SANTÍSIMA TRINIDAD
Lecturas
Pro 8, 22-31
Sal 8, 4-9
Rom 5, 1-5
Jn 16, 12-15
PRIMERAS REFLEXIONES
Ya no es tiempo de pascua, aunque celebremos hoy el misterio de Dios, la Trinidad santa. Debe notarse la diferencia.
Hoy nos centramos en Dios, y pretendemos llegar, apoyados levemente en las Escrituras, al núcleo mismo de su misterio de vida y amor. Todos los domingos que celebramos la Eucaristía, todos los días y a todas horas, el misterio que todo lo abarca es y sigue siendo el misterio de Dios. No porque lo celebremos hoy y le dediquemos una atención más expresa, se tornará su presencia más viva o clara. Siempre, no hoy sólo, Dios y solo Dios es el centro de la celebración. Siempre Dios y su misterio insondable. Y el universo, y nosotros, todos, en él. Todo más que nosotros, todo escapándose de nuestras manos y posibilidades.
Un acreditado teólogo (Nolan) emplea la expresión “predicador contemplativo” y “predicación contemplativa”. Hoy sería el día más indicado para intentarla. Para ese autor siempre ha de ser contemplativa la predicación. No digamos hoy, día que dedicamos en exclusiva a ese misterio. Quizá los textos del día para la oración y acción de gracias no sean los más indicados para el estilo y la vida actual. Para mí que toda la plegaria eucarística IV, a pesar de sus “innumerables ángeles en tu presencia” y algunas otras expresiones así, expresa con mayor sencillez y cercanía algo del misterio de Dios que los textos oficiales. (Sería buena ocasión, y merece mucho la pena aprovecharla, para un estudio más reposado de esa magnífica plegaria, tan escasamente usada, con resonancias de la mejor liturgia oriental.) Los textos del día dependen demasiado del lenguaje intelectual, occidental y hasta medieval. Para balbucear algo del misterio de Dios son precisas más amplias y libres perspectivas. Todo el lenguaje poético y “performativo”, creativo de novedad, de la lectura 1ª de los Proverbios sería un ejemplo a seguir. Un “predicador contemplativo” que decíamos al principio, no recurre sólo a lo intelectual para hablar de Dios. Conoce su insuficiencia. Sabe del mundo de los sentimientos y afectos, de los suyos propios, y sabe cómo se vinculan y se expresan sobre Dios. Sabe de deseos, anhelos, afanes y proyectos que surgen, se alimentan, del misterio mismo de las cosas; en su húmeda tiniebla, del misterio de Dios. Sabe de los que gritan y claman, de los que callan y silencian y, en tan ardiente oscuridad, tiene la osadía de pretender decir hoy algo de Dios. El “predicador contemplativo” de hoy ama tanto a quienes le escuchan que se atreve a decirles lo más profundo de su vivir: lo que sabe y va sabiendo de una vida, que él percibe muy claramente sumergida en Dios. Hoy se sentirá urgido a decir en confidencia, con un temor terrible y una urgencia dolorosa, lo que ha descubierto, lo que le ha paralizado, lo que le ha hecho temblar y emocionarse, ante el silencio negro lleno de luz quemante de los hontanares del Dios vivo y verdadero. Más, osará ciriquiar en él para decir que es múltiple, diverso, comunicación y diferencia, inquebrantablemente uno y único en algo que tiene mucho que ver con todo lo que llamamos amor.
Dicho todo eso del “predicador contemplativo”, es momento de negarlo desde la raíz, si contiene resquicios de diferencia y exclusividad para los predicadores. Todos, absolutamente todos, sacerdotes por bautismo, contemplativos por humanos, tienen derecho y obligación de adentrarse en el misterio de Dios hacia, y hasta, donde Él mismo los lleve. Todos capaces y capacitados para adentrarnos en Dios, obligados, en tanto silencio de lo verdaderamente importante, a decir lo que hemos ido sabiendo y descubriendo de su realidad misteriosa. Decir algo personal de él, frente al lenguaje oficial, vacío de lo individual, temeroso siempre de posibles inexactitudes intelectuales, que no afectivas y vitales. Perder el miedo a Dios y a decir de él. Asumir la obligación de hacerlo. Tener conciencia de que cuando Jesús bendijo a Dios por ocultar sus misterios a los sabios y descubrirlo a los sencillos, se refería a él; al tú y yo, que nos necesita para alabanza de su gloria o para que su nombre y fama sea santificado, alabado y bendecido por todos.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lec pertenece al libro de los Proverbios. Un libro muy heterogéneo, de muy diversas procedencias y épocas: desde textos cercanos a la monarquía hasta otros nacidos al calor de la filosofía helenista de los siglos IV y III a d C. Contiene poemas y reflexiones sapienciales lo mismo que refranes, dichos y proverbios abundantes y de los que toma nombre. El poema de hoy pertenece a lo más reciente del libro y conserva ecos de una cierta “sabiduría” intermedia entre Dios y la creación, que sirve de modelo para lo que va a hacerse, y de interpretación de la realidad ya recibida. Se atreve a que todo sea poético e impreciso, pero más creativo y elocuente que definiciones y señalamientos. Es, sin duda, un texto optimista respecto a la realidad creada.
La 2ª lec es de la carta de Pablo a los romanos. Aparecen las tres “personas” de lo que llamamos Trinidad. Los capítulos 1-4 nos han presentado a la humanidad de forma mucho menos optimista que la anterior. Entre leyes, cumplimientos e incumplimientos, imposibilidad incluso de hacerlo, los humanos todos, judíos y gentiles, necesitan justificación. La tienen por Jesucristo, nuevo Adán, que los restituye a su condición real de hijos de Dios. Descubren todo esto en un proceso que parte de apuros y concluye en esperanza hasta toparse con el puro amor del Espíritu Santo.
El Ev de hoy nos aporta textos que hemos utilizado en Pascua, de los discursos de Juan en boca de Jesús. De nuevo, de manera explícita, las tres “personas”. El Espíritu es la referencia central, pues recuerda y reproduce palabras, que el Hijo mismo afirma pertenecen al Padre. Él las recoge, y nos llegan en y por el Espíritu. Señales o barruntos de la unidad perfecta y la diversidad plena.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Bautizados todos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, cada vez que nos reunimos como cristianos, invocamos sobre nosotros el nombre santo de Dios, citándolo como Padre, Hijo y Espíritu. El gesto de marcarnos simultáneamente con la cruz señala, sin palabras expresas, la difícil unión del fracaso humano con la invocación de Dios.
Invocamos al Padre de todos, al Padre singular y absoluto de nuestro Señor Jesucristo, al inventor y cuidador del universo. Al amor intenso y silencioso del Padre. Al amor que nada soluciona –ni siquiera a su personal Hijo- y que persevera y se empeña en cada uno de los humanos de toda la historia. Al solo fiel y santo, al de las promesas más tentadoras e impensables para todos. Al que propuso y sacó adelante, a nuestro pesar, alianzas y vínculos, rastreables en las relaciones más íntimas que saben establecer los humanos. Al jardinero de jardineros del cosmos, al pastor exclusivo de cuanto existe, al ser su origen y meta y fuerza interior que lo empuja. Al hontanar más puro y abundante de vida y amor plenos. Invocamos al Padre, compasivo y misericordioso, que amó tanto al mundo, y lo hizo tan incondicionalmente, que entregó a su propio Hijo. Aun sabiendo que sus otros hijos podían acabar con él, lo entregó para la vida y la alegría de todos. Invocamos a Dios, (puede hacerse la señal de la cruz y decir todos) en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Invocamos a su Hijo Jesús, el Cristo y ungido de Dios, nuestro Señor. Al que pasó por aquí haciendo el bien y curando y liberando a los oprimidos de cualquier clase. Al que todo lo hizo bien, dando luz a los ciegos y movimiento a los cojos. Al que proclamó las bienaventuranzas y nos emplazó hasta su vuelta. Al que soñó encender la tierra entera en su hoguera de inconformismo y de amor. Al que nació de una mujer, pobre entre los pobres, envuelto en pañales. Al que murió asfixiado en una cruz, en el silencio apabullante de Dios y el desprecio o el insulto de los humanos. Invocamos a Cristo Jesús, al que Dios arrancó de las garras de la muerte, de lo profundo de los infiernos, lo hizo revivir y lo llenó para siempre de su misma vida para ser fuente del agua viva y del Espíritu Santo para todos los que creen en él. A él, Jesús, le invocamos como el primero de todo lo creado, el primer vuelto a la vida tras la muerte, el único Señor de vidas y personas. Señor, por siervo y esclavo. Lo invocamos que vuelva pronto, que queremos comprobar la categoría de un amor que se eterniza sólo en estar a entera disposición de todos como el esclavo, como el que sirve. Invocamos el nombre que nos salva con pronunciarlo de corazón, al que nos sana y nos justifica de raíz, al que hace de nuestras vidas la oferta única y válida ante el Padre. Invocamos a Dios, (puede hacerse la señal de la cruz y decir todos) en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Invocamos al Santo Espíritu, al único capaz de iniciarnos en los misterios de Dios, que sólo él penetra hasta el fondo. Invocamos la caricia íntima que anima, consuela y reconforta. A la fuerza poderosa que mantiene todo, existente y vivo, hasta su consumación y perfección en la meta. Al susurro sencillo que nos enseña y nos ayuda a rezar. Invocamos al Espíritu que Jesús dejó caer sobre la tierra a su muerte, al agua que brotó de su costado, que excita nuestra sed, y la apaga y sacia. Al que consagró a Jesús en su bautismo y a nosotros en el nuestro. Invocamos a ese Santísimo Espíritu creador, que soplará sobre nuestros huesos y abrirá nuestras tumbas. El mismo que no tolera que decaigan nuestras esperanzas y utopías con el duro desgaste del tiempo que apresura. El que gime y grita con nosotros para que cese y pase este mundo de injusticia y crueldad, venga el reino y señorío de Dios y se establezca el pueblo de los pobres como dueños de su reino. Invocamos al Espíritu que es letra viva en las escrituras, vida nueva resucitada en el pan y el vino, al que es cohesión de amor en la Iglesia y urgencia en el anhelo de la unión de todos los creyentes en Jesús. Invocamos al Santo Espíritu, al único detentador y prodigador de vida, al que nos introduce en el círculo íntimo de amor y diversidad para saciarnos de vida definitiva, feliz y eterna. Invocamos a Dios, (puede hacerse la señal de la cruz y decir todos) en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Gloria al Dios único y santo, al Dios de nuestra fe y de todas las fes y religiones de la tierra, al que quiere -y lo que quiere lo hace- que todos los hombres llegan a él y en él encuentren su plena salvación. Gloria al que unifica tanta diversidad y abre por todo caminos diversos hasta él. Gloria al misterio fascinante de un Dios plural y vario, único y unido, todo amor entregado y compartido, que es Padre e Hijo y Espíritu Santo. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo por los siglos.
J. Javier Lizaur