Lecturas
Gn 14, 18-20
Sal 109, 1-4
1Cor 11, 23-26
Lc 9, 11-17
PRIMERAS REFLEXIONES
De la acción a los objetos. Siempre la Eucaristía ha sido una acción (“actio liturgica”, dicho en el latín) con su inicio y final, sus actores y su desarrollo. Era en sí misma una acción sagrada o santa. Una acción estrechamente vinculada a otra, la de la muerte en la cruz y la vida que de ella brota. Ha sido un desplazamiento, explicable quizá pero deformante, pasar de la atención que merece y necesita una acción a los objetos que requiere o que produce la misma. Esto nos ha sucedido con la Eucaristía. Los textos del Concilio sobre la liturgia (SC) ya buscaban reorientar o corregir este cambio, volviendo a la centralidad de la acción litúrgica. Quedaba claro que la hostia y la eucaristía no eran lo mismo. Hoy claramente retornamos al reciente pasado, y cobran importancia y relevancia los objetos y sus cuidados en detrimento de la acción primera y primigenia. De ahí, el culto eucarístico cosificado en la hostia (nunca en el vino), hasta en las primeras comuniones, que se centran más en cosas que en acciones. Las cosas y su mirar o contemplar. No la acción y sus dinámicas. Estático frente a dinámico. Puede resultar algo dualista el planteamiento, pero creo que expresivo de lo que nos sucede en torno a la Eucaristía, “sacramento de nuestra fe”, vehiculación de la misma.
Vuelven las campanillas, las bandejitas y paños bajo la barbilla, las postraciones, las exposiciones, las restricciones para las dos especies -y hasta para los lectores o lectoras- , procesiones, inciensos, focos potentes, ostensorios, congresos, elevaciones y mostraciones a los cuatro vientos. Todo para resaltar la hostia tan blanca, intangible, con su carácter de objeto puro y sagrado. Con ello, su lejanía del pan real y partido, con su peso, su olor, su sabor singular, su sentido doméstico y cercano. En escasas cantidades (“particulas”, de partecitas) celosamente vigiladas, no se caigan o se pierdan. Lejos por completo del relato de hoy de Lc (y de los otros evangelios) en que se señala la abundancia hasta la hartura y las sobras, como signo del banquete futuro. Todo lo que haga visible la comida y su abundancia queda sometido a ritualización y sacralización. Sin embargo no es lo mismo una comida ritualizada que un programa ritual con reminiscencias de comida. La cena de despedida del Señor, que de él recibimos y continuamos recordando, hace nacer nuestra devoción (entrega incondicional), nuestra veneración y respeto, nuestra alerta ante las cosas santas. Pero debe mantener la claridad en sus signos de comida, en el pan y el vino, en la acción de comer y beber y deglutir.
Celebramos el sacramento, el misterio de nuestra fe. En sus tres áreas de muerte, vida nueva y espera de la misma. O en sólo dos, pues la segunda incluye la tercera o, al revés, la tercera su anterior (aclamaciones tras la institución). Es el embrión de nuestra fe de la que surge todo el desarrollo posterior, la comunidad en sus variantes, el credo y sus formulaciones. No hay posible catequesis o iniciación o celebración de la fe que no parta de este núcleo. Nos situamos, con la fiesta de hoy, en su mismo centro.
Una muerte anunciada y una vida total y plena, probada ya, pero esperada en su plenitud. Un banquete entre funerario y escatológico (final y festivo). La fiesta nuclear, la que repetimos cada domingo, la que convierte un día entre los siete en “el día del Señor”. La reunión semanal que hace de nuestro grupo una comunidad de bienes, entre los que la esperanza puede que sea el primero. El encuentro con unos hermanos con los que comemos y bebemos juntos para vivir, pero a tope, al estilo de Jesús de Nazaret que nos dejó esta comida y su recuerdo unidos. A consecuencia de comida tan especial, los hermanos están amasados, unidos, en un solo conocer y un solo querer, viven en el amor. Y de la bebida tan singular los hermanos se llenan del Espíritu o dan impresión de borrachos.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lec es breve. Del libro del Gn. Contiene una enigmática referencia a un no menos enigmático personaje: Melquisedec. Pero texto tan breve ha resultado muy rico para diversas tradiciones. El Dios altísimo, el pan y el vino, la bendición a Abrahán, la no constancia de su origen o de su final, sus títulos de sacerdote y rey de paz, han dado lugar a comentarios y desarrollos en la tradición judía (vg. salmos) y en la cristiana (vg. Hebreos). Hoy su presencia tiene más que ver con el salmo interleccional que con las otras dos lecturas.
La 2ª forma parte de la 1Cor, más en concreto de la respuesta a la pregunta formulada por la comunidad “a cerca de la carne de los sacrificios” (8, 1) y su comida. Frente a comidas que pueden poner en relación con los ídolos (10, 23-33), la comida fraterna nos unifica en Cristo por la comunión de su cuerpo y de su sangre. Más adelante, en el texto de hoy, encontramos la tradición recibida del Señor -muy anterior a las de los evangelios- y sus exigencias de amor y de justicia (11, 27-34). Éstas tampoco quedan recogidas en el texto de hoy.
El Ev está tomado de la multiplicación de los panes y peces de Jesús, en un momento de cierto éxito en la predicación del reino por su parte y de sus discípulos. Mt y Mc recogen dos tradiciones diferentes. Lc sólo una que escuchamos hoy. Tiene lugar al regreso de la predicación de los doce, en un intento por parte de Jesús de proporcionarles algo de reposo. Los rodea “un gentío”. Los apóstoles toman, en el relato, un gran protagonismo. El pan y los peces parten de manos de Jesús y, para llegar al pueblo, han de pasar por las de los doce. Se saciaron todos (unos cinco mil, que se sentaban en grupos de cincuenta) y sobraron doce cestos. A partir de este momento, en el Ev de Lc, los presagios de muerte se multiplican.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Fue “la noche en que iban a entregarlo”. Con esa expresión que encierra tanto a Dios, como al destino (fuerzas extrañas y no controlables) y a la libertad de las personas. La noche en que iban a entregarlo es inseparable de la Eucaristía, no de la multiplicación de los panes del Ev. En esa reunión de despedida, cargada de malos presagios, de preguntas como las encerradas en la fórmula “iban a entregarlo”, hace Jesús un gesto de profeta. Con frecuencia en su vida se ha sentido Jesús profeta y ha sido reconocido como tal. Ahora que presiente su muerte en Jerusalén “que mata a los profetas”, la explica y se explica a sí mismo y su situación. Es la noche en que iban a entregarlo. Explica su muerte como un pan partido y comido para que todos cobren vida, como una sangre derramada por muchos en expiación y en alianza, como una imparable tragedia que traerá vida abundante. Son momentos cercanos a la Pascua y a su muerte anunciada. Pero momentos para expresar también que nada se interrumpe, que hay continuidad, que el reino sigue a delante, y que habrá que recordar siempre esta vida entregada de Jesús, comiendo como él lo hacía con todos sin discriminación y con vista a agrupaciones nuevas.
Hoy además hablamos del amor fraterno y tratamos de unirlo a la Eucaristía. Ya lo hacía S. Pablo algo más adelante del texto de hoy. Hay que unir Eucaristía y amor fraterno, pero dando un peligroso rodeo. Hablar de amor y fraternidad, por muy radicalmente que lo hagamos, es quedarnos cortos. Muchísimo más que amor, incluso que amor a los enemigos, más que “dar cuanto tengo y aun dejarme quemar vivo”. Se trata de dar la vida y morir, de perderla, empeorarla, estropearla, si la necesitan los demás. Lo exige la cena de despedida que conmemoramos. Comer y beber esta cena especial es incrustarnos en una dinámica de donación y entrega, de pérdida de sí mismo y sus posibilidades. Comulgar este cuerpo y esta sangre es sumergirnos en un caudal de muerte, que solo Dios reivindica en vida. Es muy probable que los discípulos entendieran algo de todo eso y quedaran sobrecogidos de pena por Jesús y por ellos mismos, de miedo también por ellos y por Jesús al que querían.
El rodeo consiste en reconocer que esta comida resulta mortal de necesidad para el cristiano. Es comida, sustancia que desaparece para ser otra cosa, y unifica, aglutina, en una sola realidad, un conglomerado único, a quienes la comen, a la comunidad cristiana. Y la única forma consecuente y respetuosa con esta comida cargada de muerte es quererse todos humildemente, inmersos en esa dinámica de donación de vida, que es la fuerza y la energía que esta comida proporciona. Todos amalgamados, somos un único, sólido, fuerte cuerpo, el de Cristo, mucho más poderoso que los nuestros. Todos cuerpo de Cristo, cuerpo entregado a la muerte, entre todos los que lo entregan (“iban a entregarlo”), y cuerpo vivo con el toque de Dios levantando ya una vida nueva y fuerte. ¿Cómo es posible -es increíble- que unos anden hartos y otros pasen necesidad? Eso no es comer ese empujón de entrega total hasta la muerte que nos regaló el profeta Jesús para su recuerdo y la persistencia del reino.
Las actuales condiciones económicas, tan duras e imprevisibles, exigen nuestra aportación de dinero en el amor mutuo. Cierto. Pero si hablamos de Eucaristía, habrá de incluir una pérdida de vida, un estropear o perder calidad o dignidad en nuestro vivir, pues a algo de eso nos comprometemos al comer el pan de Jesús, anuncio portador de su propia muerte. Lo recordamos a él entregándose, derramándose, entero, no sus cosas, que por descontado. Celebrar la Eucaristía de manera tan inconsciente como lo hacemos resulta una vergüenza para los creyentes en Jesús, que con los gestos del pan y el vino se despide de nosotros y nos adelanta y entrega su propia muerte. Comer estas cosas santas compromete literalmente con la muerte entregada. Son cosas santas, porque sólo Dios -el santo- oferta y puede regalar en ellas tal desmesura de generosidad. Comulgar con Jesús, Dios en él, ¡bendito sea!, es comulgar una fuerza que arrastra a la muerte y la pérdida de uno mismo. Dios será quien como siempre ponga la vida. La vida para el cuerpo de Cristo en trance de muerte, que es la Iglesia que lo come.
J. Javier Lizaur