DECIMOTERCER DOMINGO DEL ORDINARIO. Ciclo C. 27 de junio de 2010

Lecturas
R 19, 16b. 19-21  
Sal 15, 1-2. 5. 7-11  
Ga 5, 1. 13-18  
Lc 9, 51-62
 

REFLEXIONES INICIALES

                Entre radicalidad y libertad. El evangelio, hoy, nos acerca a cuestiones sobre la radicalidad. La 2ª lec,  sobre la libertad. ¿Es posible ser radicales y serlo siempre y en todo? Desde luego, tomando totalidades, es claro que no. A lo más, en campos parciales o por tiempos limitados, salvo apelación a prodigios y milagros. Tendremos siempre en cuenta en el texto el lenguaje oriental, tan inclinado a hipérboles y exageraciones. También las vinculaciones de unos textos con otros más antiguos (1ª lec) para construir sentidos nuevos. Y, finalmente, la radicalidad, como solemos expresarnos. Antes hablábamos más de ella, de llevar las cosas hasta sus consecuencias últimas. Con algo de intransigencia y extremosidad. Todo resultaba así fácil de trabar con lo divino e incondicional. Parece que hoy hablamos menos de ella. Sin almohada, desertando de funerales y despedidas, en camino siempre con Jesús, y hacia Jerusalén y la muerte consiguiente. Radicales en el seguimiento a Jesús, pobre, itinerante, avocado a su muerte. ¿Es factible renunciar a cualquier bien económico, vivir al descubierto, improvisar el mañana y hasta el hoy? ¿O es auténtico deber no hacerlo así y no cargar las necesidades propias a la responsabilidad de otros? ¿Tiene toda radicalidad algo de inconsciencia? Puede que hoy los creyentes radicales sean aquellos que afrontan la vida diaria, monótona, del seguimiento, y ponen la radicalidad en la perseverancia, en la no renuncia a esa fidelidad humilde. Radicales, en la firme esperanza del encuentro, precisamente en apariencias vulgares, poco radicales. ¿Suena a cobardía y renuncia? En la historia, parece que muy pronto las exigencias radicales se delegaron en la vida eremítica y monacal, quedando fuera de la atención de los simples creyentes. Luego, la vida religiosa, ¿en quién las delegó? La división entre fieles y religiosos es más que discutible si queremos partir del seguimiento y sus exigencias. Son para todos los seguidores de Jesús, consagrados en el bautismo. Un vistazo hoy a nuestra comodidad o nuestra radicalidad, a nuestra fidelidad en el seguimiento de Jesús, sea cual sea nuestra ubicación en el actual “organigrama” de Iglesia.

                “Radicales libres”, porque ahora hemos de pensar un poquito nuestra libertad por exigencia explícita de la 2ª lec. Un tema complicado, el de la libertad. Hay que reflexionar más que la simple división entre la libertad de y la libertad para. Hoy usamos empoderamiento para hablar de nuestro hacernos a nosotros mismos sin obstáculos. Hay libertades públicas y libertades personales. Económicas y democráticas, psicológicas y morales, externas e internas. Siempre y todas, nunca afirmadas y solidificadas, sino más bien en proceso y abiertas. Una libertad que es camino interminable hacia ella misma. El camino pasa por nosotros mismos, ha de posicionarse ante las leyes, no puede perder de vista el entorno, requiere una muy especial atención a los demás. La libertad como determinación de uno mismo entre innumerables posibilidades hasta ese empoderamiento que nos hace dueños de nuestro albedrío. Una libertad, la de Gálatas, que pasa por encima de la ley y desemboca en una esclavitud. “Esclavos unos de otros” por amor. Nos queda esa propuesta de libertad que consiste en la aceptación de un nuevo sometimiento -y nada agradable ni justo- de esclavos para los demás. Más cerca de la libertad entendida como apropiación de normas externas, como asimilación de elementos extraños y ajenos, para construirse uno mismo. Libertad como apropiación de lo impuesto, como sometimiento voluntario a lo inamovible. Un hueco a la libertad dentro de la organización y estructura. ¿Seremos los cristianos una especie de “radicales libres”? 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                   La 1ª lec pertenece, como la del domingo pasado, al ciclo de Elías y Eliseo en el primer y segundo libro de los reyes. Elías va a ser arrebatado al cielo en un torbellino (2R 2,1). Antes se provee de un discípulo, Eliseo, que le sigue con entrega total. Abandona todo lo suyo y sus bienes, incluida la familia, y le sigue. Antes ofrece un sacrificio generoso, pues sabe que, en Elías, es Dios mismo quien llama. Esta lectura guarda relación expresa con el evangelio de hoy.

                Continuamos con la carta a los gálatas en la 2ª lec. Un primer verso que sirve de lema a todo el resto de la lectura. No someterse de nuevo a esclavitud consistirá para los gálatas en no recaer en ritos y costumbres judaizantes. Lo desarrolla la carta en versículos que no leemos hoy (2-12), que concluyen en un exabrupto insultante. De la libertad alcanzada a la esclavitud mutua debida. Caeremos en la cuenta de que la ley cristiana se concentra en el amor al prójimo, sin hacer referencia, a diferencia de otros textos evangélicos, al amor a Dios (Mt 22, 37-40). Finalmente, la oposición tan paulina de Espíritu y carne como condición humana. La ley centraba su atención en la carne.

                El Ev es de Lc, Pero hoy recoge el comienzo de su parte más característica y exclusiva: la que va de 9, 51 a 19, 28. La “ascensión”, subida de Jesús a Jerusalén, ciudad que mata a los profetas (Lc 13, 33-34). Él, como Elías, como Jonás (Lc 11, 32) es el profeta que avanza a su final, su culminación. Sobre ese fondo, Santiago y Juan recuerdan a Elías arrebatado en un carro de fuego (2R 2,1) y, seguros de su poder, demandan fuego sobre las ciudades samaritanas que no reciben a Jesús porque va a Jerusalén.  Mt recoge las mismas dos primeras condiciones para seguir a Jesús (8, 19-22) y Lc agrega la tercera con relación a Eliseo, como aparece en la 1ª lec. Queda claro con esta tercera exigencia que Jesús es mucho más que Eliseo el profeta. La falta de almohada no indica tanto pobreza de Jesús como estilo itinerante. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                 Juan y Santiago quieren pedir al cielo que llueva fuego y destruya las ciudades ingratas con Jesús. Y se ganan de él una regañina. También Jesús formulaba en algún momento su deseo de que prendiera el fuego en toda la tierra (Lc 12, 49). El fuego y su fascinación: destruye y purifica, rememora la acción de Dios imparable y fulminante. Da respuesta a nuestras impaciencias y establece una justicia rápida, siempre tentadora. Ante el mundo o la humanidad nos viene tentación de fuego e intervenciones divinas. No tenemos paciencia. Dios sí, y dura su paciencia como la vida y la historia, pues es nuestra salvación (2P 3, 9 y 15). Impaciencias justicieras tenemos muchas contra los malos y explotadores, contra los violentos y torturadores, contra los mentirosos, falseadores y corruptos. Nos gustaría que ya, ahora mismo, fueran vencidos y desaparecieran. El plan de Dios es que convivan misteriosamente trigo y cizaña en el mismo campo, en la misma persona (Mt 13, 29-30). Nuestra impaciencia, sólo para el reino y para la terminación de este mundo de pecado. Nuestra venganza para nadie y nuestras aficiones inquisitoriales, a lo más, para la vigilancia de nosotros mismos, nuestros deseos y nuestros alardes de impaciencia y justicia radical.

                Prosigue Jesús adelante con su camino a Jerusalén, le seguimos algo atemorizados. Nos llama una y otra vez a seguirlo de verdad, sabe las dificultades. Nos las recordaba el domingo pasado, al repetir que quien se ama a sí mismo se pierde y quien se pierde se gana. En un pronto de generosidad nos animamos y prometemos seguirle allí donde vaya. Él nos recuerda que no tiene casa, ni almohada donde descansar; siempre va de un lado a otro y frecuenta, no descansos, sino caminos. Su último reclinar la cabeza fue sobre su propio pecho en la cruz. No en vano, insisten algunos estudiosos de la Escritura, que el Dios que en ella se presenta siente debilidad por los itinerantes que no encuentran sitio fijo y buscan y caminan sin cesar; no es tan amigo de los sedentarios. Con Jesús, siempre en camino, hay que avanzar y caminar, quizá sólo está prohibido detenerse.

                Seguir a Jesús incluye romper los lazos familiares, tan fuertes en aquella sociedad de familia extensa. Abandonar al padre y a la madre por el reino es punto de partida para seguir a Jesús (Mt 10, 37). Más, si se trata de despedir cuando ya no están, y sólo el consuelo y el buen nombre justifican la vuelta.  La despedida es algo que Elías no se creyó autorizado para impedir a Eliseo (1ª lec), pero este que está aquí, Jesús de Nazaret, sí puede hacerlo. Es mucho más que todos los profetas anteriores. No hay que mirar atrás. Las mujeres más cercanas a Jesús también tratarán de enterrar bien al muerto, y encontrarán el mensaje de que los muertos entierren a sus muertos, actualizado luego en no buscar entre los muertos al que vive.

                Colocados por el evangelio en resonancias de la santa resurrección, cobra más fuerza el mensaje de hoy. No volver la vista atrás. Un resucitado, mirando atrás, no descubre sino la tiniebla de las tumbas. Un resucitado tiene toda la novedad por delante como para no perder el tiempo mirando atrás. Si lo seguimos haciendo, será o por no atender el mensaje o por no vivir resucitados. Entre nosotros, pueblo que sigue a Jesús, ya casi no quedan sino miradas -y marchas- atrás: adoraciones, congresos, consagraciones, coronaciones, todo de la más perdida lejanía. Muchos, mirando adelante, creímos todo eso periclitado tras el concilio. La tendencia natural hacia atrás debe de ser fortísima. Termina por acallar la advertencia de Jesús, y hace caso omiso de los anuncios de resurrección. Mirar atrás y buscar entre cadáveres. Por eso, surge de nuevo la impaciencia y el nuevo rigorismo de echar en falta un fuego purificador con aromas conciliares. Pero como sólo la paciencia de Dios es nuestra salvación, habremos de seguir esperando, mirando siempre adelante, resistiendo las llamadas del pasado, renunciando a buscar entre tumbas y cadáveres al sólo Viviente. Lo tenemos con nosotros, camina con nosotros, delante nuestra. Por su Espíritu nos sigue repitiendo que nada de venganzas y fuegos justicieros. Que todo, de no mirar atrás y de dejar a los muertos con sus conocidos muertos. Nosotros, con el que vive para siempre. 

                 J. Javier Lizaur