DOMINGO XXV DEL ORDINARIO. Ciclo C. 19 de septiembre de 2010

Lecturas:
Am 8, 4-7  
Sal 112, 1-2. 4-8  
1Tim 2, 1-8  
Lc 16, 1-13
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Nos enfrentamos hoy a una de esas parábolas incómodas, de no muy clara explicación y más difícil concreción. Con frecuencia pensamos que todo lo recogido en el evangelio como procedente de Jesús es claro y sencillo. No es cierto. Sobre todo en las parábolas, por su género mismo, queda un amplio espacio para diferentes interpretaciones de los textos, para la libertad finalmente. En casos, la interpretación proviene de la tradición primera, como cuando Jesús mismo da la interpretación “en casa”. En otros, como en el de hoy, se agregan aclaraciones varias sobre un mismo tema, el dinero, pero la interpretación de la parábola sigue abierta. Puede que el tema tampoco sea directamente el dinero y éste sea sólo el material empleado para lo verdaderamente importante. Con todo, la presencia de “dinero” se impone en el conjunto.

                “El amo” sigue pensando que el administrador es infiel, injusto, deshonesto. Pero también piensa que resulta ejemplar en su astucia y sagacidad. Sed astutos, cuando veis que os jugáis vuestro futuro. Sed mucho más, cuando se trata de vuestra salvación, del reino. Esta astucia incluye riesgos, exige imaginación e inteligencia: nos jugamos mucho, probablemente, todo. Esa previsión espabilada que muchos emplean en inversiones, en especulación, en el juego en bolsa, en saber cómo y dónde actuar con el dinero, ha de usarse también, y más, cuando hablamos de la justicia, del reino, de la salvación. Una segunda aplicación del relato de este administrador, calculador frío de su futuro, se fijará en qué empleamos nuestro dinero. Es dinero injusto, viene teñido en sangre, es claro, pero lo tenemos que usar hasta para sobrevivir. ¿En qué más lo empleamos? Si nos sirve para hacernos amistades, para que nos devuelvan favores, para comprar y sujetar personas, para especular: entramos de lleno en un terreno interesante y peligroso. Con nuestra astucia ganamos y aseguramos nuestros intereses, pero utilizamos  y manipulamos a las personas. Jesús, con su parábola, se coloca de lleno en todos estos temas. Los conoce, conoce el estilo de los humanos, debe saber que nuestra abnegación y generosidad no son excesivas y es grande nuestro miedo al futuro, a la inseguridad. En el centro de tanta complejidad, sin miedo a mancharse, Jesús nos habla de ser listos y sagaces, de que sabe que tenemos dinero y, ya que lo tenemos, nos exhorta a emplearlo bien. Mejor darlo o prestarlo a quien puede pagarnos en “moradas eternas”, no en fines de semana en hoteles ecológicos. Parece renunciar a grandes sacrificios y abnegaciones, conociéndonos bien, y nos pide que, al menos, lo empleemos en justicia, caridad y solidaridad. “No podemos servir a Dios y al dinero”, pero nos toca servir a Dios, teniendo dinero. Conviene no perder de vista la intervención definitiva de Dios con su salvación que urge y cuestiona todo. Conviene ser astutos y sagaces, pues conocemos la inminencia de Dios. Conviene ser inteligentes, empleando el dinero en justicia y caridad. Astutos y sagaces, reconociendo que la comunidad necesita bienes, imprescindibles también para el reino. Los oscuros y difíciles bienes de la Iglesia y sus inversiones. ¿Podrían abordarse con la parábola, con el evangelio completo de hoy? Las llamadas de fidelidad y de renuncia a los bienes son tan claras como las necesidades que requieren inteligencia y astucia. Una Iglesia pobre y servidora, ¿necesitará para muchos casos esa influencia y poder que posibilita intervenciones de alta envergadura, capacidades diplomáticas, en favor de empobrecidos, pacíficos, luchadores de justicia, condenados? ¿Preferimos que no tenga ningún poder, o influencia, ni intervenga en casos puntuales, ni salve vidas amenazadas? ¿Vale aquí que “los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”? Me sigue resultando un reto tomar como palabra evangélica la llamada a la astucia, que incluye en esta parábola salidas deshonestas, con malversación y falsificación de documentos. Se puede mitigar la astucia y sagacidad, modificando expresiones y diciendo la inteligencia, la reflexión, la ponderación. Aun así, se mantiene el reto y la enorme libertad de interpretación y aplicación. 

LOS TEXTOS EN SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec es del profeta Amós, profeta en el reino del norte, en tiempos prósperos del S VIII a C. Sencillo y directo, como pastor y cultivador de higos. Viendo la corrupción general que describe en la  lectura, anuncia la destrucción del reino, como sucedió en el 721 a C. La relación de esta 1ª lec con el evangelio viene de la maldad de los ricos. No hace referencia a la astucia del administrador.

                La 2ª lec recoge un texto del cap 2º de la carta 1ª a Timoteo. Afronta temas como el poder político y la situación de la mujer en la comunidad. En nota a estos textos, una Biblia  (Casa de la Biblia) escribe “el cristianismo se ha afincado ya en la sociedad grecorromana y acepta, en líneas generales, el orden y las estructuras del imperio”. El problema es si, al hacerlo así, los ha sacralizado para siempre.

                El Ev presenta una parábola del cap 16 de Lc. Parece que la parte fundamental de la misma concluye en el verso 8. El resto, 9-13, reúne aforismos varios que tengan que ver con la riqueza. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Dice Jesús con claridad que en las comunidades cristianas somos menos espabilados con nuestras cosas que los de fuera con las suyas. Casi dice con ello que apreciamos menos las nuestras. Administradores de la fe y de la salvación para todos, ¿qué hacemos con semejante tesoro? Los de fuera tienen derecho a preguntarnos por ellos. Y también “el amo”, el Señor, o Dios mismo, nos lo preguntará. Y nos lo pregunta. Tenemos por aquí papeles y recibos de aceite y de trigo.

                Aceite, del que puso el samaritano en las heridas del hombre asaltado en el camino. ¿Cómo andamos de aceite y cómo lo administramos? Aceite para tantas heridas, para tumefacciones e infecciones; también para suavizar tensiones y anular enfrentamientos. Administradores generales de aceite sanador, lenitivo, que cure a esta vieja humanidad maltratada. Llamemos a todos los hombres y mujeres: quizá acepten disminuir sus demandas y “nuestro amo” no tenga que reparar en la mala gestión que hemos hecho de su aceite de paz. Prestemos atención también a la alcuza, no vaya a ser que no tengamos ni para las heridas de dentro de la comunidad.

                Trigo, del pan multiplicado para alimento de la muchedumbre desorientada. De nuevo nuestra atención al pan y trigo que distribuimos, de la justicia en los bienes repartidos. Nuestra contribución de obra y de palabra al mejor reparto entre todos de lo que es de todos. El pan y la esperanza para emigrantes, para marginales sociales, para pobres y desesperados, parados y desestructurados. Mucho trigo se precisa y mucha sabiduría, reflexión y sagacidad, para hacerlo bien; poco a poco, no sea que la celeridad engendre más injusticia. Trigo, para la comunión fraterna de los que son una sola realidad, porque comen de un mismo pan; para que no crezca la cizaña de la envidia y la parcialidad entre los que beben la misma copa. Administradores del pan, de la salud, del bien vivir de todos los humanos, nosotros, que tenemos más bienes que la inmensa mayoría de ellos. También con los hambrientos habremos de buscar un apaño en los recibos, pues ni hemos sido claros con nuestros dineros e inversiones, ni hemos discurrido sistemas económicos diferentes que proporcionen más igualdad y justicia. Y nosotros sí teníamos posibilidades de hacerlo.

                Un último vistazo a los bienes que llevamos tiempo administrando. Qué han producido en nosotros mismos. El trigo, el aceite, la sabiduría de nuestra fe ¿qué ha producido en nosotros? Llevamos mucho tiempo manejando riquezas. ¿Qué oye, qué descubre, Dios sobre nosotros? Tanta riqueza para seguir en el temor, para no alcanzar ser adultos y libres, para sospechar de la felicidad, para que no haya aumentado nuestra confianza radical en el tesoro de que disponemos. Administradores tan poco fieles que no logran vencer el miedo, ni ponen su confianza, su futuro entero, precisamente en manos del amo más rico en compasión y misericordia. Malos administradores llenos de suspicacias hacia su Señor. Cualquier administrador que gozase de la confianza e intimidad que nosotros tenemos con “el amo” comenzaría sus gestiones por colocarse entero en sus manos, exactamente por ser tan astuto y reflexivo. Se descubriría sirviendo sólo a Dios y utilizando el dinero con sagacidad y sin escrúpulos para la justicia de todos.

                 J. Javier Lizaur