Lecturas
Is 50, 4-7
Sal 21, 8-9. 17-20. 23-24
Fp 2, 6-11
Lc 22, 14-23, 56
PRIMERAS REFLEXIONES
De entrada, no olvidemos varias cosas. La celebración está centrada en la lectura de la Pasión del Señor, este año en la versión de Lucas. El ritmo de la celebración cristiana lo señala el domingo, por tanto, la reunión próxima es la de la Pascua, no tanto la del triduo pascual. La primera parte de la celebración es un rito de entrada, algo más largo de lo habitual, que incluye la procesión con los ramos acompañando a Cristo que sube a Jerusalén. Esta primera parte ofrece en el misal romano tres posibilidades, según la importancia de la celebración y el número de participantes. Pensemos un poquito cuál conviene más al conjunto de la celebración. En sus orígenes, trataba de coincidir con el recorrido de Jesús para entrar en Jerusalén, y contenía un desplazamiento real hacia ella, en procesión y con los ramos. Recordar finalmente que está oficialmente aceptado suprimir una o las dos lecturas que anteceden a la pasión por mantener esta entera y darle mayor realce.
“Mirarán al que atravesaron”, concluye el relato de Juan (19, 37) de la muerte de Jesús. Mirar al crucifijo ha sido una larga tradición en los cristianos. O morir con él, o besarlo. Los más bellos cuadros, relieves o esculturas son intentos de facilitar esa mirada, y de profundizarla hasta esos límites desconocidos que se alejan al acercarnos. Las procesiones son un desarrollo temporal de ese mismo reposado mirar. ¿Será sensiblería? ¿Será olvido o postergación de la pascua? Pareciera que hubiésemos establecido una especie de concurso o competición de fuerza entre el viernes y la muerte y el domingo de la resurrección. El núcleo del misterio pascual consiste en la afirmación, sin separación posible, de la unión de los dos términos antitéticos, muerte y vida, en la poderosa gloria de Dios. En unas épocas hemos primado el dolor y la muerte. En otra, más reciente, la vida y la victoria. Nuestra limitación no da, por lo visto, para atender a las dos por igual. ¿Qué vamos a primar este año? ¿Marcaremos más el dolor y la muerte o la vida y el triunfo? No hay pascua sin sufrimiento y fracaso, ni la hay sin triunfo y futuro. Por mi parte, quiero seguir mirando al crucificado. Mirarlo despacio sé que me mejora, me sumerge entero en la historia de cada día, me descubre luces y sombras mías olvidadas, y, en ocasiones, me emociona profundamente. Miro al que atravesamos, y por los boquetes de esas llagas alcanzo a ver a muchísimos crucificados y lacerados de la historia, en sus ojos apagados encuentro luz suficiente para entrever a todos los desesperados, de sus labios sedientos percibo la sed de millones en busca de agua simplemente potable, me pierdo entre su pecho y su costado para sentir la tristeza contagiosa de todos los desamados. Me gusta, como al hijo de la mujer de Sunam (2Re, 4, 34) que sus manos alcancen las mías y sus pies se acoplen a los míos, porque, con tranquilidad, despacito, voy rejuveneciendo, reviviendo, regocijándome, resucitando. Me gusta, cada vez más, mirar muy despacio al que atravesamos. Va teniendo la pinta de muchos que conozco, hasta el aire de muchos más que desconozco, incluso un algo de mí mismo. Mordido de muerte, miro a Jesús colocado en alto y mordido también, y creo entrever una salida de esperanza (Jn 3, 14-15).
Y nos recogeremos con él, que desciende a lo más ínfimo de la condición de los humanos, a los temidos infiernos de la nada. En un imponente sábado de silencio, junto a su cadáver frío entre las rocas, aguardaremos la noche, y con ella, la inminente llegada del sol. Silencio, indecisión y duda de un sábado entero en el temblor de la fe, esperando a ver qué pasa de verdad, en realidad. Como la vida, en la oscuridad y dureza de pensar y vivir y creer, sin certezas. Sólo confiar que llegará la luz por alguna rendija y que hasta saltarán las rocas, y comprobaremos que merecía la pena el silencio del sábado entero, porque con el sol todo es vida, alegría, futuro y libertad. Por eso, en ese sábado largo como una vida, la súplica pascual sigue siendo “ven, Señor, Jesús”. Y llegará como el sol del amanecer.
TEXTOS Y CONTEXTOS
El texto de la 1ª lec pertenece al conjunto de poemas conocidos como de “el Siervo de Yhwh” (Is 42, 1-9. 49, 1-9. 50, 4-10. 52, 13-15. 53, 1-12). Algunos cuestionan incluso que exista tal conjunto, salvo en la voluntariosa intuición de quien quiera verlo así. La mayoría lo siguen admitiendo, aun a sabiendas de la dificultad para identificar a quién o quiénes se refieran estos cantos. Siempre los cristianos los han leído como referidos a Jesús. Desde luego, ya los evangelistas lo hicieron (v.g. Mt 8, 17). ¿Ayudaron a Jesús a comprender algo su inminente final? (Quizá las referencias a su “sangre de la alianza, derramada por todos” de Mc 14, 24 y Mt 26, 28) Son un excelente y breve resumen de la pasión de Jesús e incluyen su confianza en no quedar defraudado.
La 2ª lec proclama el himno a Cristo de la carta a los filipenses, de probable origen anterior al texto mismo de Pablo, quizá ampliado por él. Recoge todo el misterio pascual de muerte y exaltación. Lo cita Pablo en una exhortación al comportamiento de todos consecuente con la fe en este Cristo.
La lectura fundamental de hoy es la de la pasión de nuestro Señor Jesucristo según S. Lucas. Aporta muchas cosas nuevas al esquema general de la pasión. En la cena de despedida introduce discursos que Mt o Mc han colocado en exhortaciones anteriores a los discípulos: sobre quién es el primero entre ellos y qué llevar para el camino del seguimiento. En la escena de Getsemaní, un ángel que consuela y el sudor hasta la sangre. Ante Pilato, el tema de los tributos. Una hipotética visita a Herodes. La presencia de las “mujeres de Jerusalén”, en el camino al Calvario y las palabras apocalípticas que Jesús les dirige. Ya en la cruz, palabras nuevas de perdón a todos, de promesa del Reino a uno de los malhechores y para “hoy”, y de rotunda confianza en el momento de morir (Sal 30, 6). No pone en labios de Jesús el comienzo del Sal 21. (Los cuatro evangelistas han intentado recoger toda la riqueza de sentimientos de Jesús en ese trance decisivo. Lo hacen con expresiones diferentes y ninguno agota ni remotamente lo que Jesús vive muriendo.) El centurión encargado de la ejecución testimonia aquí que se trataba de un hombre justo (en aparente oposición al de Mc que le confiesa “hijo de Dios”) El arrepentimiento de las muchedumbres. Lo entierra un hombre que como Zacarías y Simeón, “aguardaba el Reino de Dios”. Ellos lo recibían, este lo despide.
PARA UNA BREVE HOMILÍA
“Estoy en medio de vosotros como el que sirve”. En la cena, sólo Lucas pone estas palabras en boca de Jesús. Juan, nos lo presenta como el esclavo que es, lavando los pies de los suyos, sucios y sudorosos del camino. Con Mateo, Marcos y Lucas, Jesús preside la cena, y sirve a los discípulos pan y vino. Los cuatro ven morir a Jesús como el que sirve. Como criado y esclavo universal. El pan y el vino, el ponerse a los pies de todos y lavarlos, son signos muy expresamente buscados por Jesús, amenazado de muerte inminente, para decirnos qué vive en ella. Y se vive, se comprende, como servidor de vida, mientras a él le llega la muerte. Es que “tomó la condición de esclavo” (2ª). Salva la vida, la que brota desde Dios, la sirve renovada en pan y vino nuevos, la hace llegar en uno que preside lavando los pies del camino, “pasando por uno de tantos” (2ª).
No es preciso llorar nuestra dura realidad, nuestra vida amasada de injusticia. No somos leños verdes ni secos. No somos leños. Tropezamos con Jesús que es otra cosa, que sirve hasta agotarse, y se da y entrega hasta vaciarse. Él, que va a morir como grano de trigo, que le llevan arrastras como cordero al matadero, es otra cosa muy diferente, aunque “actúe como un hombre cualquiera”. Es un hombre justo. No justo según la ley, porque la ley lo ha condenado. Es justo con la justicia y justificación que viene de Dios. Todo el dolor y la angustia de los humanos, justos o pecadores, da igual, están justificados desde Dios. Está justificada esta humanidad nuestra y su historia. No ha sido en balde, ha merecido la pena, las penas, las muertes. Un justo acaba de morir al frente de tantos justos que mueren y son muertos. El Dios que da vida a los muertos y llama a existir lo que ya no existe, nos ha justificado a todos, ha justificado nuestras concretas vidas. Jesús de Nazaret es y ha sido otra cosa, y nos ha merecido la pena verle hundido y exaltado en la muerte. Dios lo ha colocado sobre todo y su solo nombre impone respeto (2ª).
Anunciamos tu muerte, Señor Jesús. Hoy, al escucharla, también la anunciamos. Está cargada de vida. Su vacío lo ha llenado Dios, el solo vivo y verdadero. Proclamaremos tu resurrección, Señor anunciado muerto. Nos esperas en Galilea (Mc 16, 7), la del comienzo, la de los tiempos de empezar a conocernos. Ven pronto, Señor Jesús, que es largo el sábado del silencio. En la noche de pascua nos veremos de nuevo, te abrazaremos los pies. Y nadie nos arrebatará esa alegría.
J. Javier Lizaur