Lecturas
Is 53, 10-11
Sal 32, 4-5. 18-20. 22
Hb 4, 14-16 Mc 10, 35-45
REFLEXIONES INICIALES
Si el domingo pasado sobresalía el brillo del dinero, éste ocupa el centro de mira el poder. Oscuro, solapado, inexorable. Quizá otro de los nombres posibles para lo que solemos designar como pecado de origen. De nuevo, tras un anuncio de la pasión y resurrección, una catequesis o desarrollo sobre algo que lo contradice de raíz. El poder.
Puede que muchos lo dejen todo con tal de alcanzar dinero y bienes económicos. Sobrepasado ese límite de lo que podemos necesitar para vivir y sobre vivir y asegurarnos con holgura nuestra vida y la de los nuestros, ¿para qué querremos o querrán el dinero? Muchos otros, y lo conocemos bien, lo entregan todo por un poco de poder. Un poder real por pequeño que sea atornilla y sujeta las vidas de otros, y así dirige, o cree hacerlo, pequeños trocitos de historia. Un poder que ni siquiera da gloria, sólo poder y control. Tan oscuro en ocasiones que no es fácil descubrir quién lo detenta. Un gusto, un placer de dominio y sometimiento, de notar en la muñeca el temblor de otros. O sencillamente de poder ver cómo baja los ojos. Parece insustituible para la propia valoración, para sentirse algo concreto uno mismo en el conjunto. ¿Qué es antes o qué es más fuerte, el poder o el dinero? Quien tiene dinero percibe que tiene poder o lo puede tener. ¿Le moverá el poder para mantener en posesión tan absurdas cantidades de dinero? ¿Quieren otros el poder simplemente para enriquecerse más?
El poder usa con astucia el saber. Quien más conoce mejor controla. El secreto es, bajo su apariencia de respeto y prudencia, un arma siempre cargada, en posesión de alguien que sabe su poder de dominar a cualquiera sólo con descubrirla. Aun en los grupos pequeños se suele aceptar el secreto, el que sepan unos mucho más que otros, como lógico y natural, creando una división real de los que tienen poder y lo controlan y los que quedan al margen y, por tanto, son controlados. Esta explosiva mezcla de saber y poder funciona en toda clase de grupos, numerosos y restringidos, políticos y religiosos, familia y concejo, y siempre a favor del poder, nunca del débil. Suele decirse que es para proteger al débil; será para que siempre siga siendo el débil.
Recordamos todos el dicho de “mi padre manda en mi madre, mi madre manda en mí, yo mando en mis hermanitos…”. Retrata la satisfacción que proporciona comprobar la utilidad de nuestra partecita de poder. Toda agrupación humana adquiere identidad y se torna eficaz con alguien que centre, represente y vuelva útil la reunión. Un líder, una autoridad, aunque en absoluto sean lo mismo. Alguien al frente o en el centro o en nombre de todos experto en poder visible y con nombre. Si no se descubre, es peor: alguien controla sin dar la cara y sin que le podamos reclamar nada. Imposible: miles o cinco o tres o dos, y “hasta en mi nombre”, sin el continuo juego del poder entre medio. Porque es móvil, tornadizo, cambiante, pero nunca queda ausente el poder.
“Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera.” Lo decía Caifás y hablaba de Jesús de Nazaret (Jn 11, 50). Es el axioma fundamental del poder. Aceptarlo es aceptar su demonio, y entrar de lleno en su influencia. Sin ese principio como fondo irrenunciable no se cubre bien el papel de poderoso. Cualquiera que haya conseguido la parcelita de poder sabrá que le ha tocado enfrentarse a él en una ocasión o en otra: aceptarlo y salvar el poder, o rechazarlo y perderlo en consecuencia. Aceptar algo evidentemente malo, con tal de salvar el pretendido bien de muchos, el bien de mis sometidos. El poder.
1ª lec Pertenece al último de los poemas del siervo de Yhwh. El texto de hoy, muy breve. Refuerza el tercer anuncio por parte de Jesús de su pasión y muerte, que no recoge el texto del evangelio de hoy (Mc 10, 32-34). Se presenta como un profundo claro-oscuro ante las ambiciones del poder. El personaje del poema, tan lejos y tan hostigado, justifica las vidas de muchos-todos, porque recoge para sí, no gloria, sino crímenes y basura de todos.
2ª lec Continuación de la carta a los Hb en otro texto muy breve. El que, en la gloria, se sienta en el trono del que brota toda gracia, ha llegado a él por asumir nuestras debilidades todas, menos el pecado. Suyo es el reino y el poder…
3ª lec Preciosa puesta en escena para plantear el poder a una comunidad, que, empezando, seguramente experimentaba ya las tensiones del poder. En este texto, a diferencia del de Mt, son los propios discípulos quienes formulan su petición a Jesús y mantienen con él un diálogo. Aspiran a la gloria, más allí del posible reino en Jerusalén. Muestran así la falta de comprensión de los discípulos a las propuestas de Jesús, tema recurrente en el evangelio de Mc. El cáliz y el bautismo se presentan unidos como formas de “inmersión” en el destino y el mal trago de Jesús. No es temeridad en Juan y Santiago afirmar que están dispuestos a compartir ese destino de muerte, pues para cuando se redacta este evangelio, Santiago al menos, ya lo ha cumplido, muerto el año 44. Pocas formas más cerradas, como sin excepciones, y más negativas de presentar todo poder que las formuladas aquí en boca de Jesús. Tan rotundas como la aplicación a la comunidad: “vosotros, nada de eso”. Y el final, 45, conciso y perfecto resumen de la vida y obra de Jesús de Nazaret. En este final, resuena el poema de la 1ª lectura.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Demasiado fácil arremeter hoy contra el poder. Apoyarnos en el “vosotros, nada de eso” para cuestionar una historia que parece haber entendido mal el dicho de Jesús, pues más parece haber entendido “vosotros, todo eso” y más y a tope. No vale ensañarnos. ¡Es tan evidente la segunda parte del tema! Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.” Faltaría más. Y ahí entramos todos en tropel, porque esos se nos han adelantado y nos carcome la envidia, pues esos puestos son para nosotros, nos los merecemos. Cuando la carta 1ª de Tim (3, 1) recuerda que quien desea ser obispo desea una cosa buena, vamos mejor; ya podemos empujarnos todos legítimamente, y convencidos de ser los mejores servidores de la comunidad. A todos nos gusta ese momentito de gloria o de poder, entre la alabanza de muchos, nuestras buenas disposiciones y el reconocimiento general. Sabernos o sentirnos valorados y reconocidos quizá resulta irremediablemente necesario. ¿Quién puede decir que sea malo? Vosotros, nada de eso. Pero lo mejor de la frase es que alcanza de lleno a todos y nos deja inmersos en esa crítica. Nada de eso, cuando nuestra envidia y el afán nos empujan a desear puestos y cargos, con la más sincera voluntad de servicio. La experiencia es muy dura, y certifica, con Jesús, que los grandes y los jefes tiranizan y oprimen. Puede que para Jesús todo poder, todo, esté tocado del mal y no desemboque en otra cosa que el dominio. “Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande”. Perdón, pero el que quiera ser grande o busca ser primero, ¿no forma parte con claridad de “los otros diez”? El cuestionamiento de Jesús del poder y sus ambiciones es brutal. Y también la máxima final de que no ha venido a que le sirvan (para que le sirvan tiene que haber alguien dispuesto, y Jesús ni lo acepta ni cuenta con ello) sino a servir a todos. Esclavo, peor aún que servidor. Esclavo que no dispone ni de su propia vida, que queda al arbitrio del amo. Por eso Jesús como esclavo da la vida por todos, que pasan a ser amos y dueños de su Señor.
Celebramos el día misionero del Domund. Jesús justifica su existencia en ese dar la vida en rescate por todos. Que todos queden protegidos y acogidos por el esclavo para la vida, que es Jesús. Al rey David se le castiga por hacer el censo, el recuento (2Sam 24). Nuestros números y estadísticas de cuántos somos, cómo crecemos o decrecemos, ¿no tienen algo de verificación del poder, seguramente por servir mejor a la humanidad? ¿Cuál es el mejor y más urgente servicio de nuestra iglesia, cuál la concreción en este momento de la buena noticia del evangelio? ¿Cuál la Palabra urgente que ilumina? Es incuestionable que la paz del mundo requiere la paz de las religiones. ¿No podría ser la nuestra la urdidora y muñidora de esa paz? Será nuestro mejor servicio el de ceder toda clase de ambiciones, colocarnos los últimos y servir incansables reunión, paz, acogimiento de las diferencias. No perdemos nada, ni pierde el evangelio, si nos quedamos atrás por renunciar a un proselitismo militante. No cabe mejor servicio que concitar diálogo, encuentros y paz. Ni cabe mejor esclavitud para que todos tengan vida que atarnos de por vida a la causa de unas religiones que sean fuente siempre de respeto mutuo, de vida y de esperanza. Tan atados a la nuestra que ni siquiera los fracasos redondos y sonados en el encuentro y el diálogo nos hagan cejar, y volvamos siempre de nuevo al mismo empeño, y hagamos real nuestra “esperanza contra toda esperanza”. En ocasiones nada excepcionales, el anuncio del evangelio se ha presentado con el apoyo del poder. Hoy, sin él, nos queda sólo el servicio, la esclavitud abolida, recuperada por nosotros y para nosotros, para darlo todo, y la vida, por la humanidad entera, por su dignidad y su entidad misma. La misión hoy no puede ser ajena a los derechos humanos y sociales, a la ecología, a la economía sostenible, a la igualdad de la mujer, al desarme. A todas esas causas que pueden sonarnos a manidas, pero que todas resultan igual de urgentes si queremos salvar la humanidad. El servicio cristiano de salvación pasará necesariamente por ellas. Es que la misión y el misionero han llegado para servir y dar su vida en lugar de todos los muchísimos esclavizados y agotados de hoy.
J. Javier Lizaur