Sexto domingo de pascua. Ciclo C. 9 de mayo de 2010

Lecturas
Hch 15, 1-2. 22-29  
Sal 66 2-3. 5-8  
Ap 21, 10-14. 22-23
Jn 14, 23-29
 

PRIMERAS REFLEXIONES

            Encontramos entre las muchas ideas utilizadas en el evangelio de hoy la paz. Y en un contexto que no la presenta como fácil. ¿Cómo mantener la paz en la ausencia forzosa de lo más querido y añorado, que para el cristiano es Jesús? De entrada, ya afirma Jesús que la paz que él ofrece y promete no es la que acostumbra proporcionar el mundo. Es otra cosa. Esta paz ha de ser la felicidad, el estado tranquilo y contento de quien ha logrado sus pretensiones. Y no parece tratarse de una paz conquistada, buscada y conseguida, sino más bien encontrada y regalada: es Jesús, desde Dios donde mora, quien la proporciona. Tampoco la felicidad es algo que podamos alcanzar los humanos empeñando todo nuestro esfuerzo. Es más bien una aspiración honda, pero sin garantía ni en su búsqueda ni menos en su hallazgo. La bien antigua bendición al terminar la vida “descanse en paz” no nos pierde en el vacío, sino en lo pleno de la palabra y la promesa. Y la experiencia – esa diaria que nos va marcando hacia la muerte- nos da que brota o discurre entre des-prenderse, des-cuidarse, des-preocuparse. La paz, o la felicidad, nos roza tanta veces, y tan pocas nos alcanza que va quedando aplazada a un final que coincide con la vuelta del Señor quien nos la trae regalada. Sin olvidar  que brota de la justicia, que necesita ser trabajada, que figura como meta de toda acción política y social, que le descubrimos vinculaciones físicas con la ecología, que tiene otros nombres como bienestar, dicha, ausencia de tensiones, amor, felicidad. La paz, shalom de la Escritura, es la felicidad total. Podemos empeñarnos enteros por conseguirla: descubriremos que no está a nuestra disposición, y que aparece regalada, imprevista e imprevisible. Así, mejor que llegue con la garantía del Señor.

            También el evangelio nos coloca en cuestiones de libertad e independencia. ¿Nos hemos de alegrar de hacernos mayores, de que otros se hagan mayores? ¿No hay libertad que no se funde en ruptura? Nos introduce en estos temas la afirmación de Jesús de que nos conviene que se vaya. Mejor todavía, de que hemos de alegrarnos de su marcha. Es mejor para él (evidentemente), mejor para el Padre y mejor para nosotros. Si no nos alegramos, es que no le queremos suficiente. Aparece ya la calidad que ha de tener nuestro amor a Jesús: quererlo tanto y tan bien que nos alegra que vuelva con  alguien mejor y mayor que nosotros. Quererlo cuando nos deje. Ya nos lo advierte de antemano, porque sabe que es muy difícil. Quererlo cuando se va, y además alegrarnos. Algo sabemos de sobreprotección y de autonomía personal, algo de que hay que romper las relaciones más fuertes y dadas para poder crecer. La ausencia de Jesús nos crea un tiempo y un ámbito de libertad. El tiempo la historia, el ámbito, la comunidad. Y en la ausencia de Jesús, del referente primero accesible y constatable, seguir sus huellas, rememorar sus palabras y marcar a fuego los hitos de su ausencia. Crecer, creer, sin haberle visto, ni palpado, ni escuchado. Sabe Jesús que será difícil y nos lo advierte antes de que suceda. Llegas al mundo, no encuentras nada de Jesús, y tienes que descubrir su ausencia, su dolorosa ausencia. Hay unos testigos y transmisores empeñados en que estuvo, que fue maravilloso, que dejó claro que todo tenía que ser diferente, incluso que no está tan ausente, y se nota su calor o se escucha su rumor en ocasiones en que el corazón salta de alegría. Sin señales claras o cercanas, apurados del tiempo que corre, ¿cómo alegrarnos de que falte el que dicen que es la clave? Si seguimos creyendo, si notamos contento, si no nos acobardamos y mantenemos la espera, llegará con esa paz que tampoco por aquí se encuentra. 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS.

            1ª lec de los Hch. Seguimos con las tensiones y problemas para admitir gentiles en la comunidad y en qué condiciones. Bernabé y Saulo son los padrinos de su incorporación plena. El resto,  reticencias. Consulta oficial, carta solemne, fórmula magistral (el Espíritu Santo y nosotros) para concluir poca cosa: continúan las mismas prohibiciones del judaísmo sobre alimentos y fornicación y no se alude a la circuncisión. Los problemas en la mesa, comer junto a otros que comen diferente, debieron ser los principales. (¿Y la eucaristía en esas comidas?) Aun con normas que parecen tan claras y aceptadas, Pedro le daba muchas vueltas al tema (Hch 10, 9-18. 11, 2-10), Pablo trata de encontrar soluciones en 1Cor 8 y 10, 14-33, y da sensación de que las normas han servido para poco y las tensiones se mantienen. (Todavía Pablo, accedió a circuncidar a Timoteo para limar diferencias Hch 16, 3, mientras alardeaba de no haberlo hecho con Tito Gal 2, 3)

            Continúa la lectura del final del Ap. La descripción de la nueva Jerusalén en medidas, materiales y ordenaciones muy del gusto de la época. En “éxtasis”, un monte altísimo (cielo) y repetición de números simbólicos (12, 3). No hay santuario, es superfluo (Jn 4, 21-24), ni se precisa luz alguna, la luz primera del primer día de la creación (Gen, 1, 3).  Sobra todo. Dios y su gloria lo llenan y plenifican.

            El evangelio prosigue con textos de los discursos que Juan pone en labios de Jesús como despedida. Muchos han hecho notar que estos discursos juegan el mismo papel que el libro de los Hch. Recogen la vida y los problemas de las primeras comunidades y tratan de proponer salidas. Los Hch, en forma historiada, y los discursos, como enumeración, reflexión y oración en boca de Jesús. Hoy se avistan las persecuciones, la paz, la ausencia del Señor, y el papel decisivo del Espíritu.  

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

            Descubrir en la normalidad de cada momento nada menos que a Dios viviendo y actuando resulta algo extraño, entre forzado y artificial. Nos hemos reunido contentos para celebrar otro domingo más -y van 5- en estas fiestas pascuales del año 2010, y nos descubren las lecturas la presencia y la acción, sutil pero imprescindible, del Espíritu en nosotros. Estamos aquí porque el Espíritu nos ha recordado a Jesús y sus comidas, nos ha recordado que es el día del Señor, el de su santa resurrección, estamos aquí para que sea el propio Espíritu quien nos enseñe tantas cosas que no sabemos y nos gustaría descubrir, estamos para que el Espíritu nos haga avanzar en el camino cristiano. Hemos escuchado atentamente las escrituras santas y ha sido el Espíritu en ellas quien se ha hecho presente para que las recibiéramos como mensaje de Dios, como el recuerdo vivo de sus acciones en la historia.

             Suele decirse, con razón, lo poco que hemos apreciado al Espíritu de Dios, al Espíritu de Jesús, al Espíritu Santo, en la iglesia católica. Su escasa presencia en la formación que impartimos. Y el Espíritu lo es todo en la Iglesia. Por él recordamos, por él avanzamos en el saber, por él resistimos en la persecución, por él disfrutamos de dones y carismas entre nosotros, por él todo: lo que tenga que ver con Jesús, lo que tenga que ver con Dios y su creación, lo que tenga que ver con lo humano y sus esperanzas. En nuestra defensa de por qué lo olvidamos con tanta facilidad, su escurridiza forma de ser y actuar, su definirse sólo en función de otros. Está para Jesús y su recuerdo, no para él, y así no se le nota. Está para la gloria del Padre y, cuanto mejor lo hace, más él desaparece. Oyes sus voces y ruidos, pero sin descubrir ni de dónde viene ni a dónde va (Jn 3, 8). Así actúa el Señor que es Espíritu (2Cor 3, 18). Pudiera ser otra dificultad añadida la falta de libertad, en la Iglesia y en cualquier parte. Si “donde hay Espíritu del Señor hay libertad” (2Cor 3, 17), ¿faltará el Espíritu o faltará la libertad? Faltarán los dos pues son inseparables.

            Escuchamos en el evangelio que si guardamos la palabra de Jesús, nos amará el Padre y él y Jesús vendrán a nosotros y en nosotros vivirán. Pero es el Espíritu quien nos recuerda y actualiza las palabras y acciones de Jesús. Padre, Hijo y Espíritu, lo santo de lo santo, preocupados de nosotros, aposentándose en nosotros, queriéndonos tanto que nos funden en una comunidad de amor a todos los que le escuchamos, y a ellos con nosotros. En la ausencia de Jesús -y esta sí que es sencillo comprobar- nos aguardan tiempos de incomprensión, de desprecio y hasta de persecución. Muy duro para nuestra coherencia de fe y de personas. Aguantar el empuje contrario en el abandono por parte de Jesús necesita refuerzos. El Espíritu Santo hará de “Defensor”. Con un defensor tan poderoso y sabio, si amamos a Jesús y guardamos sus palabras, habitados por el misterio mismo de Dios, nos regalarán la paz. Paz que no es de aquí, que supera todo lo imaginable, que roza la felicidad completa. Nos invade con tanta fuerza que hasta perdemos el miedo. Ese miedo de que no está Jesús, de que no se nota su Espíritu, de que tenemos amenazas por cualquier parte, de que ni siquiera sabemos amar suficiente, el miedo nunca nos ha de poder. Para eso nos lo recordaba Jesús mucho antes de que sucediera. Ya sabemos, lo ha predicho Jesús, cuál será nuestra mayor dificultad. Que la paz nos habite y nos llene hasta conseguir en nosotros gente agradecida (vd Flp 4, 7).

             J. Javier Lizaur