Lecturas
Si 3, 17-18. 20. 28-29
Sal 67, 4-7. 10-11
Hb 12, 18-19. 22-24a
Lc 14, 1. 7-14
PRIMERAS REFLEXIONES
¿Y la mediocridad? Confieso que las lecturas primera y tercera de hoy me desazonan. Suenan a cálculos interesados y taimados para que nos aprecien más, nos valoren más y, por tanto, nos lo agradezcan de alguna manera. Todo, prudencia y sensatez, sin riesgos. Más, con riesgos bien calculados para neutralizarlos. Hasta la generosidad queda por detrás de la humildad calculada. Por lo visto, o dicho, es importante quedar bien ante los demás. Hasta el proverbio último, más radical, de “quien se enaltece será humillado y quien se humilla, enaltecido” guarda resabios de cálculo. Todos esos consejos radicales (como latiguillos o modismos frecuentes en el evangelio) mantienen la quintaesencia de la paradoja del mismo. Pero, en el de hoy, el entorno resulta encubridor de esa paradoja. Tras ese consejo, todo cambia y retorna el aroma novedoso y fresco del evangelio.
La renuncia a ser extremosos incluye el germen de nuestra mediocridad. Nada de riesgos innecesarios, ni de originalidades. Mejor los caminos sendereados de siempre, sin peligro alguno. La medianía como virtud. Ya se sabe: los malos difícilmente cambian y los acreditados de sabiduría nos sirven consejos avalados por la costumbre. No llamar la atención, no arriesgar, procurar el halago podían deducirse de la literalidad del evangelio de hoy. Y el tufo de mediocridad, incluso hipocresía, al menos a mí, me resulta insoportable . Creo que tenemos un cristianismo tan pazguato que no se aleja por prudencia de valores medios y se acomoda muy bien en lo más hondo de la campana. De tanto “no ser del mundo”, terminamos siendo lo más “del mundo”. No llamar la atención, pasar desapercibidos, es norma de supervivencia en la iglesia. De ahí -y de otras valoraciones similares- la mediocridad reinante. Cada uno en nuestro grupo, somos modelos de igualdad y medianía, de no sobresalir por nada, todos cómodos perdidos en el anonimato. Por eso, nuestros dirigentes son el mejor modelo y fomentan nuestra mediocridad. Quien se salva de la medianía se acerca peligrosamente a la originalidad, a la creatividad y la novedad, a los extremos y sus abismos, y a éso siempre preferimos los valores seguros. Todos parecidos, de opiniones monolíticas y universales, sin cuestionamientos peligrosos. Todos domesticados en la medianía y, en consecuencia, en la vulgaridad. Y tenemos el atrevimiento de llamarlo sabiduría. Ni somos sal, ni tenemos gracia, ni se acumulan los pájaros libres en nuestras ramas. No hay ramas: todo podado cuidadosamente en tronco único. Calculados los ascensos, expertos en docilidad, preocupados por el peligro de llamar la atención, aún argüimos invocando el Espíritu. ¿Son compatibles el Espíritu y la mediocridad?
Todo, sin duda, hoy, opiniones tan discutibles como personales.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lec es del libro del Eclesiástico, libro del S II a C (hacia el 190), en la línea y estilo de los sabios de Israel. El autor, Jesús ben Sira, da nombre al texto que hoy suele citarse como “siracida”. Conoce bien el mundo filosófico y cultural del helenismo y, desde luego, la tradición judía. La lectura de hoy son versos tomados de los consejos del autor a los hijos respecto a los padres y mayores.
La 2ª lec continúa los capítulos últimos de la carta a los Hebreos. Presenta una contraposición entre los grandes signos que pudo gozar Israel y los que han encontrado en la fe los cristianos. Son como nuestra “ubicación” en la salvación de Dios.
El Ev, continúa con la lectura de Lc como todo este ciclo. Entre el verso 1 y el 7 se suprime el relato de la curación de un hombre que padecía hidropesía. Adquiere así más coherencia el conjunto. Recibe a Jesús un fariseo importante y él recibe el consejo final. Como alguien tan cercano y tan bien dispuesto hacia Jesús que no lo desperdiciará.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
En boca de Jesús una propuesta diferente: nada de intercambio o librecambio. La pura gratuidad. El dar sin esperar ni, menos, recibir nada. Si convidamos a amigos y conocidos, a gente que queremos, no hacemos nada extraordinario, también lo hace cualquiera (vd. Mt 5, 46). Si convidamos a los ricos, no tendrán ni agenda para nosotros. Mejor invitar a desarrapados, lisiados, cojos y ciegos que ni pueden platearse invitarnos o hacernos regalos. Nos pagarán con algo sobrehumano, impagable e imposible: con una alegría muy honda, anticipo de la resurrección de los justos.
Son anticristianos los sistemas de prebendas. No casan bien con el evangelio los favores interesados. No se atienen a las palabras de Jesús quienes esperan agradecimientos, aun merecidos y justificados. Es negar prácticamente todo nuestro sistema de relaciones, porque al dar lo que nos dan le llamamos justicia. Si se trata de perdonar, queremos primero que nos lo soliciten. Si de amar, no comprendemos amores que no sean correspondidos. Mucho más en los dineros y negocios. Alejados ya de los tiempos en que la Iglesia consideraba pecado prestar dinero con intereses, nos movemos en un sistema que los necesita para funcionar y subsistir. No podemos, ni aunque queramos, vivir separando dinero e intereses.
Pero, ¿hacemos algo sin interés alguno? Favores, compromisos, oraciones, virtudes, sacrificios no despegan del interés de figurar, ser algo nosotros mismos, reforzar nuestra imagen precisamente en la respuesta que esperamos de los demás. Valdría lo de la carta de S. Pablo (1Cor 13). Podría hablar todas las lenguas posibles, ser profeta y consejero espiritual, hacer milagros, dar todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo, si lo hago por ser algo y que me consideren, no vale de nada. Y somos muy sutiles y conseguimos disimular nuestros intereses y ambiciones, que no por secretos son menos evidentes.
Lo nuevo e innovador, lo cristiano, es comer ahora todos juntos sin separaciones de ricos y pobres, santos y pecadores, hombres y mujeres, jerarquías y laicos, dirigentes y dirigidos. Nadie debe hacer carrera por comer con todos pan y vino, nadie busca que aquí le vean, ni tiene asiento privilegiado. Quien invita no espera ni exige nada, ni pide entrada, ni controla tikets. Ni “necesita nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones le enriquecen” (Pref común IV). Busca, a lo más, que lo suyo sea de todos, que gocemos de su servicio, que su banquete favorezca la igualdad en el amor, el encuentro y la vida. A todos nos ha dicho sube más arriba, pues su comida nos acerca a un nivel impensable: ‘a la Jerusalén del cielo, a seres de otros mundos, a la asamblea de renacidos por el Espíritu, a Dios mismo y a Jesús, su mediador’(2ª lec) que nos invita. Nadie llega hasta aquí por sí mismo. Es Jesús quien nos ha dicho sube más arriba. Y estamos donde todos cabemos sin preeminencias, donde nada se nos exige, porque nada vale aquí el intercambio interesado. Dichosos los invitados al banquete de vida nueva y resurrección.
J. Javier Lizaur