Domingo 7 de febrero – V del ordinario

Lecturas
Is 6, 1-8  
Sal 137, 1-5. 7-8  
1Cor 15, 1-11  
Lc 5, 1-11
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Aparece hoy en los textos la célebre presentación de Dios a Isaías en el templo y su título de “santo”. Una especie de cantinela o letanía con la que los serafines nombran y rinden homenaje a Dios. El empleo del término “santo” lleva entre nosotros una fuerte carga moral. Casi parece imposible separar la santidad de los buenos comportamientos. Y esos buenos comportamientos se atienen a valoraciones sociales, sometidas a la relatividad de tiempos y culturas. En las Escrituras, aquí y en su paralelo del Apocalipsis, la santidad es la mejor caracterización de Dios. Del Dios del universo, que lo ha dejado repleto de su misma gloria. La santidad conviene a la identidad de Dios, la precisa, y a su misterio inalcanzable. Sólo Dios es santo, sólo él tiene como propia la santidad, sólo él puede prestarla o regalarla. Algo de la cohesión sin fisuras, de la plenitud total, de la inaccesibilidad, algo de todo eso que sólo Dios puede poseer. Nuestras “santidades” lo son sólo por su regalo, por su invasión de la realidad, nunca por nuestros méritos y obras. Su punto fijo de inserción entre nosotros es Cristo Jesús, el santo de Dios. Su persistencia en la historia que transcurre la administra el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Cuando el primer escrito cristiano llama santos todos los de la comunidad (1Tes 3,13), no hace sino reflejar que la santidad única de Dios desemboca en cada cristiano por la muerte y resurrección de Cristo al que cada creyente se vincula por su bautismo. En la liturgia católica la aclamación del tres veces Santo es fija. En la plegaria eucarística II proclamamos. “Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad”. Una corrección en este dirección de lo referente a lo santo nos daría una visión más exacta de su realidad y nos libraría de las contradicciones que genera dar título de santos a quienes lo son de una forma tan claramente vinculada a modelos sociales que se quieren proclamar y proponer como paradigmas atemporales. “Que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti y no enemigo a la puerta” (Os  11, 9)

                Unido a todo esto de la santidad de solo Dios, viene a la mente la célebre expresión del “temor del Señor”, “santo temor” en casos. Hoy esta expresión no la empleamos y la tenemos como escondida por vergüenza. Al “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo”, ¿temerle? Como siempre, habremos de recurrir a experiencias y a lenguajes, si queremos salvar algo de la frase. Cuando estoy ante una persona de enorme categoría moral, una personalidad perfilada y definida, alguien a quien admiro profundamente y que sé me sobrepasa en casi todo, ¿no me siento sobrecogido? ¿No me impresionan gentes casi como naturalmente buenas y perfectas? Sentirme impresionado, apabullado casi, ¿es temer a alguien? Yo sí me siento apabullado, sobrecogido, y por tanto, paralizado, ante quienes admiro o me parecen tan superiores a mí. Y esa actitud hasta creo me hace más persona y mejor. Lo distingo perfectamente del temor ante quienes se me imponen sin mi permiso, o me humillan y menosprecian con sólo su manera de presentarse, o traen por delante su dichosa indiscutible autoridad. Este temor lo considero defecto y hasta pecado por mi parte. Dios todavía me impone, y mucho. A Jesús no le echaría una mano al hombro. Me siento más yo mismo, y más a gusto, rostro en tierra ante ellos. Prefiero con mucho, y sus peligros, el temor de Dios, que la banalización y el buen rollito con el Santo. Pero, seguramente todo son matizaciones y experiencias personales que, aun similares, se viven y expresan con diversidad. Emociones profundas, temblores y temores no parecen tan sencillos de distinguir y precisar.

                Queda pendiente otro comentario, una vez más aventurado, que tiene que ver con todo lo anterior y que me llama mucho la atención: la separación y casi oposición que se hace con facilidad últimamente entre el “Dios del primer testamento” y el “del segundo”. Como si se tratara de diferentes o de opuestos o de superación de uno por el otro. 

TEXTOS Y CONTEXTOS DE LAS LECTURAS

                La 1ª lec recoge la vocación de Is. El domingo anterior escuchábamos, parte al menos, de la de Jr. El esquema de fondo, el mismo: llamada iniciativa de Dios, constatación de indignidad del llamado, promesa de ayuda de Dios y aceptación final. Isaías parece hombre más bien culto y de la corte. La llamada la percibe en el templo, en el culto. La expresa en imágenes vivas y típicas de su tiempo y de su estilo: el Santo se opondrá en su predicación a los ídolos. Frente a ese Dios, Isaías se sabe impuro, básicamente impuro, no moralmente impuro. Dios se presta a purificarlo. Isaías asume la tarea.

                La 2ª lec continúa con textos de la 1ª Cor. Si hay un texto que ha resultado incómodo en el postconcilio y que se ha tratado de suavizar o silenciar al máximo es aquel que habla de rango y jerarquía en las verdades de fe (UR, 11, 3), y me pregunto si no pudiéramos decir algo parecido de los textos de la Escritura. Pues bien, 1Cor 15, 3-5 sería el primero de ellos. Con certeza, se trata de un texto anterior a esta carta y ya fijado para cuando Pablo lo transmite. Lo recoge a propósito de algunos que no creen en la resurrección de los muertos. Si es así, tampoco Cristo ha resucitado (15, 13). Este tema de la unión inseparable de la resurrección de Cristo y la nuestra me parece que no lo desarrollamos hasta el punto de que el fallo en una (la nuestra) niegue, invalide, la otra (la de Cristo). (Tampoco para el realismo de nuestra incorporación a Cristo por el bautismo o para la explicación cristiana bien realista de los sacramentos de iniciación.) Parece que en algunos ambientes también hoy prolifera el cuestionamiento de nuestra personal resurrección.

                La 3ª lec del evangelio de Lc, como en todo este ciclo. Como es habitual en el evangelio de Lucas, hay gente por todas partes (hasta en la cruz). Escuchan la Palabra de Dios. Jesús embarca exactamente en la barca de Pedro, siguen predicando, y le ordena echar las redes. Lucas une un prodigio que provoca la fe de los cuatro barqueros a que decidan dejarlo todo para seguirlo. Es Jesús, el de Nazaret, el que llega con sus pretensiones, Pedro lo encuentra como maestro (5) y más tarde lo reconoce Señor (8). En Pedro hay como una tensión entre su experiencia de pesca y la fe. Entre los títulos que va descubriendo y la fe, toma la decisión de seguirle. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Sin agolparnos mucho, estamos todos a la sincera escucha de lo que hoy el Señor ha querido decirnos en la Escritura. Lo hemos reconocido y aclamado como “palabra de Dios”. Igual que las gentes que se agolpaban en el evangelio. Con muchas ganas de escucharle, de oírle cosas nuevas, y de conocerlo mejor. ¿Quiénes somos los que estamos aquí a la escucha? ¿Quiénes, los que perdemos hoy un rato sólo para acoger algo que quiera decirnos? Debemos de tener una enorme fe en él y sus cosas para venir con interés y estar silenciosos escuchando. Somos sus seguidores. Gente del siglo XXI que se dicen seguidores de Jesús de Nazaret. ¿Por qué le seguimos hoy y nos gusta escucharle? Desde pequeños, nos iniciaron en esto. En casa, en la iglesia, en catequesis, hasta en el ambiente general, nos fuimos encontrando como seguidores de Jesús. Pero ha pasado mucho tiempo desde nuestros comienzos y seguimos aquí. ¿Por qué le seguimos hoy y nos gusta escucharle? Nos reconocemos con él, nos encontramos con lo más profundo y mejor de nosotros mismos, colocados ante Jesús. Y vemos hechos extraordinarios en su entorno. Las dos cosas: nuestras personas nos parece que se agrandan, que ganan mucho, junto a él; y, fuera de nosotros, reconocemos que hace cosas estupendas.

                Una pesca milagrosa, intempestiva e inesperada, contraria a toda experiencia anterior en el lago, nos alerta de que estamos ante alguien importante, grande, especialísimo. Jesús de Nazaret. Hoy, en su nombre, y contra toda previsión, mucha gente es generosa, se olvida de sí misma, se esfuerza por arrancar a otros de la indigencia o el aislamiento, perdona, ayuda y se entrega sin cálculo alguno. Con su nombre en los labios, mantienen la difícil esperanza humana, aún protestan ante la injusticia, sueñan mundos imposibles, se atreven a reclamar más pobreza y menos riqueza para que llegue a todos, se hacen presentes en la soledad. Muchos, muchísimos, de muchas confesiones, bregan en medio del mar para sacar gente de entre la tempestad, sanar heridos, consolar y animar a los tristes, reponer fuerzas a los cansados y mantenerse en todo ello sin darse la menor importancia. Les dijeron que eran “pescadores de hombres”, salvadores. Se lo dijo Jesús de Nazaret y les gusta la propuesta.

                Y están ellos mismos ante Jesús, el que señala la labor y él mismo la inicia. Si nos habíamos esforzado durante siglos, si nadie daba un céntimo de euro por nosotros, si no se descubría ningún fruto que mereciese la pena. Más exactamente, si hoy tampoco se descubre con claridad nada de todas estas bellas promesas. Y vuelven a entrar en el mar y a proseguir la búsqueda, con enorme esfuerzo gritan a todos que vengan, que se den prisa, que hay mucho que sacar y salvar del mar. La tarea es ingente, continua, interminable. Salimos rendidos del mar, con algo entre los brazos a salvo, y tropezamos con Jesús que casi nos estorba. Ante él, nos quedamos anonadados. Señor Jesús, somos lo que somos, gente humilde, bastante inútil en artes de la mar, que ante ti nos vemos pequeñitos, muy chiquitines, pero, curiosamente, enormes, porque notamos en tus ojos lo mucho que nos quieres, lo que confías en nosotros, y que nos señalas el mar para continuar la difícil tarea. Lo reconozco, Señor Jesús, pescador y pastor, santo de Dios: no merezco tenerte cerca. Aparta un poquito, que me quema tu calor, me marea tu luz y siento nítidamente mi tiniebla, mi oleaje, mi zozobra interior. Tú, el santo de Dios, yo, limitación y pecado, pero dispuesto siempre a seguir tu palabra.

                Reunidos ante el Señor, hemos acogido su palabra hoy. ¡Qué alegría íntima, qué gozo, constatar una vez más que tú, Jesús, eres el santo de Dios y así me hablas, y que yo, a tus pies, es como mejor estoy y más me crezco!

                 J. Javier Lizaur