Domingo 31 de enero – IV del ordinario

Lecturas
Jer 1, 4-5. 17-19  
Sal 70, 1-6. 15. 17  
1Cor 12, 31-13, 13  
Lc 4, 21-30
 

PRIMERAS REFLEXIONES 

               Jeremías y Jesús de Nazaret sufren el rechazo de los suyos. Necesitan una fuerza mayor para resistir y la encuentran en Dios, en su Espíritu. Es la tensión de los diferentes. Al resultarnos tan familiares y entrañables, podemos olvidar su incomodidad. Pero no serían fáciles de aceptar, no digamos de integrar. Su estilo, su comportamiento, son inquietantes, interpelantes para los demás. No se atienen a lo convencional, a lo acostumbrado y, con frecuencia, se salen de tono. Ni al rey, ni a la familia, ni a los jefes religiosos, ni a sus discípulos. Se desmarcan y dejan fuera de lugar a otros, si pretenden ser fieles a sí mismos. ¿Los clasificaríamos entre los normales o entre no-normales? En nuestra sociedad y cultura tan masificada, ¿somos normales o no? En la versión de las bienaventuranzas de Lucas figura aquello de “Ay, si siempre hablan bien de vosotros”. Ya sé que habremos de preguntarnos por la causa de ese sospechar y hablar mal. Pero si siempre hablan bien, es que no somos signos de nada (insignificantes), iguales a todos en vulgaridad administrada. Algo singular, algo diferente, debiera de ser inseparable del cristiano. Puede que no sea tan malo que no seamos gente normal, si por tal aceptamos lo socialmente normalizado para ni destacar ni llamar la atención ni singularizarnos. Al menos debemos cuestionarnos siempre esta normalidad nuestra, en que incluso la enfermedad y la ancianidad son estorbos y resultan sospechosas de anormalidad. Ay de la normalidad de un colectivo que ve normal el hambre, la injusticia, el terror, el silencio, la soledad y se incomoda ante la debilidad, la vejez y la diferencia. ¿Somos normales o anormales los cristianos en esta sociedad?

                 Es muy probable que hablemos hoy del amor. Pocas palabras tan importantes y tan banalizadas. Leí en algún sitio como paráfrasis de la primera petición del padrenuestro: “que la palabra amor sea sagrada”. Supongo que parte de la afirmación de 1Jn de que Dios es amor. Valdría también no usar la palabra “amor” en vano. Y menos instrumentalizarla para fama, dinero, éxito y control ajeno. Ahora que hemos conseguido que la solidaridad esté de moda y se establezcan campeonatos de quién lo es más, también del amor, que suele acompañarla, hablamos y disertamos con soltura y tranquilidad. Nadie nos va a conducir de la mano del amor al fondo más inescrutable y denso de las personas, sino a los aledaños amenos y divertidos de la distracción general. Ni va a desplegar los peligros mortales de la pasión, mientras sea suficiente sonreír con los caprichos de unas cariñadas breves y acaloradas a las que también denominaremos amor. Cualquier actitud queda correcta si le unimos amor y la colocamos en la corriente general de simpatía que suscita. Ni tememos al amor, ni desesperamos por él, ni nos arrastra a la locura. Nada del “Cantar de los cantares”. ¿De qué amor hablamos? ¿Del solvente y operativo para una convivencia insulsa, de baja intensidad sin garra ni peligro? ¿De un amor tan fácilmente integrable como olvidable? ¿De caprichos sentimentales y emociones hormonales? Cualquiera con algo de enjundia sabe o sospecha al menos que el amor es algo más que lo que hoy se lleva, que con él sí nos jugamos lo más decisivo del vivir, “que es fuerte como la muerte” (CC 8, 6). Sería muy bueno que la palabra amor fuera algo más impronunciable y más como sagrada. De más peso y densidad, menos voladiza que la adolescencia y más firme que la edad. “Centella de fuego, llamarada divina” (CC 8, 6). Finalmente, vamos descubriendo que no es nuestro, que nos alcanza como una riada, indomeñable y permanente, que brota de los hontanares neblinosos de Dios, y que, perdidos en él, sí quedamos salvados. 

LOS TEXTOS DE HOY EN SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec recoge el comienzo de la  profecía de Jeremías. Más en concreto, su llamada para esa misión. Jeremías la relata de forma autobiográfica. El texto original no queda recogido por entero y suprime lo referente a la conciencia que Jr siente sobre su propia pequeñez y la desproporción, en consecuencia, de la misión para la que se le envía (v 6-9). Si figurara este apartado, el texto respondería al estereotipo de “vocación” en las Escrituras: llamada e iniciativa de Dios, protesta del llamado al considerar las propias fuerzas y la grandeza de la tarea, certificación de la ayuda de Dios, y decisión final del  enviado. En el texto de hoy resalta con fuerza la oposición constante que Jeremías habrá de soportar a lo largo de su vida de profeta.

                La 2ª lec continúa el texto de 1Cor en el punto siguiente al del domingo anterior. Sigue por tanto el tema de carismas. Uno de los textos más conocidos del segundo testamento, y también más logrado e importante. Habla del amor y su primacía indiscutible. Se trata del amor dentro de la comunidad, para nada se refiere al amor en pareja, que es para lo que solemos usarlo. Caemos en una primera reducción del amor. Ni el entregar todos los bienes y dar la vida sirve de nada sin amor. El texto incluye una llamada a crecer siempre en el amor y termina en que la conclusión final será amor.

                El Ev también es continuación punto por punto del domingo pasado. Un texto forzado y traído aquí desde otro lugar: no es lógico el salto de la admiración al rechazo e intento de ejecución. Además Jesús hace referencia a milagros que en este evangelio no han sido relatados todavía, e insiste en su conciencia de profeta continuador de Elías y Eliseo. Se vislumbra en ellos la apertura  a los paganos. Toda la escena es un perfecto resumen de la vida de Jesús y de su rechazo y muerte. El final del texto de hoy es desolador: Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Podemos asimilarnos en muchas cosas con los paisanos de Jesús. Creen conocerlo perfectamente y piensan que les corresponden derechos y privilegios sobre él. ¿Quién va a conocer mejor a Jesús que nosotros, sus “paisanos” en la comunidad, que tanto lo frecuentamos y que tan asiduamente le escuchamos? ¿Cómo que Jesús obra prodigios fuera de nosotros y a nosotros no nos deja ninguna muestra de sus poderes y habilidades? Sabemos tanto de Jesús que no esperamos sorpresas de él, es más: nos incomodarían. Nosotros, que “hemos comido y bebido con él”, ¿tenemos capacidad todavía de sorprendernos con alguna de sus salidas imprevistas? Sabemos que puede andar entre las prostitutas, pero puede que pase esta noche en oración; ha venido a sanar a enfermos y pecadores, pero cena hoy con recaudadores; está rodeado de gentes y les habla de su soledad absoluta al final. No es tan localizable como parece este Jesús ni para sus familiares y parientes más cercanos, nosotros. Le guía el Espíritu (Lc 4, 14) y ésto sólo garantiza la sorpresa y el sobresalto continuos. Y tampoco descubrimos muchos milagros y portentos en nuestras comunidades. Ni se luce con enfermos y moribundos, ni con parados, ni con desesperados, ni con su paz, ni con sus gozos y deleites.

                 Puede Jesús presentarnos como excusa que él es profeta, anunciador de las novedades de Dios, y esas requieren, para resultar claras, el paso del tiempo. Él es profeta y profecía, pues, (ya veíamos el domingo pasado) lo mejor de lo anunciado por Isaías se cumple en él. Es cumplimiento de sueños y deseos, respuesta de búsquedas que arrastramos desde comienzo de la humanidad. Realidad carnal y concreta de anhelos humanos y promesas de Dios, que coinciden en él.

                Como los paisanos de Jesús, ¿qué buscamos? Sus milagros y prodigios o simplemente a él, y lo que con él nos toque. Puede que sea el paso más importante en nuestro camino en la fe: dejar de buscar intereses nuestros, respuestas a necesidades, soluciones a preguntas, y buscar y desear sólo a Jesús, fuente, origen, contenedor, de cuanto podemos pensar y amar. Olvidarnos de nosotros para centrarnos sólo en Jesús. “Y la fuerza de su resurrección”, que dirá la carta de filipenses. Que Jesús sea el centro, el punto de mira y de referencia. Que sea “el amado de mi alma”. La luz de referencia, al entrar en nosotros mismos y nuestro misterio, para toparnos con el suyo, que es el nuestro, desmesurado a las dimensiones de Dios. En todos nosotros, sus paisanos acostumbrados y creyentes cómodos, será un paso gigantesco dejarnos de aspiraciones pequeñas y concretas, para perdernos en la inmensidad que encierra el pequeño y concreto Jesús, nuestro más querido paisano de humanidad. Jesús, tan nuestro y tan diferente. Nos exige dejarlo y darlo todo, pero sólo si hemos descubierto que puede hacerse sólo y por amor; que nos anima a dar hasta la vida por él, pero sólo si ya hemos comprendido que sólo él es la vida regalada a todos por amor (2ª lec). Creemos en Jesús, es el Hijo de Dios Altísimo, esperamos en Jesús y las promesas que encierra para nosotros. Queremos, queremos tiernamente, a Jesús y descubriremos que sólo eso permanece, el amor a él, nuestro cariño a él, y será en el incendio de amor que llamamos Dios y que dura para siempre.

                    J. Javier Lizaur