DOMINGO XXXII del Ordinario. 7 de noviembre de 2010

Lecturas:
M 7, 1-2. 9-14  
Sal 16, 1.5-6.8 y 15  
2Tes 2, 16-3,5  
Lc 20, 27-38

PRIMERAS REFLEXIONES

Han cambiado la hora y oscurece muy pronto. Hemos celebrado la fiesta de los difuntos (quizá hasta el halloween) y quedan tres domingos para concluir el año litúrgico ciclo C. Todo puede conducirnos a reflexiones sobre el final. Todo final, cualquier final, nuestro propio final. Comentamos mucho la presencia o ausencia de la muerte en nuestra sociedad. Antes, a todas horas, surgían las reflexiones sobre la caducidad de la vida, vivíamos un tanto asustados por su inminencia y su carácter imprevisible. Hoy, no es así. Y sin embargo, pocas veces habrá gozado la muerte de tan continua presencia pública. Los actuales medios de comunicación le sirven de altavoces. Su notoriedad es permanente, en todas las variantes posibles. Pero sigue siendo verdad que la marginamos como si no existiera, o como si sólo existiera para los demás. Quizá su misma presencia apabullante nos lleve a intentar obviarla al máximo. La alejamos de casa, del recuerdo, de las obligaciones sociales; la marginamos en sus sitios adecuados, clínicas y hospitales, tanatorios, cementerios, paisajes abiertos en general. Con todo, también es evidente nuestra falta de preparación para la misma. Y nuestra intención de alejarnos de ella, cuando sucede, lo más y más rápido que podamos. Aprendemos muchas habilidades para la vida, casi ninguna para la vejez, la pasividad y la muerte. Por eso, siempre nos pilla sin preparación, o sin la adecuada. ¿Será imposible esa preparación hábil? Ahí está, siempre inexorable. Dicen que despegamos del ser animal por la conciencia y apropiación de la propia muerte. Y continúa en su tarea de humanizarnos y deshumanizarnos. Una manera de tenerla presente y prepararnos a ella, real y muy actual, consiste en ridiculizarla, hacer de ella chanza y juego, como algo manejable y casi divertido. Otra, acostumbrarnos a su presencia, darle muchas vueltas con la muy sana intención de desdramatizarla, asimilarla en el conjunto de la vida. Preverla y anticiparla, mostrando los pasos necesarios para hacerle frente, cuando llegue, con madurez humana (y cristiana). Entre obsesionarnos con ella y amargarnos la vida, y olvidarla y orillarla como inexistente para mí, queda todo el arte -un auténtico arte- de bien vivir y morir. La sabiduría, en su sentido más bíblico, de una buena muerte.


LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec pertenece al libro 2º de los Macabeos. Dos libros, que no se escribieron uno tras otro, como parece indicar su título. El segundo contiene hagiografías de “santos” de su momento. Son posteriores al año 165 aC, fecha de purificación del templo. Hoy vienen al caso por la explícita referencia a una resurrección para los mártires. Es la primera referencia expresa en el AT. Antes de ella podríamos encontrar insinuaciones, como Ez 37, pero no esta afirmación rotunda. También escribe sobre la oración por los muertos y los méritos de cada uno de ellos.

                La 2ª lec continúa con el texto de la 2ª carta a los de Tesalónica. Texto del entorno de Pablo, aunque quizá no de él mismo. La tardanza de la venida del Señor provoca en la comunidad vagancia y escepticismo. Esa tardanza se pretende explicar desde otros textos del mismo Pablo.

                El Ev, de Lc, como en todo este ciclo C, que va terminando. Una discusión de Jesús con los saduceos en la ciudad de Jerusalén. Las tradiciones evangélicas recogen el recrudecimiento de las tensiones entre Jesús y el poder del templo en la estancia última de Jesús en la ciudad. Una, y bien consolidada es esta sobre la resurrección de los muertos.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                El Evangelio de hoy y la primera lectura nos sitúan en el tema de la resurrección. Tema decisivo para nuestra fe y nuestra esperanza. No era algo claro a lo largo del testamento primero y, durante muchos siglos, el pueblo de Israel creyó y confió firmemente en su Dios, sin necesidad de esperar de él la resurrección.

                Los saduceos, el grupo más contemporizador con la cultura helenística, discute con Jesús. Pudieran pasar por el grupo más abierto y menos fundamentalista, el más propenso a adecuar la fe de Israel con el pensamiento de su tiempo. Como los griegos, negaban la resurrección. Jesús se posiciona a favor de la resurrección y recibe el apoyo de los escribas, mayoritariamente fariseos.

                Los saduceos quieren ridiculizar la resurrección y echan mano de textos sagrados ( Dt 25, 5-10) y cuestionan que esa resurrección sea razonable. La respuesta de Jesús es que en el más allá los creyentes no morirán y serán como ángeles, como hijos de Dios. Nuestras afirmaciones de la resurrección en la comunidad cristiana pueden pecar de excesivas. No concretemos mucho, que ganaremos en confianza absoluta en Dios y nos alejaremos de la ridiculización. ¿Resucitarán con nosotros nuestras relaciones? No somos tanto nosotros, sino el manojo de relaciones que constituyen nuestro ser personal. ¿Quedan garantizadas? ¿Cuántas? ¿Todas, las mejores, las buenas? Y ¿la competencia que bien señalan los saduceos? ¿Los amores y como eran aquí? ¿Queda algo de nosotros sin ellos? ” Espero la resurrección de los muertos”,” de la carne” y poco más podemos concretar. Dios garantiza el futuro a todos. Dios sólo origina siempre vida. Dios de vida, no de muerte. Para dignos de la vida futura, porque han vivido la vida con dignidad. Dignos con la profunda categoría de no haber renegado nunca de ella, de haberla saboreado, pregustado, como para seguir apreciándola y recibirla de nuevo como el mejor regalo. Dignos de asimilar y afrontar más vida, la vida futura. No seremos como ángeles (quizá ni nos apetezca). Ellos no son aquí sino una figura que utiliza Jesús, judío del S I, para señalar la cercanía e intimidad con Dios, el ascenso hacia él. Hijos de Dios, resucitados en él, con vida y realidad que sólo Dios posee y desparrama. Un futuro que sólo Dios nos abre, que sólo él concreta y conoce. Un  futuro en él y que a él confiamos por completo. Sí, nosotros tenemos nuestras preferencias y gusto y deseos. Legítimos y buenos. Pero sólo podemos confiarlos a ese Dios de vida, confiarlos a que él los llene del mejor de los contenidos. Nosotros no podemos exigirlos desde nuestra base limitada de experiencias y deseos, sin caer en contradicciones y ridículos, como sabían los saduceos. Dios nos garantiza y se compromete con nuestra vida futura. Su contenido concreto y real hemos de confiarlo a él sólo. Cómo tome realidad esa vida futura no podemos ni sabemos ni debemos asegurarlo. Nuestra con fianza en el Dios de la vida es tan absoluta que le confiamos hasta el contenido real de ese futuro y su posible relación con la vida presente. Para Dios todos están vivos. Job también, y con él digo y me digo: “Mis propios ojos lo verán. ¡Desfallezco de ansias en mi pecho!” (Jb, 19, 27).

                J. Javier Lizaur