Lecturas:
Gn 2, 18-24
Sal 127, 1-6
Hb 2, 9-11
Mc 10, 2-16
REFLEXIONES PRIMERAS
Entre la realidad y los ideales, el matrimonio. Entre fracasos y sueños de un paraíso. Entre costumbres y culturas diferentes y la única llamada a ser los dos “una sola carne”. ¿Puede el ideal convertirse en norma obligatoria? Convendría al menos saberlo. No sucede así con las bienaventuranzas. Pero de todo esto se trata, al perfilar el sacramento e intentar separarlo de normas y aplicaciones jurídicas. A lo largo de la historia de la humanidad, la inmensa mayoría de matrimonios lo han sido sin libertad personal, por decisión de la familia y razones económicas en orden a la procreación. Todavía hoy, en nuestro mundo, son muchos más los que se casan en esas condiciones que en las de libertad y elección personal que nos parecen imprescindibles. Nos cuesta reconocerlo, pero hoy somos minoría entre otras muchas culturas en esa elección libre y por amor. La conciencia de individualidad, la importancia del desarrollo personal y la capacidad de elección, la valoración de la mujer en igualdad con el hombre, las condiciones económicas más favorables, la menor urgencia en la aportación de hijos, la más larga duración de la vida, el señuelo de que supone la realización plena de la persona, hacen variar y modificar las exigencias sobre el matrimonio. Sin ceder para nada en la propuesta de Jesús -la cristiana- hemos de valorar muchos datos nuevos. Que entre nosotros casi la mitad de las parejas fracasan ha de tener una incidencia real en nuestro discurso. No se puede continuar con las ideas de siempre, como si nada sucediera. ¿Qué dice el cristiano, ese que sabe que “quien ama su vida la perderá”, sobre las personas fracasadas en eso que hoy se considera como baremo de la vida entera, la relación de pareja? ¿O hay que hablar siempre de culpa y no de fracaso? ¿O todo fracaso es ya culpable?
El “permiso” que aducen los fariseos arranca de Moisés y se debe, en opinión de Jesús, a la “terquedad” de los humanos. Es la cruda realidad de excepciones y apaños a las normas que han acompañado cualquier tipo de unión conyugal. Ya del evangelio de Mc al de Mt, y sólo en torno a este tema, vemos importantes variaciones: Mc iguala a hombres y mujeres (siguiendo el derecho romano) en la posibilidad del repudio (10, 12) y Mt introduce la célebre cláusula que permite el divorcio por razones de “porneia”, de impureza (19, 9). Desde aquí se han diversificado las tradiciones de las iglesias respecto al trato con divorciados. Arrancan esas tradiciones de la pregunta de los discípulos al maestro “en casa” (Mc 10, 10), y llegan a lo que nos preguntamos ahora dentro de la iglesia. Por ejemplo, hoy, “en casa”, nos preguntamos como lo han hecho bastantes obispos, más en concreto los alemanes, si han de mantenerse las actuales normas respecto a los separados y vueltos a casar.
El sacramento del matrimonio, como todos los sacramentos, los siete concretados en Trento, tiene su propia historia y desarrollo, sus concreciones en historias y culturas diversas. Todos parten de algo fundamental que hoy falla: la “sacramentalidad” de las cosas, de la creación entera. Todo encierra huellas de Dios. Algunas cosas con tal nitidez que resultan transparencia de Dios mismo. El agua, el aceite, el amor, la debilidad mortal, asumidas “en casa”, llegan a acercarnos tan intensamente a sus raíces que descubrimos a Dios mismo palpitante en ellas. Sin esta base, en la carencia de todas esas percepciones básicas, ¿puede seguir hablándose de sacramento? El amor y su expresión sexual, buscados con pasión por los cónyuges, transparentan la pasión, el temblor, la ternura, la emoción del misterio mismo de Dios, acariciante de la vida. ¿Sospechan los que se casan algo de todo ésto? Y sin sospecharlo –no ya creerlo y afirmarlo-, ¿estamos ante un sacramento cristiano?
Adelanto que me parecen tres lecturas muy importantes y ricas (quizá algo difíciles con ello) y temo me alargaré.
1ª lec. Del libro del Génesis, en su segundo relato de la creación. Una reflexión de Dios sobre la soledad del hombre solo (aquí los animales se crean después del hombre y como para entretenerlo), le lleva a crearlos –con excepción de los peces- del mismo barro que el hombre. Y comienza aquí el lenguaje y sus terribles poderes de configuración y definición. No le basta al hombre, y en un letargo (valdría la expresión para éxtasis), arrancada de él y elaborada por Dios, surge la mujer. Este se la “presenta” al hombre, como en la fiesta de bodas lo hace el amigo del esposo (vid Mc 2, 19). Lo que era lenguaje se convierte en diálogo interpersonal. El hombre reconoce en la mujer la continuidad de sí mismo y hasta cambian los nombres a partir de este momento: de Adán a esposo y de Eva a mujer. Con nuevos nombres, nueva misión: ser los dos una única manera de afrontar la vida, una sola carne. Todo del barro. Todo para que el hombre no esté solo. Que no sería ni imagen de Dios.
2ª lec. De la carta a los Hebreos. Nos acompañará este texto de Hb hasta el final del ciclo B. No es el comienzo del texto que, por cierto, más que escrito para leer suena a predicación o exhortación. Emplea con frecuencia un lenguaje de estilo sacerdotal, como si resultase familiar a quienes se dirige el texto. Afirma el sacerdocio pleno de Cristo para negar todo sacerdocio anterior y posterior a él: sobran todos tras el suyo. En el texto de hoy la palabra “consumar” (v 10) es tanto llevar a plenitud la vida de Jesús –por su pasión y muerte- como consagrarla –al modo sacerdotal- en la resurrección. La conclusión es magnífica: el que es poco inferior a los ángeles, consagrado único sacerdote mediador en su sufrimiento, muerte y resurrección, no se avergüenza de llamarnos hermanos a quienes compartimos con él la vida entre sufrimientos y muerte.
3ª lec. Continúa el evangelio de Mc como sacando consecuencias prácticas del segundo anuncio de Jesús sobre su futuro de muerte y resurrección. Temas, el matrimonio y los niños pequeños. La presencia de los niños tras la instrucción sobre el matrimonio ha de recodar la buena acogida que suelen dar a las cosas ininteligibles para ellos. (Tengamos en cuenta que en el texto paralelo de Mt los discípulos le han dicho a Jesús tras lo del matrimonio: “Si las cosas son así, no trae cuenta casarse” Mt 19, 10)
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Jesús nos habla del matrimonio tras su segundo anuncio de lo que le espera: su muerte y resurrección. ¿Quiere decir que el matrimonio, como lo presenta Mc, es algo costoso y ligado al sufrimiento? No, pero tampoco que sea tan fácil o simple que no requiera reflexión y atención, o que esté al alcance de todo el mundo. Probablemente, como la vida entera, encierra muerte y resurrección. De hecho, parte de una “muerte” señalada en todos los textos: el abandono de la casa paterna para dar acceso a una realidad nueva. Como la relación que encuentra el escrito de Ef (5, 31-32) entre Cristo y su Iglesia en la muerte y resurrección de este Jesús, el Señor y esposo.
El proyecto, la meta, “lo del paraíso”, resulta apasionante. Ser los dos una sola carne, ser los dos una forma única de ver y afrontar la vida y la muerte. Ser lo dos, es decir, ser cada uno él mismo, sin renunciar, más bien manteniendo vivo, lo que ha entrevisto cada uno de sí. ¿Será posible construir con el otro sin dejar atrás su propia, individual, construcción de la persona? Debe de ser “lo del paraíso”. Construir juntos un estilo de vivir la economía, las relaciones personales, la cuestión religiosa, los hijos, los padres, de vivir sin más, que enriquezca a todos, sobre todo a los dos. Un proyecto único común, singularísimo y personal, a la vez que absolutamente de los dos, como el gozo sexual, tan próximo al “los dos como una sola carne”. Se entrevé el reino o el paraíso, se sueña lo que pudo ser y no es. Gracias a eso se mantiene la firme intención, la voluntad plena de seguir los dos en el intento de ser una sola carne. La monotonía, el cansancio, la vulgaridad de tanta relación hueca, mina constantemente el sueño de la comunicación total, la conversación incesante a las puertas del paraíso.
“La fidelidad del Señor dura por siempre”. Quizá sólo ella dura por siempre, y es en ella donde encontramos todo, encontramos salvación. ¿Dónde dar con huellas nítidas de esa fidelidad? Lo intenta el matrimonio. Su fidelidad pretende ayudar a entender esa fidelidad del Señor que nunca falla. Pretensión altísima, señal de Dios, sacramento cristiano. No es fácil hoy la fidelidad, no es valor que se comprenda. Parece que, en realidad las personas nos valoramos tan poco que nos vemos incapaces de nada que sea más que duradero, que sea permanente. Todo es o tiene valor mientras dura, y ni a las cosas ni a las personas les pedimos más. Posiblemente la fidelidad no sea otra cosa que la decisión de poseerla y construirla. Sin la voluntad cerrada y decidida de salvar la fidelidad no será posible sacarla adelante. Acechan “alegrías y tristezas, salud y enfermedad, prosperidad y adversidad”. Todas ellas le pueden tender a la fidelidad alguna trampa. Se precisa entereza para mantener la decisión de fidelidad, fe primera, imprescindible, para seguir creyendo que somos capaces de ella. Los cambios personales que con seguridad sobrevendrán en la duración de la vida de pareja nos hacen dudar de si mantenemos fidelidad o son tan profundos y numerosos que nos traen duda de si se mantiene la realidad inicial y se puede continuar hablando de fidelidad. Dios nos amó aun siendo nosotros pecadores (Rom 5, 8) y algo de esto se ha de vislumbrar en nuestra fidelidad. Mantenemos el proyecto de una sola carne, por encima de las torpezas de la carne y del espíritu, hasta por encima del desánimo y el cansancio por conseguirlo. No renunciamos. Y somos fieles a nosotros mismos, al otro, y al proyecto común y divino de ser los dos, por encima de todo, una sola carne.
Un proyecto que es común a Dios y a las personas, ser una manera única -y así fuerte- de enfrentar la vida. Un estilo también divino y humano, el de la fidelidad para siempre. Una realidad de salvación para la pareja en el Dios que es amor y que ha puesto su imagen viva en el hombre y la mujer.
J. Javier Lizaur