DOMINGO DE PENTECOSTÉS, ÚLTIMO DEL TIEMPO PASCUAL
LECTURAS
Hch 2, 1-11
Sal 103, 1ab y 24ac. 29-31. 34
Rom 8, 8-17
Jn 14, 15-16. 23-26
PRIMERAS REFLEXIONES
Si hemos hecho un esfuerzo para que resalte el tiempo de pascua, hemos de hacerlo para dejar claro que hoy concluye (puede ser apagando el cirio al final de la celebración, con algún canto apropiado). El domingo próximo, por importante que parezca, ha de notarse diferente y como “menor” que los anteriores. Que cambien signos, decoración, cantos, aclamaciones. Que se perciba que no son los mismos. Pocas cosas más tristes que las terminaciones que se derivan sólo de la decadencia y el desgaste natural de lo anterior, sin conclusión manifiesta, como las flores mustias y ajadas.
La celebración de Pentecostés incluye la posibilidad de una vigilia. Muy rica en lecturas y oraciones propias. Un buen reto a nuestra capacidad de celebración y a la importancia real que damos a la fiesta. Debiéramos intentarlo de alguna forma, sea o no con Eucaristía.
La plenitud de la vida pascual en el Santo Espíritu. La “iniciación (Mystagogia) y profundización en los misterios de la fe” por obra del Espíritu en toda la comunidad. La mística, la experiencia de Dios, mediada en su Espíritu de santidad, su único conocedor cualificado. Y siempre, en huída, en desaparición, para que sólo el Padre y el Hijo cobren gloria. De él hemos de afirmar que cumple tanto mejor su misión cuanto menos se le nota. La gran fiesta de la vida cristiana, de la santidad de los cristianos, de su meta y desbordamiento en el Dios que es Espíritu.
Todo el vivir de la comunidad es vida en el Espíritu. Sería difícil, si no imposible, citar algo en ella que escape a su acción. El “credo de los apóstoles” une la fe en el Espíritu Santo con la fe en la Iglesia y sus desarrollos, como si la segunda fuera consecuencia y concreción de la primera. Hoy sería imprescindible clarificar la acción del Espíritu en todo lo que vivimos en la Iglesia. Podemos atenernos a dos: la Escritura y la Eucaristía, (en general los sacramentos).
En la Escritura. Y no tanto porque “habló por los profeta” o porque toda Escritura “inspirada por Dios” es útil (2Tim 3, 16), sino porque la Biblia, sin el Espíritu, es letra muerta y mata (vid 2Cor 3, 6; Jn 6, 63) y porque es imprescindible su presencia, su voz y su memoria para hacer presente (Jn 14, 26) y acercar a Jesús, más allá de sus propias palabras (Jn 16, 12-13). Así sí que el Espíritu es libertad y nadie sabe ni de dónde viene ni a dónde nos lleva (Jn 3, 8). Va, según todo lo anterior, más allá de la Escritura misma.
Hemos intentado explicar con palabras difíciles como “transubstanciación” la acción de Dios sobre el pan y el vino nuestros, llevados al altar. Sería más profundo, más cierto y más claro, apelar a la acción creadora y recreadora del Espíritu. De nuestra creación hace brotar la nueva creación. Lo invocamos en momentos expresos de la plegaria eucarística para que así obre entre nosotros. Sólo él puede hacer de las meras palabras “espíritu y vida”, arrancarlas de su condición creada y carnal (Jn 6, 63) y hacer posible que el recuerdo de Jesús y sus palabras sea tan vivo e intenso (Jn 14, 26) que él, Jesús mismo, siga ejerciendo de misericordia inmediata de Dios.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lec es la más característica de Pentecostés. El comienzo de la nueva humanidad, llena de Dios y testigo de él. Parte de la fiesta judía de los 50 días, con ofrenda de las primeras cosechas y reunión de multitud de judíos en Jerusalén. Los signos físicos que acompañan la llegada de Dios en los textos del primer testamento llegan aquí sobre la diversidad de pueblos y lenguas. Esta diversidad, antítesis del fracaso de Babel (Gen 11, 1-9). Bautismo primero en Espíritu Santo y fuego (Mt 3, 11b). Bautismo para un pueblo que cante las maravillas de Dios (Is 43, 21; 1Pe 2, 9). Los pueblos enumerados al final pueden recoger lugares que cuentan con comunidades cristianas en el momento en que se escribe el texto.
La 2ª lec pertenece al capítulo de Romanos que más extensamente desarrolla el tema del Espíritu. Recordemos que el bloque de los capítulos 7-8 trata el tema de la ley y el Espíritu. Aquí, la oposición queda marcada entre carne y Espíritu. Importa prestar atención a la coherencia y continuidad que presenta este texto entre el Espíritu y nuestro espíritu.
El Ev recoge textos de los discursos de despedida del evangelio de Jn sobre el Espíritu. Su título es “Defensor”. Indica tiempos de acusación y persecución, al presentar al Espíritu con este título. Serán tiempos de ausencia de Jesús y de presencia de ese Espíritu. Él con el Padre y Jesús vivirán en quienes le aman.
Subrayar hoy la presencia del salmo 103, como responsorial. Es un salmo extenso y poético, leído siempre por la tradición y la liturgia como el más característico de la acción universal del Espíritu Santo.
De nuevo, una hermosa “secuencia”. Llena de imágenes sugerentes, y valiosa como oración. Podemos preguntarnos si antes del evangelio es momento de hacer propia una oración. O si podemos trasladarla por sacarle su máximo provecho.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
El Espíritu del Señor llena la tierra (Sb 1, 7). Aleluya. En el desconcierto cultural de nuestros pueblos, en una crisis económica tan profunda y amenazadora para los pobres, en las dudas sobre ecología, en el miedo al terrorismo, a las armas nucleares, en la desconfianza de los países, entre tanto clamor de injusticia y muerte indebidas, en hambrunas y enfermedades invencibles, el Espíritu del Señor llena la tierra. ¡Qué atrevimiento o qué cinismo! Sólo una fe profunda y arraigada, una fe acostumbrada a las sorpresas de Dios y atenta a que “sus planes y caminos no son los nuestros”, puede hoy repetir con gozo y confianza que el Espíritu del Señor llena la tierra. La fe que se toma en serio su no saber de dónde viene y a dónde se encamina el Espíritu, se repite a sí misma, se aferra, a esa verdad incomprensible de que el Espíritu del Señor llena la tierra. Y reconoce que no sabe más, que no es posible concretar esperanzas que son nuestras y no totalmente de Dios. Cada pascua, cada día y cada momento, recobra fuerzas para mantener que sí, es verdad, el Espíritu lo llena todo y llena la tierra.
Y el Espíritu del Señor llena la Iglesia, más intensamente en sus márgenes y fronteras, que por el centro siempre saben de dónde viene y a dónde lo quieren dirigir. La regenera de continuo en su fuego bautismal para perdón de los pecados, la alimenta en el duro invierno con una inagotable comida santa. La mantiene siempre en descontento, al no querer renunciar a la búsqueda de mayor autenticidad y más clara verdad. No acepta la resignación, ni aunque sea por orden superior. Se trata de un pueblo nuevo lleno de Espíritu, que lo hace santo y firme, y le mantiene en pie en la espera de que Dios haga por fin justicia a quienes le claman. El Espíritu la madura de continuo para que no renuncie a creerse santa a la vez que saberse pecadora, le recuerda las escrituras, se las actualiza, las transgrede porque la palabra expresa del Señor no lo abarcó todo (Jn 16,12). El Espíritu es espíritu y vida, aleja de la letra que mata (2Cor 3, 6), y contagia y amplifica su vida, la de Dios, que ya brotaba en nuestro espíritu. El Espíritu del Señor llena la Iglesia. Aleluya.
El Espíritu del Señor nos llena, me llena por completo. A ti y a mí, nos llena. Reza conmigo, escucha conmigo, sufre conmigo, busca conmigo, protesta conmigo. El Espíritu refuerza mi espíritu en mi sed de Dios, del Dios vivo, me consuela y conforta. Me espabila el oído y me endurece las espaldas para que sobrelleve a todos los desgraciados de la tierra, que no de Dios. El Espíritu, como lluvia fresca, mantiene contra todo obstáculo, lozana y hermosa mi esperanza. El Espíritu del Señor me llena y me acaricia y logra que mis más íntimas fuentes de vida se sigan acogiendo a que es verdad: el Espíritu del Señor llena la tierra, llena la Iglesia y me llena. El Espíritu del Señor, el Santo Espíritu. Aleluya.
J. Javier Lizaur