Undécimo domingo del ordinario. Ciclo C. 13 de junio de 2010

Lecturas:
2S 12, 7-10. 13  
Sal 31, 1-2. 5. 7. 11  
Ga 2, 16. 19-21  
Lc 7, 36-8, 3
 

PRIMERAS IDEAS

                El pecado, la ley, el amor, las mujeres afloran en las lecturas de hoy. El final del evangelio nos recuerda un hecho que hasta hace bien poco no tomábamos en consideración: a Jesús, de forma habitual, le acompañaban los doce y un grupo de mujeres, de las que Lc da los nombres y dice que fueron liberadas por Jesús de malos espíritus y enfermedades, y que ayudaban a Jesús con sus bienes. Una presencia cercana a Jesús y su anuncio, que hoy no parece tener continuidad en las  iglesias, y que, si trata de aparecer o de plantearse, provoca toda clase de problemas, tensiones y divisiones. Se pretende concluida esta cuestión, pero sigue fresca y palpitante, dada la lógica de sus preguntas y lo poco escriturístico de las respuestas. Y ahí siguen las mujeres, tan cercanas a Jesús entonces y ahora, y a las que, sólo por dejarse ver, terminamos acusando de ampliar la división en las iglesias. Las mujeres, y sus ausencias y anonimatos. El pecado de David en la 1ª lec lo constituye el asesinato de Urías, no el adulterio o la violencia contra Betsabé. En el evangelio no figuran los nombres de todas las que acompañan a Jesús. Ni el nombre de “la pecadora”, en un detalle entre delicado y despectivo, que  “ningunea” a la mujer y más siendo mala. En siglos posteriores y recientes, no sólo desaparecen los nombres, sino tradición entera de mujeres que siguen de cerca de Jesús y le acompañan en sus desplazamientos. Por fin, vamos recobrando la importancia de las mujeres y sus nombres y, nos han sobrevenido nuevos problemas –nuestros, no de ellas-. Cuidado, no vayamos a perderlas de nuevo.

                ¿Cuáles fueron la relación y las propuestas de Pablo, fariseo y cristiano, respecto  a la Ley? Se han escrito y se escriben cantidad de estudios complejos sobre el tema, sobre todo en torno a las cartas de Rom y Ga. Prescindir de la ley, tenerla bien presente para superarla, aceptarla como ayuda pedagógica, recibirla como expresión patente de la imposibilidad de salvarse al no poder cumplirla, incluso descubrirla como incentivo obsesionante hacia la trasgresión. La Ley humilla al hombre hasta hacerle notar su impotencia, o hasta descubrirle su ignorancia. O es una antigüalla inútil, o es un instrumento imprescindible que determina los límites humanos para la convivencia social y cultural. Sea cual fuere la función que atribuyamos a la Ley tras el Mesías, lo único cierto es que la Ley ni nos salva ni puede hacerlo. Sólo Cristo Jesús y nuestra vinculación con él. Si la Ley salvara, Cristo sobra. Surge espontáneo cuestionarnos una vez más, ya que nunca lo afrontamos de forma radical, nuestras doctrinas y enseñanzas sobre la ley (“natural”, de Dios, civil) y su cumplimiento. Y sobre los méritos consiguientes.

                 Difícil, hablando de amor, marcar nítidamente sus perfiles. ¿Qué es antes –ateniéndonos al Ev- el perdón o el amor? Hay frases en el texto que avalarían una respuesta o la contraria: ama porque se le perdona (43) o bien se le perdona porque ama (47). Será difícil, si no tengo afecto, cariño, buenos sentimientos hacia alguien que me arrepienta de algo respecto a él. Mucho más fácil que lo haga si me siento vinculado. Y, una vez perdonado, también me brotará con facilidad el agradecimiento y el amor. La insistencia en que primero es el perdón y luego, en consecuencia de él, el amor, trata de dejar a resguardo que la iniciativa salvadora de Dios es siempre lo primero. Que Dios, siempre y en todo, lo primero. Pero la atención a él, el respeto y el afecto -como hoy en el caso de “la pecadora”- van por delante, hacen posible el perdón, y lo acogen como embrión de todo el amor hacia él, incluido el que le antecede. Siempre la iniciativa será de Dios, nuestra actitud la facilita, y recibida, la agradece con un profundo amor. Sí, la actitud primera brota también de Dios. No en vano él es amor. Todo se desenvuelve en el amor. Quizá no sea prudente, ni respetuoso con su misterio, poner puertas y límites al amor, para perfilar con cuidado lo anterior, lo siguiente y lo central. Dios sea bendito. 

TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                1ª lec, del 2º libro de Samuel. Narraciones cercanas a las tradiciones de la monarquía. Descubrimos a David con todos los dones de Dios y con sus pobres y pecadoras acciones, aquí concretadas en el caso de Urías y su mujer. Sería estupendo en algún momento disfrutar con la lectura de todo el relato sobre David y Urías, incluida la deliciosa parábola de la ovejilla. El Señor perdona, y legitima el trono y la sucesión en Salomón, frente a otros hijos (2S 11-12).

                La 2ª lec, de la carta a los de Galacia, tan viva y apasionada como clara. Para muchos, la “carta de la libertad cristiana”. Pertenece a una 1ª parte que comienza de manera tan abrupta en “me sorprende que tan pronto hayáis abandonado…” y recoge la historia personal de Pablo y su relación con Pedro y otros. En el texto que leemos entra de lleno, y a propósito de actitudes de Pedro, en si nos justifica la ley o la fe en Cristo. Personaliza la cuestión en 19-21, (alguien pudiera decir que la “despersonaliza”, al decir que “no soy yo”) hasta esa cima mística de “el Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí”.

                El Ev de Lc sí que requeriría hoy rodearlo de todo su contexto. Desde el Bautista que le manda preguntar si es el Mesías o hay que esperar otro, pasando por las reflexiones de Jesús sobre los profetas, y sobre su continuidad y diferencia con Juan, y llega el banquete y la parábola, tras recordar el mismo Jesús que de él dicen que es comilón, borracho y amigo de publicanos y pecadores (Lc 7, 18-50). El final del Ev de hoy  es el comienzo del cap 8 y recuerda a las mujeres en el seguimiento fiel de Jesús. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Creo que este evangelio de hoy encierra elementos suficientes para emocionarnos y contagiarnos valiosas actitudes. Un precioso evangelio con unas bellísimas personas que destellan la grandeza y misericordia de Dios. Un hombre, un fariseo, invita a comer a Jesús, le abre su casa y lo recuesta a su mesa. Acepta sus interpelaciones, entra a su juego y acepta su corrección. Será fariseo, pudiera haber tenido más detalles con Jesús, pero le respeta y ama profundamente, tanto que le escucha con atención y acepta sus planteamientos. Una mujer, una pecadora para el sentir de su ciudad, supera las miradas y gestos que la condenan, y se arriesga a acercarse a Jesús sin ser llamada, para mostrarle su mejor colección de cariños y afectos, eso sí, respetuosamente a sus pies y llena de lágrimas. ¿No nos emocionan todavía los perfumes, los cabellos, los abrazos, los besos, las lágrimas, la torpe ternura de esta mujer? Al fariseo, no. ¿A ti y a mí? Un profeta Jesús, con fama de comilón y borracho, amigo de publicanos explotadores y de pecadores marginados, acepta entrar en una casa que no conoce, de un fariseo del que puede recelar, y se deja acariciar, perfumar, besar de una mujer pecadora oficial y de pésima fama. Con suavidad se queja al fariseo de unas atenciones esperadas que no ha recibido, y las descubre y muestra como señal de afecto y amor por parte de la pecadora. Pero el profeta busca, como la mujer la novedad, la fe. La encuentra en esa mujer. Le aclara de parte de Dios que ya goza del perdón, y le abre la vida a toda una nueva visión de sí misma y de las cosas. Es la fe que ha desencadenado todo, que salva y que posibilita la paz y la felicidad.

                ¿Qué nos salva? La fe en Jesús. Y en esa mujer y en el fariseo y en tanta gente. Esa fe que absuelve el pasado, y abre todas las puertas a la felicidad y la paz. ¿Quién es este que hasta perdona? ¿Quién es este capaz de crear la novedad como estreno absoluto de la vida? ¿Quién es este que tanto aprecia la fe? El aprecio y valoración de la fe, de la mía, se ha de notar en cómo la protejo y la cuido, qué daría por no perderla. Una fe, la mía, que recordando a la mujer “pecadora”, está integrada de afectos, cariños, detalles personales, emocionantes cercanías. No es la fe la formulación de corrido de unas verdades abstractas, ni siquiera la profundización intelectual de grandes afirmaciones de gracia y salvación. Mejor seguir con la pecadora y sus expresiones desmedidas. Jesús descubrió en ella la fe, mediante todos sus gestos de pecadora conmovida ante él. Y ¿mis gestos? En mi ser de adulto cristiano, tendré ya unos signos y gestos, unos detalles personalísimos, en los que ha ido cuajando la expresión de mi fe, sin ellos inexpresable. Expresan mejor la confianza y la entrega toda esa parafernalia de llantos, cabellos, aromas, calores y sobresaltos que las formulaciones precisas, libres de cualquier sospecha de desproporción. Y, sobre todo, el amor. La fe que ha de ser amor, el amor que ha de ser confianza. La fe inseparable del amor, pues, si no lo tengo, el resto de nada me sirve. Del amasijo encendido de fe y amor surge esta pecadora feliz, con todo su acompañamiento de gestos desmesurados y poco ortodoxos. La fe de la mujer, la del fariseo, la de Jesús, la tuya y la mía, todos en un magma de amor.

                El domingo pasado, una comida, la cena “en la noche en que iban a entregarlo”. Hoy otra comida con el fariseo, la mujer, Jesús, todos recostados a la mesa. No sería injusto que nos motejaran de comilones y borrachos. Pero lo que sería el colmo es que nos dijeran, y fuera verdad, que somos amigos de publicanos y pecadores, de indeseables y perdedores en general. Amigos, porque les queremos sin hacerles ascos y les dejamos siempre claro que Dios cancela todo pasado y crea condiciones de vida nueva y novedosa. Creer así es tener una fe muy grande, a la medida de Dios grande. 

                Con esta fe, abrazados a Jesús, estamos a salvo. Con esta fe que me coloca en la suave certeza de que nada menos que el Mesías Jesús me amó a mí, a mí, y se entregó para todo lo que yo necesitara. Y avanzamos con las mujeres, que escandalizaban de acompañantes de Jesús, y que escandalizan de cualquier novedad o cuestionamiento que traigan a la Iglesia.

                  J. Javier Lizaur

                 Posdata: Cuando comentamos que en nuestras celebraciones, en nuestras reuniones y cursos, entre los catequistas, son mayoría las mujeres, ¿lo decimos con orgullo, con naturalidad o con reparo y complejo de inferioridad?