Domingo de Pascua. Ciclo C. 4 de abril de 2010

PASCUA DE RESURRECCIÓN
Hch 10, 34a. 37-43  
Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23  
Col 3, 1-4  
Jn 20, 1-9
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Es la Pascua. Todo nuevo y renovado. Todo cambiado y rejuvenecido. Desde la ambientación y su estética, los cantos y aleluias, los paramentos y las flores, el cirio pascual, la aspersión bautismal, la sonrisa y el buen ambiente de todos los participantes. La creatividad en todo para celebrar una liturgia auténtica de resurrección. Sobran los odres viejos que ya no pueden retener tanta novedad sin estropearla. Faltan odres nuevos para el vino santo del Espíritu y perfumes exquisitos que engalanen a este pueblo de reyes y mediadores. Un pueblo de rostros deslumbrantes que reflejan la gloria de Dios y se transforman en viva imagen del resucitado (vd 2Cor, 3, 18). ¿Sabremos descubrir esa belleza, mayor con las luces de la pascua, alguien nos hablará de ella, de la de cada uno de nosotros, de la gracia singular y personal de nuestros rostros? Luna nueva, primavera nueva, agua nueva, viento nuevo para unos corazones nuevos, agitados y desordenados. Dios  interviene decididamente para una creación nueva, ya comenzada en el cuerpo llagado del Señor. Así pasa el Señor Dios entre nosotros y nuestras vidas. Y queda todo encendido de su Espíritu.

                 Podemos recordar de nuevo aquella  tradición del “risus paschalis” (risa pascual). Que al menos el día de Pascua tengamos buen humor, distensión y hasta risas. En ese hondón de las personas donde todo coincide, la alegría y el gozo de pascua no son ajenos al placer, a la ternura, al sexo, a la intensidad de las emociones; al llanto también y la pérdida de controles. En la profundidad última todo coincide y, en momentos claves -¿o no lo es la Pascua?- se expresa con tanta fuerza que se confunden en el intento de decir lo indecible.

                  Y algo deberemos pensar y hacer para que la frescura y belleza de la Pascua nos dure en los cincuenta días en que se prolonga esta celebración.

                ¿Tiene algún lugar la poesía en nuestras celebraciones? Normalmente, no. Y el lenguaje poético busca y se esfuerza por decir y hasta crear algo que vaya más allá de las simples palabras, y que nos atraiga con su fuerza hacia otra realidad, hasta ahora sólo sospechada, y, en la poesía, confirmada. Si es así, ¿habrá algo más hondamente religioso que la poesía? Debiéramos aprovecharla mucho más y ella nos aprovecharía a nosotros. En la liturgia queda el rastro de textos poéticos en las “secuencias” (Pascua, Pentecostés, Corpus, Virgen dolorosa y Difuntos. Sólo las dos primeras, mantenidas expresamente en la liturgia actual) Hoy nos toca una de ellas. Es probable que, en algún momento, incluyera diálogo y teatralización.  Su sitio entre lecturas, antes del aleluya y el evangelio, ¿es el más adecuado? Por inesperada e infrecuente, su lectura termina por resultar larga y poco inteligible. Puede cantarse. ¿Se solucionaría el problema? Como introducción a la celebración, como conclusión de la homilía, tras la comunión, pudiéramos sacarle quizá más “rendimiento”. La manera de decir poéticamente en la edad media tampoco coincide mucho con la nuestra. Podemos utilizar textos actuales de poesía más expresivos que los antiguos para nuestro mundo y nuestra fe. Alguien argüirá la escasa sensibilidad poética de nuestros fieles y de toda la gente. Es verdad. Pero no creo que pueda expresarse lo religioso sin bases poéticas en el lenguaje. Para mí, la ausencia de sentido de la poesía, de gusto por ella, es inseparable de la pobreza de expresión y de la ausencia de experiencia religiosa. 

TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                1ª lec de los Hechos de los Apóstoles. Un importante discurso de Pedro ante la admisión al bautismo de un no-judío. La importancia de esta decisión hoy nos pasa desapercibida, por el hecho de ser prácticamente todos no-judíos. Para legitimar tal decisión, tiene lugar la visión del mantel con toda clase de viandas, la intervención del Espíritu, las visiones del mismo Cornelio, y este discurso. En él se da por supuesto que los oyentes conocen muchas cosas de Jesús, pero Pedro hace un resumen “autorizado” como argumentación de que “Dios no hace acepción de personas”. Contiene una breve referencia al pasado de Israel, y el anuncio de Jesús, su vida, muerte y resurrección, con la consecuencia del perdón de los pecados. Este bloque central es el que recibe el nombre de “kerigma”, lo nuclear del evangelio.

                2ª lec, muy breve, de la carta a los de Colosas. Como un vistazo por encima de las nubes de la realidad, que no lo es. Lo real es lo que se entrevé sobre ellas. Somos otra cosa, buscamos y aspiramos a cosas diferentes de las “normales”, y por encima de todo Cristo. Lo real es que hemos pasado ya la muerte y vivimos otra vida con Cristo.

                3ª lec del evangelio de Jn. El capítulo 20 y el añadido 21 nos hablan sólo de la resurrección del Señor. Todo el 20 forma una unidad, transcurre en “el primer día de la semana”. Sólo el final, ocho días después. Y el capítulo termina en una solemne conclusión (30-31). Todo el bloque está tejido en el entramado de ver y creer: si primero ver o primero creer. Aquí son María Magdalena y dos discípulos los sometidos a ese juego de fe. Y a las prisas: todos, más o menos, corren. Y a unos  espacios comunes: la casa y el sepulcro vacío. Pedro ve unas vendas y un sudario bien recogido -frente al caso de Lázaro (Jn 11, 44)-, el “otro discípulo” entra, ve y cree. Pedro y el “otro discípulo” descubren el sentido de la Escritura y vuelven a casa. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Es la Pascua, hermanos, y os invito a comer y beber con el Resucitado. Han pasado miles de años de las correrías de los discípulos que nos cuenta el evangelio. Nosotros, reunidos aquí en esta fiesta, la mayor para los creyentes, no hemos visto al Señor Resucitado y creemos en él; sin verlo, le queremos sinceramente, y vamos salvando en la vida (1Pe 1, 8-9). Sabemos del sepulcro vacío, de las vendas, del cuidado en recoger el sudario, de la emoción de María y las reflexiones de los discípulos sobre lo que decían las Escrituras. Estos días hemos recordado cómo mataban a Jesús. Pero ahora, comemos y bebemos con el Resucitado. Parte el pan y pasa la copa, y así sabemos cómo quería que entendiésemos su entrega y su muerte. Comemos y bebemos con él, como gustaba de hacer en vida con buenos y malos. Nosotros no le vemos, pero sabemos que está con nosotros. Como los grandes amores o las penas profundas o hasta los simples problemas, que, sin verlos, acaparan nuestra vida. Está con nosotros como el servidor que nos pasa la comida, como el gusto y la alegría de vivir que nos sirve de fondo último. Comemos y bebemos con él, le recordamos con fuerza, y lo descubrimos a nuestro lado para hacer que encontremos otra vida, otra realidad, otra manera de ser personas. No somos estos que nos vemos con los ojos. Somos luz y belleza, amor, fuerza y cariño, somos generosidad y desmesura, somos lo nuevo de esta humanidad tan repetitiva. Somos partecita arrastrada hasta la intimidad de Dios en el arrebato del Espíritu.

                 Toda la novedad continua de Dios ha invadido el cuerpo del muerto y entregado y desvivido. Y lo ha hecho vivir y ser del todo nuevo. Ya sospechábamos toda su novedad y originalidad mientras estaba con nosotros. Dios que ha pasado (pascua) por el sepulcro, que pasa ahora a nuestra mesa, que, al pasar y rozar, siempre hace todo nuevo, nos hace a nosotros nuevos, seres de arriba, creaciones únicas y originales modeladas por él. Bien plantados en esta tierra y en esta historia, en el periódico y las noticias de hoy, sin perder pie, nos elevamos sobre nosotros mismos hasta alcanzar lo mejor y más alto que sospechamos que somos. Vamos a comer y beber con el Resucitado. Sin verlo a él, nos notamos nuevos, capaces de novedad, libres de condicionamientos y pecados, de vendas y sudarios. Es que es la Pascua del Señor. No es un sueño. ¿No notáis su mano llagada que nos protege, mientras nos acaricia? Vamos a comer y beber con él, que somos, en esta comida con él, el inicio de una nueva creación, de una nueva humanidad. Todo nuevo con esta comida pascual: hombres y mujeres nuevos y Cristo en medio, Resucitado. Fuente de paz y de gozo. Manantial del Espíritu.

                 J. Javier Lizaur