. Poco a poco, el ruido se ha ido apoderando de las calles y los hogares, de los ambientes, las mentes y los corazones.”(¿Acaso no hicieron y siguen haciendo otro tanto ,o peor, los grandes silencios en las fronteras o campos de imposible supervivencia humana?)” Hay, en primer lugar, un ruido exterior que contamina el espacio urbano generando estrés, tensión y nerviosismo. Un ruido que es parte integrante de la vida moderna, alejada cada vez más del entorno sereno de la naturaleza. La sociedad del bienestar ha decidido luchar contra este ruido privilegiado el silencio, tomando medidas más estrictas para hacerlo respetar, insonorizando las viviendas o promoviendo el éxodo hacia el campo.
Pero hay en la sociedad moderna otro ruido contra el que no se lucha sino que se busca. La persona superficial no soporta el silencio. Aborrece el recogimiento y la soledad. Lo que busca es ruido interior para no escuchar su propio vacío: palabras, imágenes, música, bullicio. De esta forma es más fácil vivir sin escuchar ninguna voz interior; estar ocupado en algo para no encontrarse con uno mismo; meter ruido para no oír la propia soledad.
El ruido está hoy dentro de las personas, en la agitación y confusión que reina en su interior, en la prisa y la ansiedad que domina su vivir diario. Un ruido que, con frecuencia, no es sino proyección de problemas, vacíos, desequilibrios y contradicciones que no han sido resueltos en el silencio del corazón. Pero el hombre moderno “(¿Sólo el moderno, o también el histórico?)” está lejos de aprender a entrar en sí mismo para crear el clima de silencio indispensable para reconstruir su mundo interior. Lo que busca es un ruido suave, un sonido agradable que le permita vivir sin escuchar el silencio. Es significativo el fenómeno de la “explosión musical” en la sociedad moderna. El hombre de nuestros días oye música de la mañana a la noche. La música y el ritmo se han convertido en el entorno permanente de no pocos. Se oye música en el trabajo y en el restaurante, en el coche, el autobús o el avión, mientras se lee o se hace deporte. Se vive “la música continua”. Parece como si el individuo moderno sintiera la necesidad secreta de permanecer fuera de sí mismo, de ser transportado, de verse envuelto en un ambiente estimulante o embriagante, con la conciencia agradablemente anestesiada.”¿Acaso no es eso lo que las diversas culturas=cultivos, sin excuir las de predominio religioso alienante, no es eso lo que tienen planificado y van ejecutando con eficacia y meticulosidad?)”
- 2. PERFIL DE LA PERSONA PRIVADA DE SILENCIO Y HONDURA
Nada mejor para conocer los efectos devastadores de esta cultura del ruido y la superficialidad que intentar dibujar, siquiera brevemente, los rasgos y el perfil de persona que tiende a generar.
• Sin interioridad
El ruido disuelve la interioridad; la superficialidad la anula. El individuo entra en un proceso de desinteriorización y banalización. El hombre sin silencio vive desde fuera, en la corteza de sí mismo. Toda su vida se va haciendo exterior. Sin contacto con lo esencial de sí mismo, conectado con todo ese mundo exterior en el que se encuentra instalado, el individuo se resiste “¿(O le inducen y fuerzan a ello ya desde la cultura familiar y las otras institucionalizadas?)”, a la profundidad, no es capaz de adentrarse en su mundo interior. Prefiere seguir viviendo una existencia intrascendente donde lo importante es vivir entretenido, seguir sumergido en “la espuma de las apariencias”, funcionar sin alma, vivir sólo de pan, continuar muerto interiormente antes que exponerse al peligro de vivir en la verdad y la plenitud. Lo decía ya en su tiempo Pablo VI: “Nosotros, hombres modernos, estamos demasiado extrovertidos, vivimos fuera de nuestra casa, e incluso hemos perdido la llave para volver a entrar en ella” [7]. “(Pero los filósofos ya dijeron: Primero vivir y luego filosofar; y Jesús que afirmó: No solo de pan vive el hombre, también ante las turbas que le seguían y estaban hambrientas dijo a sus discípul*s: ¡Dádles vosotros de comer! ¿Es humanamente justa la distribución de bienes naturales -economía- en la Humanidad?)”
• Sin núcleo unificador
El ruido y la superficialidad impiden vivir desde un núcleo interior. La persona se disgrega, se atomiza y se disuelve.”(¿No ha hecho siempre esto el poder establecido, cuidando o forzando la división para su permanente situación de victoria a lo largo y ancho de la Historia?)” Le falta un centro unificador. ”¿Ese centro no es la VERDAD REAL de su especifica –de especie– humanidad personal igualitaria?)” El individuo es llevado y traído por todo lo que, desde fuera o desde dentro, lo arrastra en una dirección u otra. La existencia se hace cada vez más inestable, cambiante y frágil. No es posible la consistencia interior. No hay metas ni referencias básicas. La vida se va convirtiendo en un laberinto. Ocupada en mil cosas, la persona se mueve y agita sin cesar,”(¿Se mueve como SUJETO que realmente es, o habiendo quedado objetivada la mueven sin propia libertad ni casi responsabilidad? Jesús clamó desde la cruz ¡—porque NO SABEN LO QUE HACEN!) pero no sabe de dónde viene ni a dónde va. Fragmentada en mil trozos por el ruido, la hipersolicitación, la seducción de los sentidos, los deseos o las prisas,”(O las condiciones inhumanas de supervivencia o despersonalización)” ya no encuentra un hilo conductor que oriente su vida, una razón profunda que sostenga y dé aliento a su existencia.
• Alienación
Es normal entonces vivir dirigido desde el exterior. El individuo sin silencio “(Pero no solo el sin silencio, sino muchos silenciados y sin voz)” no se pertenece, no es enteramente dueño de sí mismo. Es vivido desde fuera. Volcado hacia lo externo, incapaz de escuchar las aspiraciones y deseos más nobles que nacen de su interior, vive como un “robot” programado y dirigido desde fuera. Sin cultivar el esfuerzo interior y cuidar la vida del espíritu, no es fácil ser verdaderamente libre. El estilo de vida que impone hoy ”(¿No viene esto desde el intento de arrebato del poder absoluto ,fruto del árbol del bien y del mal en el arquetípico paraíso?)” la sociedad aparta a las personas de lo esencial, impide su crecimiento integral y tiende a construir seres serviles y triviales, llenos de tópicos y sin originalidad alguna. Muchos suscribirían la oscura descripción de G. Hourdin: “El hombre se está haciendo incapaz de querer, de ser libre, de juzgar por si mismo, de cambiar su modo de vida. Se ha convertido en el robot disciplinado que trabaja para ganar dinero que después disfrutará en unas vacaciones colectivas. Lee las revistas de moda, escucha las emisiones de T.V. que todo el mundo escucha. Aprende así lo que es, lo que quiere, cómo debe pensar y vivir. El ciudadano robot de la sociedad de consumo pierde su personalidad” [8].
• Confusión interior
El hombre lleno de ruido y superficialidad “(O exhausto por expolios y presiones de abusos de poder ajenos)”no puede conocerse directamente a sí mismo. Un mundo superpuesto de imágenes, ruidos, ocupaciones, contactos, impresiones y reclamos se lo impide. La persona no conoce su auténtica realidad; no tiene oído para escuchar su mundo interior; ni siquiera lo sospecha. El ruido crea confusión, desorden, agitación, pérdida de armonía y equilibrio. La persona no conoce la quietud y el sosiego. El ansia, las prisas, el activismo, la irritación se apoderan de su vida. El hombre de nuestros días ha aprendido muchas cosas y está superinformado de cuanto acontece, pero no sabe el camino para conocerse a sí mismo.
• Incapacidad para el encuentro
El hombre “(Deshumanizado por cualesquiera causas)” ruidoso y superficial no puede comunicarse con los otros desde su verdad más esencial. Volcado hacia fuera, vive paradójicamente encerrado en su propio mundo, en una condición que alguien ha llamado “egocentrismo extravertido”[9], cada vez más incapaz de entablar contactos vivos y amistosos; con el corazón endurecido por el ruido y la frivolidad, se vive entonces defendiendo el pequeño bienestar cada vez más intocable y cada vez más triste y aburrido. La sociedad moderna tiende a configurar individuos aislados, vacíos, reciclables, incapaces de verdadero encuentro con los otros, pues encontrarse es mucho más que verse, oírse, tocarse, sentirse o unir los cuerpos. Estamos creando una sociedad de hombres y mujeres solitarios que se buscan unos a otros para huir de su propia soledad y vacío, pero que no aciertan a encontrarse. Muchos no conocerán nunca la experiencia de amar y ser amados en verdad.
- 3. LA SORDERA PARA ESCUCHAR A DIOS
Se ha dicho que “el problemas del hombre no religioso es esencialmente un problema de ruido” [10]. Probablemente hay en ello mucho de verdad. El ruido y la superficialidad dificultan y hasta impiden la apertura a la transcendencia, y sin esta apertura ya no hay verdadera fe ni religión, aunque lo parezca. “(Es que DIOS, en tanto PALABRA, se deja oÍr por la propia y ajena HUMANIDAD ¿Cómo vamos a oir a Dios a quien nadie vió, ni oyó, si no le vemos y oímos en nosotros mismos y en l*s demás , hij´*s suy*s?)”
• Represión de la relación con Dios
Quien vive aturdido interiormente por toda clase de ruidos y zarandeado por mil impresiones pasajeras, sin detenerse nunca ante lo esencial, difícilmente se encuentra con Dios. ¿Cómo podrá percibir su presencia si existe fuera de sí, separado de su raíz, volcado sobre su pequeño bienestar? ¿Cómo escuchará su voz si vive de forma ruidosa, dispersa y fragmentada, en función de sus propios gustos y no de un proyecto más noble de vida? ¿Cómo podrá, sin escucha interior, intuir que “el hombre es un ser con un misterio en su corazón, que es mayor que él mismo”? (H. von Balthasar ) “(Muchos según Jesús, Mt. XXV se habrán encontrado con Él, aún sin darse cuenta de ello, si acertaron a encontrarse fraternalmente con l*s herman*s más pequeñ*s.)”
V. Frankl ha hablado de la presencia latente de Dios en lo profundo de muchas personas cuya relación con él ha quedado como reprimida [11]. Instaladas en una vida pragmática y superficial que les impide llegar con un poco de hondura al fondo de su ser, su apertura a Dios queda reprimida y atrofiada. Sólo interesa la satisfacción inmediata y el bienestar a cualquier precio. No queda sitio para Dios.
En la sociedad moderna, Dios es hoy para muchos no sólo un “Dios escondido” sino un Dios imposible de hallar. Su vida transcurre al margen del misterio. Fuera de su pequeño mundo nada hay importante. Dios es, cada vez más, una palabra sin contenido, una abstracción.”(¿Qué se ha hecho desde el llamado y considerado SU DISCIPULADO, de la epifanía del Dios Padre en Jesús. El Galileo?)” Lo verdaderamente transcendental es llenar esta corta vida de bienestar y experiencias placenteras. Eso es todo. Entonces, tal vez, sólo queda sitio para un Dios convertido en “artículo de consumo” del que se intenta disponer según las propias conveniencias e intereses, pero no para el Dios vivo, revelado en Jesucristo, que suscita la adoración, el júbilo y la acción de gracias.
• En la epidermis de la fe
La cultura del ruido y la superficialidad va erosionando también la fe de no pocos cristianos cuya vida transcurre sin experiencia interior, que sólo saben de Dios “de oídas”. Hombres y mujeres que escuchan palabras religiosas y practican ritos sin beber nunca de la fuente. Bautizados que “no han oído hablar del Espíritu Santo” pues nada ni nadie les ayuda a percibir su presencia iluminadora, amistosa, consoladora en el fondo de sus almas. Gentes buenas arrastradas por el clima social de nuestros días, que siguen cumpliendo con sus prácticas religiosas, pero que no conocen al Dios vivo que alegra la existencia y desata las fuerzas para vivir.
En nuestros días se sigue hablando de Dios, pero son pocos los que buscan al que se esconde tras esa palabra. Se habla de Cristo, pero nada decisivo se despierta en los corazones. Incluso se diría que “tener fe” parece dispensar de la aventura de buscar el rostro de Dios. Todo queda a veces reducido a una religiosidad interesada, poco desarrollada y adherida casi siempre a imágenes y vivencias empobrecidas del pasado. En la sociedad del ruido y la superficialidad todo es posible: rezar sin comunicarse con Dios, comulgar sin comulgar con nadie, celebrar la liturgia sin celebrar nada. Tal vez, siempre ha podido ser así, pero hoy todo favorece más que nunca el riesgo de ese cristianismo sin interioridad que Marcel Legaut ha llamado “la epidermis de la fe” [12].
• Mediocridad espiritual “(¿O mediocridad , o simple deformación humana?)”
La ausencia de silencio ante Dios, la falta de escucha interior, el descuido del Espíritu están llevando a la Iglesia a una “mediocridad espiritual” generalizada. K. Rahner consideraba que el verdadero problema de la Iglesia contemporánea es “seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los carriles habituales de una mediocridad espiritual” [13]. De poco sirve entonces reforzar las instituciones, salvaguardar los ritos, custodiar la ortodoxia o imaginar nuevas empresas evangelizadoras. Es inútil pretender desde fuera con la organización, el trabajo o la disciplina lo que sólo puede nacer de la acción del Espíritu en los corazones. Vivimos una mediocridad que generamos entre todos por nuestra forma empobrecida y superficial de vivir el misterio cristiano. Basta señalar algunos signos.
En la Iglesia hay actividad, trabajo pastoral, organización, planificación pero, con frecuencia, se trabaja con una falta alarmante de “atención a lo interior”, buscando un tipo de eficacia inmediata y visible, como si no existiera el misterio o la gracia.
La reforma litúrgica postconciliar ha devuelto su importancia central y su dignidad a la celebración y, sin embargo, no se llega muchas veces a “sentir y gustar de las cosas internamente” (Ignacio de Loyola). Se realizan mejor los ritos externos y se pronuncian las palabras en lengua inteligible, pero a veces todo parece acontecer “fuera” de las personas. Se canta con los labios, pero el corazón está ausente; se oye la lectura bíblica pero no se escucha la voz de Dios; se responde puntualmente al que preside, pero no se levanta el corazón para la alabanza; se recibe la comunión, pero no se produce comunicación viva con el Señor.
Estamos llenando la celebración de ruido y la estamos vaciando de unción Hemos introducido moniciones, avisos, palabras, cantos, instrumentos musicales, pero falta sosiego para celebrar desde dentro. Las personas cambian de postura sin cambiar de actitud interior. Los sacerdotes predican y los fieles escuchan, pero, a veces, todos salen de la iglesia sin haber escuchado al Maestro interior. Y, casi siempre, seguimos cultivando una oración llena de nosotros mismos y vacía de escucha a Dios.
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NOTAS:
[1] R. GUBERN. El simio informatizado. Ed. Eundesco. Madrid 1987
[2] G. SARTORI. Homo videns. La sociedad teledirigida. Ed. Taurus. Madrid 1998
[3] G. LIPOVETSKY. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Ed. Anagrama. Barcelona 19872, sobre todo 17-48.
[4] G. LIPOVETSKY. El imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas. Ed. Anagrama. Barcelona 1990
[5] Ver el excelente trabajo de J. MARTÍN VELASCO. Ser cristiano en una cultura posmoderna. Ed. PPC. Madrid 1997
[6] M. de SMEDT. Éloge du silence. Ed. Albin Michel. París 1986
[7] PABLO VI. Homilía durante la misa de Pentecostés ( 18 de mayo de 1975 ) en Ecclesia, 1744 ( junio 1975 ) p. 770
[8] G. HOURDIN. Proceso a la sociedad de consumo. Dopesa. Barcelona, 1970, 59
[9] N. CABALLERO. El camino de la libertad. Para ser persona es necesario el silencio. Edicep. Valencia 19805, 41
[10] N. CABALLERO. o.c., 68
[11] V. FRANKL. La presencia ignorada de Dios. Psicoterapia y religión. Ed. Herder. Barcelona 1988.
[12] M. LEGAUT. Convertirse en discípulo. Cuadernos de la Diáspora 2 ( 1994 ) 70-71.
[13] K. RAHNER. Lo dinámico en la Iglesia. Herder. Barcelona 1968; La experiencia del Espíritu. Narcea. Madrid 1980
Tema: Espiritualidad, Silencio