DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO. Ciclo A.

Lecturas:
Is 2, 1-5  
Sal 121, 1-2. 4-9  
Rom 13, 11-14a  
Mt 24, 37-44

PRIMERAS REFLEXIONES

                Un año más preparamos la Navidad. Un reto: el de unirnos al ambiente general prenavideño y apoyarnos en él, sin banalizar una fiesta tan importante para la fe cristiana. Este tiempo de preparación nos lo marca con fuerza la costumbre social, la necesaria distracción y sus intereses comerciales. No vamos a oponernos a ellos, pero tampoco vamos a acomodarnos sin una aportación nueva, y la nuestra es de fe.

                Comenzamos un nuevo año litúrgico. La expresión ‘año’ confunde, está demasiado asimilada al transcurso del año civil. El nuestro es un ciclo que se reúne en torno a la Pascua del Señor y lo prepara y prolonga a  lo largo de doce meses. No coincide con el año convencional, aunque dure como él.

                El adviento nos ofrece unos textos litúrgicos especialmente ricos y expresivos. La belleza y poesía de Isaías nos acompañarán todos los domingos de este adviento. Comenzaremos la lectura del evangelio de Mateo, que nos acompañará todo el ciclo A. Puede ser un buen momento para estudiar despacio este evangelio, el de uso más habitual en los textos de la celebración de la eucaristía. La comunidad cristiana tiene en él especial importancia. A ella se refiere el final del mismo, y nos la presenta adorando a su Señor, en el monte, con muchas dudas, y adelantando la salvación final en signos como el bautismo. La posible estructura de este evangelio en discursos y prodigios, su referencia a Moisés y sus cinco libros, su atención expresa a la comunidad y sus primeros problemas. Será muy bueno dedicar un estudio más detallado a esta obra. Y a toda la Escritura. Pensando sólo en su belleza, en la riqueza de sus presentaciones, en la poesía de sus oraciones y el realismo de sus descripciones. Disfrutar, gozar de las escrituras, sin pensar siempre en que nos riñen o nos corrigen. Acercarnos a ella buscando pasar muy buenos momentos y no sólo aprender. Descubrir la grandeza, la desmesura de nuestro Dios, en las de estas Escrituras nuestras y santas. Y es posible. Y sería interesante. Y tomaríamos más cariño y gusto por ellas. Incluso, como escucharemos el próximo domingo en la 2ª lectura, adobadas de paciencia, nos mantendrán en la esperanza. Menos ética de la que hemos abusado en la lectura de la Escritura y más, mucha más, esperanza. Tan necesaria como difícil en nuestros tiempos. Leer la Escritura y gozar por su belleza. Disfrutar sin más de las Escrituras. Y alimentar nuestra esperanza.

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                1ª lec, del profeta Is. Pocos textos tan comentados y desarrollados como el presente. Figura también en Mi 4 y en Za 9. Cuántos anhelos de paz y armonía se han acogido al texto de las espadas y los arados durante siglos y hasta hoy. Deseo tan universal y permanente queda recogido aquí como promesa de Dios. Esta promesa lo salva de la inanidad. Siempre, con todo, sería extraordinariamente bello.

                2ª lec de Rom. Final de esta carta con las recomendaciones más prácticas, de ética común, y la motivación añadida de la vigilancia y la venida del Señor.

                3ª lec del evangelio de Mt. Recomendábamos más arriba estudiar despacio este evangelio, a lo largo del ciclo. El texto de hoy pertenece a la parte última del mismo. Puede ser conveniente leer todo el conjunto 24-28 como una unidad. Los tiempos finales incluyen la pasión y resurrección del Señor, es su verdadero núcleo y explicación, es día del Señor, día final y recopilación de la historia. El evangelio de hoy se centra en el final y responde a preguntas de los discípulos. Habla Jesús sobre los signos y el momento de esa venida, hoy en concreto sobre el cuándo. Y, sobre cómo esperar el momento, la respuesta queda recogida en las cuatro parábolas siguientes.

PROPUESTA DE HOMILÍA

                ¿Qué ocurría en tiempo de Noé? Nada especial. Las gentes, haciendo sus vidas de todos los días, quizá un tanto aburridas de repeticiones. Comer, beber, casarse, la vida habitual y antigua de los humanos. No hubo otros signos que los de un loco que construía un barco inmenso. ¿Cómo hacerle caso o tomarlo en serio? Y dice Jesús que, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos. Y ¿el ladrón? Es Jesús quien dice que el Hijo del Hombre llegará como ladrón. Nos trasladamos a la Navidad. Llega Jesús en el silencio de la noche. La gente va y viene, obligada por el capricho de un censo, la gente nace y muere. Algunos pastores creen descubrir signos raros, más tarde algunos magos. Pero el pueblo sigue a lo suyo. Como en tiempos de Noé. Como un ladrón en la oscuridad. No estamos acostumbrados a colocar esta luz sobre la Navidad. Pero esta es la venida como de ladrón, es la llegada del diluvio de misericordia. Nadie lo espera, pero Dios llega. Nadie parece darse cuenta, quizá un cortísimo número de pobres, pero en unos pañales está el arca de la salvación. De las imágenes propuestas por Jesús, las dos son temibles para muchos y el diluvio, esperanzador para unos pocos. Pero, ¿por qué hemos de temer, por qué tener miedo a la llegada del Señor?

                La llegada del Señor es una promesa reconfortante, no una amenaza. Podrá fin a la libre circulación del mal y de la muerte, acabará con la triste monotonía de la injusticia y la pobreza. Viene el Señor, recogiendo todos los sueños de la humanidad, esos que se expresaban en los arados y las lanzas (1ª lec), para ponerlos en nuestras manos. Esa paz siempre soñada, en ocasiones rozada, nunca conseguida para todos; que si es para sólo unos, ya no es paz. Llega el Señor, ¡qué alivio! Por fin, llega. Por fin, sueños y añoranzas y deseos cumplidos. Por fin, todo y para todos y para siempre. Es que viene el Señor. Como del diluvio y del ladrón no tenemos ni idea del momento exacto, pero sí sabemos que viene. Es que nos lo ha prometido. Será sorpresa por inesperado y por desmesurado, no porque no sepamos que ya viene, que se acerca, que llegará. Y será alegría por la plenitud. El Señor tiene la costumbre antigua de la sorpresa, de la imprevisión, no forma parte de ningún cálculo Es así su promesa para que nunca caigamos en la ridiculez de pensar que ya está para siempre a nuestra libre disposición, como realidad normalita de nuestro entorno. Vendrá, prometido. Palabra de Dios. Mientras hacemos vida normal, comemos, bebemos y nos casamos, está viniendo. Sin prisas, sin apuros, sin reducirse a nuestros deseos, viene. La negrura de la noche está para terminar y la luz plena y bella del día se nos bien encima (2ª lec). Prometido:” llego enseguida” (Ap 22, 20). ¡Qué alivio, qué gusto! Vendrá.

                 J. Javier Lizaur