DOMINGO XXIV DEL ORDINARIO. Ciclo C. 12 de septiembre de 2010

Lecturas:
Ex 32, 7-11. 13-14  
Sal 50, 3-4. 12-13. 17 y 19  
1Tim 1, 12-17   Lc 15, 1-32
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Las tres lecturas de hoy van de pecadores, en sus múltiples variedades. Mejor, las tres van de Dios en su única variedad, la de las promesas. La primera lectura recurre a la contraposición entre Dios y los ídolos: abandonan a Dios y se construyen un becerro de metal. Sigue siendo válida y gráfica esa imagen para nosotros. Dios y los ídolos, frente a frente. “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno.” (Dt 6, 4) El resto, son ídolos, obra nuestra. Puede que la pregunta última verse sobre la posibilidad o no, entre los humanos, de mantener cualquier forma de Dios sin convertirla en ídolo. Si Dios, pasado por nuestra inteligencia y nuestro deseo, no sale ya siempre convertido en ídolo.

                 En este esquema, todo pecado queda leído como idolatría. Adorar como Dios cualquier propuesta o hallazgo nuestro. Tenemos ídolos sociales, como en la 1ª lec, novillos construidos por toda la sociedad como absolutos indiscutibles, dignos de pleitesía y adoración, de devoción rendida. Una interesante tarea cristiana descubrirlos, desacreditarlos y derribarlos. Y cada grupo social podrá matizarlos y diferenciarlos, según sus propios criterios. Los ídolos de los ricos y bienpensantes no coinciden del todo con los de las clases acomodadas y menos con los de los necesitados y los pobres. Coinciden sí en requerir todos ellos rendimiento y sumisión. El éxito social y la vida de relumbrón tiran de todos, pero en unos como algo a no perder y en otros como objetivo codiciable o referencia envidiable. O la eficacia, tan tentadora, incluso en ámbitos cristianos. O las preeminencias, o la manipulación de cosas y personas o de Dios mismo. Los ejemplos son cosa de todos. Nuestros ídolos. Los personales, como en Saulo que se confiesa ”blasfemo, perseguidor e insolente”. Él, que se dice también no creyente, siendo un creyente radical en Yhwh. Ha descubierto, para bien suyo y de todos, que el tal dios era ídolo, y el que no es ídolo “vino al mundo para salvar a los pecadores.” (2ª lec.) Nuestros dioses, en las lindes de la crueldad o la venganza, los justicieros a la manera humana, los que se alegran y dicen que regalan sufrimientos y dolor a sus preferidos. Muchos dioses objeto de nuestra veneración creyente son también ídolos: todos los que no concuerdan con el de las lecturas de hoy, todos los que no pasan por los filtros de su Cristo. Dioses viejos estereotipados, privados de vida, enemigos de las personas, dispuestos siempre a corroborar nuestros peores fondos, esos de los que debiéramos avergonzarnos, como Pablo, porque ni saben pasar desapercibidos, ni saben morir, ni “renuncian a su categoría de dios” (Fip 2, 6). Nuestro Dios de fe, nuestro Dios cristiano, ¿cuánto tiene de ídolo? Probablemente, en cuanto goza de seguridad y fijeza, en cuanto se perfila con nitidez, en cuanto se le ve algo más que la espalda (Ex 33, 23) y deja de ser escondido (Is 45, 15), cuando no se alegra en los cambios y la conversión general (3ªlec), cuando no se atiene a promesas, se aleja del amor (1Jn 4, 7) y de la paciencia (2Pe 3, 9) va siendo descaradamente un ídolo, aunque pretenda seguir presentándose como Dios. Cuidado con nuestros ídolos, tan astutos, tan cercanos, para nuestra confusión, al único Dios. 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec nos presenta, con imágenes muy humanas, la relación de Dios con Moisés, y a través de él, con su pueblo. Por humanos, estos textos llegan a ser conmovedores. Dios no va a desdecirse de sus promesas, ni a renunciar a su papel de salvador de Israel. “El Señor se arrepintió” concluye la lectura. Cierto, es el Señor quien se convierte a nosotros, no nosotros a él. Este Dios que se arrepiente y perdona es también el de la 3ª lec.

                La 2ª lec pertenece a la carta 1ª a Tim, a su comienzo. Forma parte de las llamadas “cartas pastorales”. Para la mayoría de estudiosos, pertenecen al “corpus paulino”, más que directamente a Pablo. Serían así escritos como de la “segunda” generación cristiana, y responden a nuevas demandas. Nos acompañarán estos escritos hasta el domingo XXX. Podemos ofrecerlos al estudio más reposado de la comunidad. El de hoy es una presentación, en forma de acción de gracias, de la persona de Pablo como cristiano. Texto coincidente con el Dios y los “pecadores” de las otras lecturas, aun de manera casual.

                El Ev es hoy el capítulo 15, entero, de Lc. Texto desacostumbradamente largo. Este año se ha leído su parte principal (11-32) en el domingo IV de cuaresma. Quizá por eso, y sin que siente precedente, ¿pudiera dejar de leerse lo del “hijo pródigo”? Los versos 1-2 son clave para las tres parábolas. Ovejas, monedas y personas; cien, diez, dos. En todas, el protagonista y referente es Dios. Sólo en la última hay espacio para la libertad y, en consecuencia, para alguna iniciativa humana. Los tres casos conducen a la alegría expresa y reiterada de Dios, que, en el último, concluye en banquete. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Es cierto que Jesús escandalizó a sus contemporáneos por muchas cosas, pero, sobre todo, por sus comidas, por con quiénes comía. Siempre facilitaba una mesa abierta donde cupieran todos, incluidos pecadores e indeseables. Quienes le rodeaban percibían bien que, con su actitud, no sólo mostraba su libertad personal respecto a las costumbres, sino que pretendía poner luz en la de Dios mismo. Ellos siempre aprendieron que Dios detesta a los pecadores, no que coma con ellos. Jesús, en nombre de Dios, come con los pecadores. Si nosotros mismos, muchas veces, manejamos la creencia simplista de “Dios detesta a los pecadores y ama a los justos”. Parece tan natural. Demasiado. Pablo ya sabía que “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (2ª lec). Si no lo consigue, es que fracasa la obra misma de Dios. Pero si saca adelante su obra, el banquete final será también con pecadores, y las comidas que lo anuncian han de serlo. Dios, pura acogida y apertura a todos, es decir, también a los malos. Dios sorprendente, escandaloso y alegre, en Jesús.

                Dios monta y organiza las comidas, y lo hace a su gusto, no al nuestro. Sus comidas son expresión de alegría, de contento y felicidad. Los tres relatos del evangelio de hoy subrayan y concluyen en una enorme alegría de Dios. Podemos decir que son parábolas de la alegría de Dios. Y ésta aparece precisamente en el encuentro de todo lo perdido. Alegría, no por lo que ya se tiene, sino por lo perdido y encontrado. Nosotros somos alegría de Dios no por estar a su lado, sino por poder reencontrarnos de continuo con él que sale a buscarnos por sitios inesperados. Por eso el hermano mayor del final de la parábola es tan triste. Siempre en casa, siempre a cobijo, no ha descubierto todavía las múltiples formas de reencuentro. No se ha percatado que el contento y la alegría se produce, sin salir, por la sorpresa de la novedad de cada día, por volver a mirarnos como si fuera la vez primera que nos descubrimos, por encontrarnos tan nuevos como si nunca nos hubiéramos visto antes. Y eso, estando siempre juntos en casa. La alegría de Dios se renueva y multiplica sin cesar. Disfruta en esa tarea de reencontrar lo que se había perdido, acompaña a todo el que busca cosas perdidas en el camino. Y encuentra alegría. Ella es la oveja mejor del rebaño, la moneda más brillante, el hallazgo, para quien busca aunque no llegue a encontrar.

                 No sé por dónde anda -ciertamente en casa- la comunidad cristiana que, como el hermano mayor, llega tarde y no comprende las alegrías de Dios con los perdidos. El hermano de casa tiene todo en orden, no necesita buscar, dice que él no ha perdido nada. El pobrecillo no echa en falta ni la alegría. Y la alegría de Dios le sorprende, hasta le enoja. Rehúsa entrar en esa alegría. Lo perdido tiene su culpa, mucho más si lo ha hecho con libertad. Y mientras refunfuña el hermano, el padre no sabe cómo demostrar su alegría y hacerla extensiva a todos. La causa de las alegrías de Dios son los perdidos, todo lo perdido. Tiene fuerza e iniciativa para recobrarlos y, entonces, la alegría será absoluta. Como para celebrar un banquete. Concluye el evangelio, “y empezaron el banquete”. Sí, el banquete no ha hecho sino comenzar, la alegría por lo perdido es explosiva y se muestra en él. Éste llegará a su culmen en el banquete final para todos. Mientras, ha comenzado en esas comidas de Jesús con los pecadores, en esta comida de pan y vino de Jesús con nosotros, en nuestras comidas abiertas y nuestras acogidas a los malos perdidos. El banquete ha comenzado, la alegría es de Dios y nos alcanza. Y “materia” que encontrar, cosas y personas a recuperar, queda abundante por todo el mundo. Tenemos garantizada, y para mucho, la alegría. Más, la de Dios.

                 J. Javier Lizaur