Domingo 20 de diciembre – IV de Adviento

Lecturas:
Miq 5, 1-4ª  
Sal 79, 2-3. 15-16. 18-19  
Hb 10, 5-10  
Lc 1, 39-45
 

PRIMERAS IDEAS

                De una visita y de muchas otra visitas. Antes era una costumbre “ir de visita”, una forma de vida social. Con hábito o sin él, es importante hacer visitas. Importante para el que espera, y también para el que va. Las ganas, la emoción en casos, de que vienen a verme. La inquietud del que visita sobre si será oportuno, si será bien recibido, si estorbará. Es muy hermoso el tiempo de espera por ambas partes, nacen ganas y deseos, se entreveran de inquietud. ¿Será necesario algún obsequio, algún presente, que avale nuestra buena intención y nuestro afecto? Muchas s personas no pueden salir de casa y necesitan visitas. Hacernos presentes unos a otros con nuestros afectos y buenos sentimientos, hacer notar que recordamos y no olvidamos, que echamos en falta una cercanía, que nos apetece encontrar un rostro, sus ojos, sus manos, su calor, su ternura. ¿Es posible vivir sin visitas? ¿Soportar la distancia, y no buscar la manera de romperla para encontrarnos, vernos y charlar? Muchísimas personas hambrean compañía, encuentros, visitas. Figuraba en el listado de obras de  misericordia la de “visitar a los enfermos”. Y enfermos de cariño y comunicación estamos prácticamente todos.

                También hay visitas de cortesía, de mero cumplimiento, visitas incluso que son una carga y que dejan al descubierto deudas pendientes y hasta desconocidas. Visitas temidas, visitas tensas de tan prolongada la espera, visitas no proporcionales a la necesidad y el afecto que se invierte en ellas. ¿Y esas visitas resolutivas, que dejan claro cómo hacer bien las cosas, pues ellas, que no suelen visitar, sí lo saben? ¿Será que las visitas sólo admiten de fondo afectos y cariños y no soluciones o intervenciones salvadoras de nadie? La profundidad humana de las visitas descubre el valor y la calidad de quienes las ejercitan.

                Entre creyentes hablamos con frecuencia de las “visitas de Dios”. Nos visita el inaccesible, inimaginable. Podemos engañarnos con nuestra imaginación y nuestros deseos. Las de mayor garantía son las visitas de cualquier humano que viene porque nos quiere. Dios nos visita en ellos. Es el Dios auténtico que precisa de mediaciones a nuestro alcance. Son de alto riesgo las visitas de Dios en la soledad intimista. No vaya a ser que nos visitamos a nosotros mismos para mejor aislarnos en las trincheras de nuestra tristeza.

                En la 2ª lectura, una referencia expresa al cuerpo, algo poco frecuente en las Escrituras y menos en nuestro uso de las mismas. El cuerpo, aunque sea la expresión de nuestra concreta existencia en cuanto limitada, es todo lo que disponemos para nuestra presentación y comunicación. El texto lo une al rechazo de las ofrendas rituales y la propuesta de “otro” sacrificio que tiene sus raíces, brota y es inseparable del cuerpo. El cuerpo, y esa su existencia constreñida a los límites corporales, en su desarrollo e historia es el sacrificio de Jesús, único sacerdote definitivo. En ese cuerpo, como ese cuerpo, los nuestros son ofrenda y sacrificio y nos convierten automáticamente en sacerdotes. Como Jesús, por el cuerpo y lejos de todo ritual de sacrificios. 

LAS LECTURAS Y SUS CONTEXTOS

                1ª lec de Miqueas, profeta contemporáneo de Isaías, pero de muy diferente estilo. Algunos de sus textos coinciden en forma y fondo con los de él. Anuncia un Mesías que no será de la gran capital, ni de los estilos de la corte. De Belén y verdadero pastor, como su antecesor David. A esta profecía se referirá Mateo en 2, 6.

                 2ª lec de la carta a los Hebreos. Como todo el escrito, en torno al sacerdocio y el sacrificio de Jesús. En este capítulo concreta su sacrificio en el cuerpo y la sangre de Jesús e insiste en la libertad del mismo. El texto que hoy escuchamos cita el salmo 39, con una modificación: donde el salmo habla de me has dado “oído”, aquí habla de “cuerpo”. Con él expresa la ofrenda de la persona, e incluye en ella el oído para acoger y escuchar su voz.

                3ª lec de los capítulos del “evangelio de la infancia” (1-2) de Lucas. Es una pasaje intermedio o puente. Entre anunciaciones y nacimientos, distintos y paralelos (Juan y Jesús) un pasaje que pone en relación a los dos y señala sus diferencias, sobre todo por el cántico, puesto en boca de María y con el que concluye este pasaje para volver a los nacimientos y presentación de los nacidos. Todo el evangelio de Lucas, también estos dos primeros capítulos, comienza y concluye en Jerusalén y en su templo. Pudiera ser que este viaje de María por las montañas de Galilea haga referencia a los traslados del arca  hasta Sión con David (vd 2S 6). 

UNA POSIBLE HOMILÍA

                Último domingo de adviento de este año. La Navidad ya tan próxima. Con ella, la anunciada y esperada visita de nuestro Dios. En esta clave acogemos el evangelio de hoy. La visita de María, portadora de Dios, como una nueva arca de la alianza. Lo es su cuerpo. Visita a Isabel, su prima, en las montañas de Judá. Ella bendice a María y María, embarazada, bendice y canta a Dios. Juan salta en el vientre de su madre. A ellos y a nosotros nos visita el Señor nuestro Dios. Todo se llena de bendición y alegría, hay baile de gozo. Con una inquietante conclusión sobre la fe: “todo lo que ha dicho el Señor se cumplirá”. Si se cumplirá, es que ahora no se cumple. Se anuncia, se avanza, se presenta en mano, pero el cumplimiento esperado queda diferido. Para luego, para más tarde. La visita de María, como la de su Señor que transporta, es breve y pasajera. Tras la visita feliz, queda Isabel sola ante su parto.preciso en que íbamos a abandonar, llega para aminorar el tremendo dolor de su ausencia, inexplicable tantas veces. Solos y la fe. María no se queda, aunque llega a estar tres mese en casa de su prima. Dios tampoco lo hace. Nos deja huellas de su paso, nos bendice y le cantamos, regala un niño profeta. Nos ha deslumbrado su presencia, su gozo, su cercanía, su abrazo. No los olvidaremos jamás. Pero, llega su momento y se va. Y nos quedamos solos en la tarea de dar a luz algo nuevo.

                Pasará de nuevo la Navidad, con excesos o sin ellos. Habremos reafirmado la certeza de las promesas del Señor. Sí, es el Dios-con-nosotros. Es atracción para pobres y marginados. Trae la paz, la  convivencia tranquila, mientras juegan el león y el cordero. No importan las ciudades del imperio, importa la pequeña Belén, tierra de promesas. Se reúnen los pueblos de la tierra, presentes en esos sabios de Oriente, en una casa pobre de Nazaret. Todo eso es cierto y nos lo asegura la Navidad, mientras cantamos los villancicos de nuestra costumbre. Pero en pocos días nos quedaremos solos, muy solos, con las cuentas temblando, las emociones concluidas, y algo cansados también pues el soñar estos días  exige atención y  cuidado.

                Llega la Navidad y no hemos preparado ofrendas. No hemos traído en estos días del adviento, “sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas de expiación” Traemos tan sólo nuestros cuerpos, llenos del transcurrir de los días, como la única ofrenda posible entre seguidores de Jesús. Nuestros cuerpos, -como el suyo- todo lo que somos en nuestro pasado y nuestro presente y nuestra base única de porvenir. Nuestros cuerpos. Con ellos nos acercamos al que viene y ellos son nuestra ofrenda y regalo apropiado para las fechas de la Navidad. Ni otros sacrificios ni otros regalos. Aquí estamos y a todo (2ª lec).

                Viene el Señor, pero no se quedará. Seguiremos, como Isabel, en trance de dar a luz algo nuevo. La Navidad habrá confirmado que “dichosa tú que has creído, porque todo lo que ha dicho el Señor se cumplirá” (Ev). Y, con esta certeza reafirmada en estas fiestas, afrontaremos tu ausencia. Echaremos mucho en falta tus emocionantes visitas, pero la Pascua, y otra Navidad nos llenarán de alegría y de saltos de gozo. Y luego seguiremos aguardando que por fin tu visita sea definitiva. Para entonces quizá hayamos dado a luz la novedad de la vida, apoyados en que tu promesa se cumplirá. Y será entonces cuando tu visita sea para quedarte con nosotros. “Aquí está nuestro Dios”, su nombre -lo sabíamos de hace mucho- es Emmanuel, Dios con nosotros. En su ausencia, sabemos su nombre y que vendrá para quedarse con nosotros para siempre.

                 J. Javier Lizaur