Lecturas
Jer 31, 7-9
Sal 125, 1-6
Hb 5, 1-6
Mc 10, 46-52
PRIMERAS REFLEXIONES
Podemos reflexionar sobre el seguimiento de Jesús. Es la tarea y la identidad de todo cristiano, de todo bautizado. Por malos usos en los últimos siglos ha quedado la idea entre el pueblo fiel de que el seguir a Jesús es cosa de los “vocacionados”, monjes, monjas, frailes y consagrados en general. Seguir a Jesús, es de todos, de absolutamente todos, es nuestro compromiso y tarea de bautizados. Es nuestra identidad. Incluso por el título de bautizados -consagrados-, con exigencia de novedad e innovación por ese seguirle incorporados a su resurrección que es vida novedosa y desconocida para todos.
Se ha utilizado muchas veces el título de “imitación de Cristo” como la forma más consecuente de vivir la vida cristiana. Hablar de seguimiento no es oponerse a imitación, pero introduce matices importantes. Si comía Jesús así, si trataba así, si rezaba así, si vivía así, pues nosotros igual que él, y le imitamos con la mayor precisión posible, con espíritu mimético. Seguirle indica mejor que en este momento de la historia y de la cultura, no en otro, revivimos a Jesús, seguimos sus huellas. Reinventamos, reencontramos, a Jesús en el aquí y ahora de nuestro mundo. Esto exige imaginación creativa. Exige Espíritu Santo. Sin su mediación sería pura temeridad el intento de redescubrirlo en medio de nuestro mundo. El seguimiento recalca la permanente actualización, la inserción viva en la historia actual del camino de Jesús por el reino y hacia el Padre.
Todos estamos llamados, vocacionados, a seguir a Jesús. Ven y sígueme es frase repetida muchas veces en el evangelio. En singular y en plural, que nuestra llamada tiene mucho de convocatoria (con-llamada). Nos llaman y acudimos. La iniciativa es más del que llama que del que sigue. Todos y cada uno, con su personalidad concreta, su estilo y su carácter, con facilidad o dificultad, convierten su vida en un seguimiento singular de Jesús, el Maestro (título de uso más común en los evangelios, si de seguimiento se trata). Descubrimos a Jesús, por motivos muy diversos y hasta curiosos, y lo inmediato es seguirle. Ir con él, hacer la vida a su lado, y seguirle, pues tiene costumbre de caminar delante (Lc 19, 28) y nos deja huellas. A su lado, haciendo camino con él, notamos calor en el corazón y esperanzas perdidas que renacen (Lc 24, 32). Pasito a pasito, con broncas y ternuras con este que nos acompaña, nos encontraremos, casi sin darnos cuenta, en el reino.
Marcos, el evangelio de este año litúrgico, dedica al seguimiento de Jesús un bloque muy definido (en el que llevamos varios domingos), Mc 8, 27- 10, 52. En ese bloque encontramos toda clase de aplicaciones y concreciones sobre el seguimiento, sus exigencias y sus compensaciones. Sería bueno repasarlo entero y con el punto de mira del seguimiento. El centro del mismo pudieran ser las palabras recogidas en 8, 34: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.Seguir a Jesús, ¿conlleva negarnos, desconocernos, desencontrarnos de nosotros mismos o nos guía a nuestro conocimiento y encuentro más profundo? Lo que incluya de negación es en orden a la afirmación de lo mejor de cada uno, de su ser insospechado de hijo de Dios -como se descubría Jesús-. La cruz es la que especifica Lucas como cruz de cada día. El día a día en su monotonía, o en su carencia de grandeza, o en sus dolores y angustias, o hasta en sus gozos tan limitados, bien merece título de cruz. Para muchos, el mismo vivir sintiéndose inmerso y atrapado sin salida en tanta injusticia y pena, se torna angustioso. Y seguirle, con todo lo antedicho, se reduce a vivir, a vivir con él a nuestro lado, algo adelantado.
Seguir a Jesús está siempre al alcance de cualquiera. No es tarea de privilegiados y escogidos. Tener a Jesús, como algo familiar, algo nuestro, al que recordamos con facilidad y con agrado, alguien tan cercano como nuestros más cercanos; saber de él y de sus cosas, sus gustos y disgustos, saber de sus preferencias y recelos, sentir su risa con nosotros, su llanto a nuestro lado. Todo de manera sencilla, casi espontánea, sin darnos cuenta, forma parte de nuestro seguimiento. El otro componente es la vida en su desnuda dureza, en su indiferencia y acritrud, su imposibilidad de ser manejada a nuestro antojo. Nosotros tejiendo y destejiendo con esos cordeles o hilos, haciéndonos a nosotros mismos a la vez. Y el conjunto es el seguimiento. El nuestro. Nuestro y personal tras Jesús, el Maestro.
La 1ª lec quedaría muy bien para ser proclamada tras el final del evangelio de hoy, con el ciego que le seguía por el camino. A dónde le lleve el camino, con quiénes lo haga, con qué ánimo, queda aquí descrito en palabras de la profecía de Jer, de las más centrales y características de su mensaje. Pertenecen a su primera época, y anuncian felicidad y reconstrucción para todos: los capítulos 30-31. El final del 31, quizá de otro momento, pero muy conocido de todos, anuncia la nueva alianza.
La 2ª lec, como en domingos anteriores y siguientes, de la carta a los Hb. Centrada hoy explícitamente en el sacerdocio de Cristo Jesús, se detiene a explicar características del sumo sacerdote del primer testamento para contrastar mejor su sacerdocio nuevo, único y definitivo. El texto es tan breve que no da lugar al desarrollo completo de su argumento. Recoge lo relacionado con la llamada de Dios, pero no lo referente a su igualdad con el resto de los humanos.
El evangelio, con el relato del ciego Bar-Timeo, concluye la sección dedicada al seguimiento de Jesús, Mc 8, 27- 10, 52. Hemos visto en esta sección que los discípulos no entendían. Seguían con Jesús, pero como ciegos. Llega un ciego, y dedica a Jesús un título claramente mesiánico -el discutido en los próximos capítulos-. Los discípulos, verdaderos ciegos y sordos, le regañan y le piden silencio. Jesús se detiene y lo llama por medio de esos discípulos ciegos. El ciego da un salto (!), arroja el manto -imprescindible para el vivir diario de entonces- y se coloca junto a Jesús. Le pide ver. Jesús reconoce su fe que le lleva por fin a ese ver. Y lo seguía por el camino. Lo que no hicieron ni el ciego de Betsaida, ni el joven rico. El camino lleva a Jerusalén y a todo lo que Jesús ha anunciado por tres veces sobre su final. Este ciego, en este momento del recorrido evangélico de Mc, está colocado como modelo de seguimiento.
PROPUESTAS PARA UNA HOMILÍA, más bien en torno al bloque Mc 8, 27- 10, 52.
Cristo Jesús, del que anuncia la 2ª lectura que es en todo igual a nosotros menos en el pecado, ¿se sentiría ciego en ocasiones de su vida? Porque no será que ser ciego sea pecado. ¿Se encontraría a oscuras, luchando en tinieblas por encontrar un hueco de luz, buscando y tanteando entre discípulos que no entienden, con un futuro oscuro, en la llamada clara del Padre, entre falsas expectativas de quienes le rodean? Jesús, abriéndose camino, su singular camino. Nosotros sus seguidores, sabedores por la fe de que es la luz, intentamos no perder el paso y seguirle hoy. Nos resulta difícil, como a los primeros, entenderle: su parálisis ante quienes lo enredan y lo niegan, su discreción y talante de “no apagar la mecha que humea, ni aplastar el pábilo vacilante”, su limitación que no alcanza a todos los males del mundo. Nos cuesta, y mucho, dejarlo todo, nuestras cosas e intereses, nuestros euros y nuestros afectos, nuestros proyectos de madurez e identidad conseguidas. Posponerlo todo a seguirle sin más. Posponernos a nosotros mismos, incluidas nuestras deslumbrantes ideas. Posponer y renunciar a nuestras teologías perfectas, a nuestras elaboradas formas de entenderle a él “y la fuerza de su resurrección”. Posponernos y colocarnos a los pies de todos, de los pequeños de la comunidad o de fuera de ella. Dejarnos de todo y sencillamente seguirle. Como descentrados y con un vaso de agua a disposición de cualquiera.
Jesús, a quien seguimos, nos ha descubierto bien las trampas del dinero y del poder aun conociendo sus innegables eficacias. Nos ha aclarado cómo nos ayuda el grupo de discípulos, la comunidad, que como nosotros está empeñada en ese seguimiento. No podemos llamarnos a engaño: ni la ley salva, ni el dinero facilita el acercamiento del reino, ni el poder puede tener algo de cristiano, ni la fidelidad frecuentará entre los humanos. No seamos ciegos, pues la luz nos lo avisa con claridad. Nada de lo que parece a nuestro alcance salva. Sólo para Dios es posible la salvación. Por eso da gusto seguir a este Jesús que pone las cosas en su sitio. Cuestiona cosas que parecían intocables. Eso presta mucha luz y una enorme libertad.
Miramos a nuestro alrededor. No sólo ciegos, también cojos y preñadas (con sus dificultades para caminar) y paridas. Se les nota a todos que han llorado mucho. Están ahora más contentos. El camino es más llano de lo esperado y gozan de agua abundante (1ª lec). No hay entre nosotros muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; más bien gente débil y que no cuenta (vd 1Cor 1, 26-29). Seguidores de Jesús y de su caminar a Jerusalén (“que mata a los profetas” Mt 23, 37). Buena gente que intenta seguirle hoy en las dificultades y posibilidades de nuestro mundo. Gente que quiere y siente cariño por este Jesús, que nos abre los ojos. Nos los llena de luz y de alegría. Jesús carecía de datos en su tiempo, que entrevieran los problemas actuales; sus discípulos tampoco comprendían todo. Sus seguidores, y con riesgo, han de encontrar la respuesta que hubiera dado Jesús y proclamarla. Nunca les abandona el Espíritu de Jesús que nos lo enseña todo y lo recuerda todo (Jn 14, 26 y 16, 12). El Espíritu es quien hace posible el seguimiento diario y actual, es dinámica creativa ante la novedad continuada de la vida.
La Iglesia, la economía, el mundo y sus orillados, están como están. Nosotros, humildes, sin pretensiones desmesuradas, discretos, le seguimos por el camino.
J. Javier Lizaur