Lecturas
Is 40, 1-5. 9-11
Sal 103, 1-2. 4. 24-25. 27-30
Ti 2, 11-14. 3, 4-7
Lc 3, 15-16. 21-22
PRIMERAS IDEAS
Conviene en este día señalar las diferencias entre el bautismo cristiano y el de Juan, que es el que Jesús recibe. No veo que sea hoy día para hablar del bautismo, por ese peligro de confusión entre lo que se realizó en Jesús y lo que sucede en cada uno de los cristianos. El bautismo cristiano parte y se fundamenta en la muerte y la resurrección del Señor –a ello hace referencia la entrada y salida del agua-. El de Juan señala la conversión de los pecados de quien se bautiza y puede que incluya la referencia a la entrada en la tierra prometida. Si el más pequeño de los que creen en Jesús es mucho mayor que el Bautista (Mt 11, 11), también el bautismo cristiano es mayor y mejor, que el del desierto con Juan. Otra cosa es la manifestación (epifanía) de Dios en Jesús, a propósito de ese bautismo. La inmersión en la vida de la santa Trinidad sí sería el bautismo cristiano.
Y hablando de epifanías, debemos hacer un recorrido en la liturgia de estos días. La epifanía por antonomasia en la liturgia romana es la manifestación de Jesús a los magos. Pero en los rezos y antífonas de esa fiesta aparecen las otras dos epifanías o manifestaciones del comienzo de la vida pública de Jesús de Nazaret. Su bautismo por Juan y la revelación que en él acontece, y el primer “signo” -con lenguaje de ese evangelio- de Jesús en Caná y ante sus discípulos. La estrella, la voz del Padre y el agua abundante convertida en vino son la señal de alerta sobre Jesús y su misterio. No se trata de un hombre cualquiera, sino de alguien en quien resplandece toda la gloria de Dios. Estos signos los recoge por separado la liturgia en la fiesta de los magos, en el bautismo de Jesús y en el primer domingo del tiempo ordinario, sobre todo en el del ciclo C, que recoge el evangelio de las bodas de Caná. En nuestras presentaciones de Jesús, en nuestras oraciones y en conversaciones sobre él, ¿se llega a notar su singular categoría de hijo de Dios, se descubre de alguna forma la gloria de Dios en él? ¿Qué pasos damos para que en Jesús se descubra, se manifieste, se revele todo el misterio mismo de Dios? Ni la fiesta de los magos es una fiesta infantil, ni la de su bautismo un recuerdo del nuestro. Se trata de manifestaciones, de aclaraciones sobre Jesús y todo lo que vive en él. Se trata de nuestra fe, de dónde nos apoyamos para poder seguir diciendo que Jesús es el hijo amado, el preferido, el Dios a nuestro alcance. ¿Dónde encontramos hoy manifestaciones, presencias de Dios? Si es en Jesús, ¿cómo descubrimos en él esos resplandores de Dios mismo? Perdón por la insistencia; si no aclaramos dónde o cómo o cuándo descubrimos hoy a Dios y su misterio de vida, si no precisamos cómo y qué Dios vislumbramos en Jesús de Nazaret, ni transmitiremos la fe, ni la mantendremos para nosotros mismos. Es decisivo encontrar respuesta. Fue la estrella, y la voz misteriosa, y el vino nuevo abundantísimo. ¿Y hoy?
Algo quizá inesperado, pero claramente sugerido por la liturgia del día (no exactamente la de la eucaristía) es la alusión, diríamos hoy, ecológica a una santificación o bendición del universo entero por la entrada de Jesús en las aguas del Jordán. “Hoy se han abierto los cielos, y el mar se ha vuelto dulce, la tierra se alegra, los montes y las colinas saltan de gozo, porque, en el Jordán, Cristo ha sido bautizado por Juan.” (2º resp. del oficio de lecturas.) La creación entera se convierte en nueva creación por ese contacto natural entre las aguas y el cuerpo de Jesús. Por las aguas, el universo queda también santificado.
LAS LECTURAS EN SU CONTEXTO
La 1ª lec proviene del 2º Is y nos trae resonancias del reciente adviento. Pero ya no es adviento, y la gloria del Señor ha llegado. Un mensajero la anuncia señalando su poder, su oferta de recompensa y su papel de verdadero pastor. El anunciado por el mensajero es aquel que el mismo Dios anuncia hoy en el evangelio.
La 2ª lec son dos textos separados entre sí en la redacción pero unidos en su temática. De la carta a Tito. Ha aparecido, ha quedado patente, ese gesto de Dios, esa gracia suya sin méritos de nadie, que trae salvación a todos y nos santifica por su Espíritu, hasta la “epifanía” definitiva en gloria de nuestro Dios y Salvador Jesús el Cristo. Todo esto queda expresado en el bautismo, baño de segundo nacimiento y renovación por el Espíritu. Esa aparición y manifestación de la obra de Dios es la que hoy descubrimos en el evangelio con ayuda de la voz del cielo.
La 3ª lec es del evangelio de Lc con un esquema similar a los textos paralelos de Mc y Mt. Es un pasaje incómodo a la tradición cristiana por esa especie de sometimiento de Jesús a Juan que los evangelistas quieren suavizar con palabras y argumentos del segundo. Juan es quien señala las diferencias entre él y Jesús y entre sus bautismos respectivos: el uno de agua, el otro de Espíritu Santo. Y fuego, agrega Lc, subrayando el papel de Jesús como nuevo Elías. Son propios de Lc varios matices importantes. La expectación del pueblo, así “aquel tiempo” es un tiempo de expectación. Que el bautismo de Jesús, no tiene carácter singular, sino que acontece en un “bautismo general”. Y que la revelación de Dios sucede en la oración de Jesús. Los cielos se abren (como esperaba Is 63, 19), desciende el Espíritu creador y purificador (fuego), y la voz del Padre justifica todo, declarando su amor y predilección por Jesús.
PARA UNAPOSIBLE HOMILÍA
Estamos comenzando el año y, con él, el seguimiento del Señor. Nuestra tarea como creyentes. Y nos llega una voz inapelable del cielo que nos recuerda: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto.” Si esperábamos una señal clara de fuera de nosotros, aquí está. La descubre Jesús de Nazaret y será para él decisiva. La percibimos nosotros, “sobre las aguas torrenciales” descubrimos unas aguas de amor.
Jesús se coloca con todos, en un bautismo general, para que Juan lo bautice. Se confunde entre la masa de pecadores. En ese momento y siempre, no va a ser fácil distinguirlo entre la muchedumbre. Él también, con todos, busca un pueblo nuevo y fiel a la alianza con su Dios. Busca una renovación profunda de su religión, busca atravesar las fronteras que hagan recobrar a todo el pueblo la tierra y herencia prometida. Tan importante le parece el gesto que queda en oración profunda. Y el que no quería en absoluto singularizarse queda singularizado en la voz de Dios, en la fuerza de su Espíritu, en el espacio infinito de unos cielos abiertos y patentes a todos. Llamado de Dios, nombrado como Hijo, y muy intensamente preferido y amado, descubre su nueva tarea dentro de ese pueblo con el que se ha bautizado, un pueblo que vive en expectación, en apertura a cosas nuevas y diferentes. Colocado entre todos, Dios y su llamada lo distingue de todos. Dios se ha encariñado de él como hijo y porque lo es.
“Se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos.” (1ª lec) La revela Dios mismo con su voz en las aguas, abriendo el cielo a los humanos. Nosotros la aceptamos y escuchamos, para concluir con la 2ª lec, “Ha aparecido la bondad y la gracia de Dios que trae a todos la salvación” Llevaremos una vida justa y honrada, y alcanzaremos a contemplar la manifestación, la presencia, definitiva de Dios entonces, ahora y luego, siempre, en nuestro Señor Jesús, el Ungido. Nos ha salvado, nos ha hecho nacer de nuevo en el bautismo, nos ha sumergido en un baño abundante de gracia y misericordia. Inmersos en la manifestación de Dios en Cristo Jesús, somos hijos nosotros mismos, somos herederos de gloria inmensa. Ya tiene justificación nuestra vida. Sobre todos y cada uno de nosotros, la voz del Padre: tú, tú mismo, eres mi preferido, mi cariño; en ti vivo para mostrarme a los demás, tú eres también mi manifestación, mi epifanía de hoy. No te asustes y goza con tu salvación.
Estamos a principio del año 2010, la voz del Padre nos alerta y hiere el centro de nuestra fe. Ahí tenéis al Hijo, mi hijo queridísimo, seguidle y escuchadle. El programa del año y de la vida entera. Pero hay que vivir en expectación, abiertos siempre a toda novedad, expectantes de cualquier sorpresa. La prueba continua de que Dios nos está salvando se aclara con nuestra vida y experiencia. Nos arrimamos a Jesús y le descubrimos en medio de todos como la presencia viva y mantenida del Padre, la presencia del amor más quemante e intenso. El mismo que a la vez descubrimos y nos salva. Es grande y maravilloso el misterio de nuestra fe.
J. Javier Lizaur