Domingo 17 de enero – II del ordinario

Lecturas
Is 62, 1-5  
Sal 95, 1-3. 7-10  
1Cor 12, 4-11  
Jn 2, 1-11
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                De nuevo en el llamado tiempo ordinario. Y de nuevo la necesaria, por difícil, apuesta por la novedad en medio de la monotonía de lo acostumbrado. La novedad la pone el misterio que celebramos: el encuentro semanal con Cristo resucitado. Es semanal, pero de “ordinario” no tiene nada, pues se define por lo extraordinario. La normalidad la ponemos nosotros, junto con el peligro de rutina y falta de fuerza. Celebramos a Cristo resucitado y nos encontramos con él. Aunque sea semanal, no es nada ordinario.

                ¿Es el evangelio de las bodas de Caná un evangelio para bodas? Quizá cuestiona de entrada estas nuestras, con frecuencia, de tan débil identidad cristiana. El relato parte de costumbres de la tradición de bodas, pero se convierte en manos del evangelista en el primero de sus “signos”. Recoge siete el evangelio de Juan y, como tales, trata de llevarnos mucho más allá de lo que narran. De hecho, este primero mismo ya manifiesta la gloria de Jesús y hace crecer la fe de los discípulos en él. Más allá de los hechos narrados, quiere suscitar fe en Jesús y en su “hora”, y hacernos vislumbrar algo de la gloria que encierra, algo de su misterio y de su obra. Nuestras bodas, por sencillas que se celebren (cosa ya imposible entre nosotros), entran de lleno en la “hora” de Dios, en su momento de salvación. Expresan un amor continuado, incondicional. Ninguno más largo y dilatado (la creación entera) y más incondicional (“él es fiel y no puede desdecirse a sí mismo” (2Tm 2, 13) que el de Dios a nosotros. Y lo celebran en una abundancia loca de vino, alegría y fiesta. El vino nuevo y fuera de toda proporción de Caná sustituye al agua, como el banquete de bodas sustituye a la austeridad del Bautista. Toda boda cristiana tiene todo eso. Otra cosa es cuál de esos aspectos sea hoy más inteligible a nuestra fe, y más adecuado a las bodas de hoy tal como se celebran. Todos nuestros amores, cualquiera de ellos, debieran dejar huellas de que Dios siempre nos quiere incondicionalmente. Mucho más los expresados públicamente en las bodas. Son sacramento precisamente en ese su indicar con claridad la unión indestructible de Dios con los humanos que viene de siempre, pero se expresa de forma insuperable en la hora de Jesús, en su desposorio de sangre, agua y amor, su hora, para todos los futuros esposos suyos. Es el de Caná un evangelio de bodas, si recoge y expresa la certeza de todos de que no son sólo estos los que se quieren y unen, sino Dios y su pueblo ahora y para siempre. Si los signos no dan para tanto en la fe de los reunidos, es probable que empobrezcamos el significado de este evangelio. Y sería más “evangelio” en ese momento la referencia al plan inicial de Dios y su gozo y bondad. También en su fondo recoge y desea llegar a la significación de Caná, pero no lo explicita y no obliga a afirmaciones rotundas, alejadas de lo que sinceramente se celebra; más próximo a una bendición de Dios sobre la unión de los humanos.

                Y el lunes 18 comienza el octavario de oración por la unión de los cristianos. Será bueno recordarlo y hacer algo. Se cumplen 100 años del inicio de este movimiento en la reunión de la “Conferencia Mundial de Misiones” de Edimburgo. Y Benedicto XVI en su primer discurso ya hizo referencia a lo ecuménico, como atención primordial de su pontificado. Los hechos no lo dejan tan claro. Y, desde el ecumenismo, pueden ser muy cuestionables las soluciones de acogida a grupos de la Iglesia Anglicana. 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                1ª lec, del 3er, Isaías. Son profecías para el pueblo que ha regresado del destierro y siente desánimo ante las dificultades de la reconstrucción del templo y de la vida y costumbres anteriores, y el cansancio que generan. Por eso son anuncios de alegría y prosperidad para una Jerusalén idealizada, centro de la tierra y lugar del culto vivo en el nuevo templo. Una Jerusalén cercana a la que nos describirá el libro del Apocalipsis. El texto de hoy encuentra a Jerusalén como justicia, gloria y corona de un Dios que desea desposarse con ella y encontrar en ella los goces de los esposos entre sí.

                2ª lec de la 1ª carta a los cristianos de Corinto. Nos va a acompañar este texto como 2ª lectura hasta la cuaresma. Son textos de los capítulos finales de la carta, los que desarrollan los temas de los carismas en la comunidad y de la resurrección. Varias partes de esta carta parecen respuestas a cuestiones que la comunidad de Corinto plantea a Pablo. Esta pudiera ser una de ellas, como recoge el v. 1 del capítulo. En la comunidad de Corinto, y en las actuales, son evidentes las dificultades de salvar por igual diversidad y unidad. Pablo, a toda costa, quiere salvar la diversidad, sin renunciar a una unidad que, para él, salvaguarda el Espíritu.

                3ª lec. Este año, el ciclo C, sigue el curso del evangelio de Lc. Pero este domingo tomamos un texto del de Juan. Seguramente por la unión que buscó la liturgia antigua entre las tres “epifanías” del Señor, la de los magos, la del bautismo y la de las bodas de Caná. En este ciclo quedan las tres recogidas expresamente. Para acercarnos al singular evangelio de Juan, debemos tener en cuenta la importancia que él da a los signos y a la hora. Tanto los unos, como la otra rodeados de discursos y desarrollos muy elaborados y de diversas etapas. En el evangelio de hoy ya encontramos signo y hora. Queda como impreciso el papel de María-la comunidad respecto a la hora en la obra de Jesús. Y no debemos perder del horizonte el texto de Is 25 con su banquete escatológico y sus vinos, el de la 1ª lec de hoy y los gozos esponsales, y el contraste entre la austeridad del Bautista y la sobreabundancia de vino y de gozos -sin torpeza de imprevisión- en esta fiesta de bodas.  

UNA HOMILÍA POSIBLE

                ¿De dónde ha salido un tono cristiano tan bajo como el que acostumbramos tener? Siempre penando, lamentándonos de nuestra situación. Y sobre todo, soso, aburrido, sin vida. Las tensiones hoy evidentes, las diferencias tan marcadas, todo lo silenciamos para no dar mala imagen, “no escandalizar”, decíamos antes. Y nuestro escándalo es la falta de vitalidad, de creatividad, de gozo y sus peligros, de pasión por Dios o por esta tierra o por los doloridos. Todo suavizado, domesticado, embalsamado, educado y correcto. Nada que ver con la fiesta, la locura, el desorden de las lecturas de hoy. ¿Dónde corre el vino abundante y desinhibidor, dónde la fiesta aúna, por un momento al menos, a viejos y jóvenes, progresistas y conservadores, teólogos de la liberación y tomistas de recia escuela? Para que no haya follón ni escándalo, no hay vida. La vida incluye tensiones y diferencias, búsquedas y hallazgos, verdades corriendo tras la verdad, talantes enfrentados; limando todo eso, terminamos limando la vida. Y el evangelio, el de Juan sobre todo (20, 31), es para que tengamos vida y vida abundante.

                Qué desmesura la de Dios llamando a la tierra su querida, su corona deslumbrante, su adorno más hermoso, su favorita, su prometida. La pasión de Dios por los humanos, que como toda pasión, roza o encuentra la muerte. Hasta los gozos innombrados siempre entre nosotros de la cama son deseos del Señor para el encuentro con su humanidad, la favorita(1ª lec). Y llega Jesús, él y algunos de su grupo primero provenientes de los rigores del Bautista, y van de invitados a una boda popular, donde la falta de vino suena a tragedia. La madre de Jesús la presiente y lo advierte a su hijo. Este sabe de tragedias, esa sí será su “hora” de juego trascendente entre muerte y vida, y le suena a apresuramiento, pero no se va a oponer a adelantar las señales claras de la vida en el reino. Y la pobre agua se vuelve vino rico para anunciar que habrá esponsales mejores, fiestas más generosas, bodas más locas y radicales. Hay testigos serios de que la cosa es así, y el mayordomo –el maître del caso- comprueba la calidad del vino y se lamenta de la falta de cálculo en servirlo tan tarde, cuando ya el paladar adolece de excesos.

                La comunidad es bien diversa (2ª lec). Hay en ella huellas de Juan y su austeridad, también del Espíritu y sus locuras. Quienes quieren mirar de frente al futuro, con profecía e inteligencia, quienes buscan dónde hoy curar y hacer milagros, quienes miran atrás a las Escrituras para interpretarlas. Unos insisten en la fe, otros en la caridad, todos proponen su esperanza. Uno, Pablo, que empezó eso, cree que el Espíritu proporciona unión suficiente para que todos se enriquezcan con todos, para que nadie quede fuera del Espíritu, y surja una novedad que siempre crezca por la aportación de tantas diferencias unidas en el empeño de madurar y crecer todos y cada uno en la dirección única de Cristo resucitado, la pasión común de todos.

                El Señor hablaba de nuestro futuro en él con la imagen de un banquete suculento, regado de vinos generosos. Hoy podríamos prestar atención a nuestra pacatería, a nuestra falta de audacia, a nuestra obsesión por estar a buen resguardo, a nuestra sosería. Algo de mayor atrevimiento, algo que provocara vida y discusión estaría más cerca del evangelio de hoy. Sería más evangélico que nuestra mesura y nuestras buenas apariencias, sabiendo todos que por dentro corren fuegos y cuchillos. Tan celosos del orden y la seriedad. Tan rígidos y presentables en sociedad, ni aparecemos como invitados de bodas, ni menos como futuras parejas de los amores apasionados de Dios. Muchos odres viejos y envejecidos y poco vino bueno de gran reserva. ¿Cuándo, en ausencia del Señor, multiplicará el Espíritu su vino embriagador hasta colocarnos a todos en pasión insoportable por Dios? Atención, escuchemos a María que dice bajito: “No tienen vino”. Y se viene con nosotros a orar al Espíritu (Hch 1, 14).

                 J. Javier Lizaur