DOMINGO XXVVIII DEL ORDINARIO. Ciclo C. 10 de octubre de 2010

Lecturas:
2Re 5, 14-17  
Sal 97, 1-4  
2Tim 2, 8-13  
Lc 17, 11-19
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Recomendación bien sencilla de la carta a los de Colosas: “sed agradecidos” (Col 3, 15). Ha sido siempre muy valorado eso de ser personas agradecidas. Se enseñaba a responder “gracias” por los mínimos motivos. Dicen que Pablo VI, tanta delicadeza, murió diciendo “gracias”. Algo cambiamos y ya no es tan frecuente ni tan apreciado. Parece que el dar las gracias coloque a uno por debajo de otro, a uno como acreedor y a otro como deudor. Como si el agradecer conllevara algo de humillación. Podemos preguntarnos incluso si la dificultad en agradecer tiene relación con el reconocimiento de acciones que no tienen respuesta o pago proporcionado, de cosas que no tienen precio ni recompensa adecuada, y a las que sólo queda responder con el agradecimiento. No todo tiene valor de intercambio, no se reduce la realidad a trueques de ‘te doy para que me des’. Como ni tengo con qué, ni puedo, ni sé corresponder a algo que me regalan, me resta decir gracias. Sentir esa vinculación, nueva en cada caso, frágil y leve, del agradecimiento.

                 El mundo del agradecimiento debiera ser el ámbito más propio de la religión. Si hablamos de desproporciones, de gratuidades, de carencias en la respuesta, de dones inesperados, de un reparo de extrañeza o estupor, hablamos de lo más propio y esencial de la religión. Las religiones se han vaciado en comportamientos, que son más fáciles de calibrar, o en resignaciones y sufrimientos como única ofrenda  y respuesta de los humanos, o en especulaciones pretenciosas para adentrarse en lo inagotable de los misterios. Han descuidado el simple agradecimiento. Quizá los creyentes son tan sólo agrupaciones de gente agradecida. Por cosas que puede sepan enumerar en sus credos, no encuentran otra cosa que agradecer y siempre agradecer. ¡Qué horror presentar como respuesta a Dios sufrimiento y muerte -de Cristo y de todos-! ¡Qué ídolo ese que demanda y se complace en muerte y destrucción! Y además en nombre de la justicia. Mucho más sencillo ser agradecidos, convertirse “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”, enteros, en agradecimiento. Menos verificable y trágico. Más duradero. El agradecer no concluye nunca, no se amortiza. Como el amor. “Los dones y carismas pasarán, el amor no pasará” (vid 1Cor 13). Ni el agradecimiento.

                Esa actitud religiosa profunda se trasluce en que también en las cosas humanas somos propensos a descubrir mil razones para agradecer, constantes motivos para decir sencillamente gracias. En la comunidad cristiana debiera frecuentarse más ese sencillo darnos las gracias. Los motivos son constantes. Livianos y profundos. ¿Me estáis leyendo? Gracias. 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                1ª lec, con un relato parcial del 2º libro de los Reyes. Forma parte del ciclo de Eliseo y el relato entero suele recogerlo la liturgia en tiempo cuaresmal como explicación del bautismo. Coincide con el Ev en la lepra, en el ser extranjero, en el agradecimiento.

                2ª lec, con nuevas partes de la 2ª a Timoteo. Recoge uno de esos textos esenciales, cantados, reflexionados y celebrados de continuo en la liturgia cristiana. “Acuérdate, haz memoria de Jesucristo”. Probablemente, todo dicho. Y sólo por mantener viva y libre una recomendación tan sustancial merece la pena soportar las mayores adversidades. Un final lapidario: si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

                Ev de Lc como en todo el ciclo. Nos recuerda la localización del prodigio para mayor lógica del relato que incluye un samaritano. Recordar la absoluta marginación social, familiar y personal a que condenaba la lepra, hoy curable y no necesariamente contagiosa. Pero mantenemos la expresión “como un leproso” para designar la marginación más cerrada. Marginación sobre marginación: leproso y samaritano. Recordar también las normas del Lev (14) sobre esta enfermedad y su purificación a las que, en primera instancia, pretende acogerse Jesús de Nazaret. ¿Cuál es el verdadero milagro, el de la lepra o el de la salvación? 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                ¿Se trata de curarnos o de salvarnos? El evangelio deja claro que no son cosas idénticas. Esperamos la salvación, algo mucho más total y rico, que abarca la salud, pero avanza más allá y se sumerge en profundidades totales del ser. Salvación entera, completa, para siempre.

                Mientras, nos apremia la salud y las necesidades inmediatas. En ocasiones, nos descubrimos leprosos, rotos, en carne viva por dentro y por fuera. Caemos en cuenta de nuestra marginación, de nuestra residencia habitual en los márgenes, en las orillas, cercanos a estercoleros y cementerios. Extranjeros en nuestra propia casa y tierra. Cada uno conoce su propio dolor de leproso marginal, ya sea en la familia, con los amigos, en la Iglesia, en los grupos y asociaciones. No tiene costumbre de decirlo, pero sabe que colocarse al lado de Jesús no deja precisamente en el centro, en el remolino de las prisas y la fama y la vanidad. Si no leprosos completos, sí orillados por muchas y diferentes causas en nuestros varios mundos, incomprendidos, extraños a otros y finalmente a nosotros mismos. Somos bastantes así  y nos juntamos en grupo para acudir a Jesús, de tan buena fama en estos asuntos. Él nos encomienda a las instituciones adecuadas, a los sistemas en uso para encontrar la salud y el bienestar. Diríamos que no parece haberse implicado mucho. Y, como siempre, en el camino, en la vida, nos vemos limpios y sanados.

                Todo cambia, podemos volver a la integración, al jolgorio de la vida, con todos, ya nuevos y fuertes y sanos. Pero hay un díscolo, un raro, un extraño, un heterodoxo, que se sale del grupo de salud y se empeña en volver junto a Jesús. Sólo para decirle, gritarle, directa y alegremente que gracias. Se echa por tierra, ya sano, como antes por obligación de leproso, pero ahora libre, para adorar y agradecer. Salud, ya tiene. Jesús pregunta por los otros curados y se fija que el que agradece es extranjero y extraño y hereje. Le regala lo que sí trae él y sólo él, la salvación. ¿Qué ha hecho el samaritano? Simplemente, ser agradecido. No tiene otra cosa, gratitud. No nace otra cosa en él tras el prodigio: agradecimiento que es vuelta atrás, grito, postración. Da las gracias a Jesús y, con esa su fe pobre, está salvado. Los otros nueve sólo están curados. Gritamos a Jesús: “Maestro, ten compasión de mí”. Se lo gritamos, no porque estemos enfermos o nos sintamos leprosos o desgraciados, sino porque nos urge la salvación y esa no nace de nosotros mismos. Y como estamos salvados, decimos gracias, que, en términos griegos, suena a eucaristía. Por darle las gracias a Dios, por hacer eucaristía, sí que estamos salvos y sanos. Leprosos o no, siempre y en todas partes, agradecidos. Gente, pueblo de agradecidos. A Dios, por Jesús. A Jesús. Y a todos, todos los humanos que nos acompañan. Siempre agradecidos.

                Sed agradecidos, porque el recuerdo de Jesús os mantiene vivos, curados, despiertos y esperanzados (2ª lec).

                 J. Javier Lizaur