Lecturas
Sb 2, 12. 17-20
Sal 53 3-8
St 3, 16-4, 3
Mc 9, 30-37
PRIMERAS IDEAS
Del conjunto de las lecturas de hoy surge una imagen del hombre, discutible, pero claramente negativa. Del evangelio quizá pueda deducirse que los niños se salvan de ella. Hay una muy estrecha relación entre nuestras ideas de Dios y nuestras ideas de los humanos. No en vano, median entre ellos conceptos tan importantes como creación y salvación. La 2ª lec nos presenta “nuestras pasiones” como origen de toda clase de maldades, guerras, codicias, envidias, asesinatos; hasta las peticiones o rezos que hacemos son malas por estar más orientadas por nuestras pasiones que por Dios. En la 1ª lec vemos una conjura de los “impíos” contra los justos, o el justo. Con sólo su presencia en medio de ellos es un reproche a su vida y deciden acabar con él; de paso, comprobarán cómo Dios no lo mantiene y lo abandona. En el evangelio, el poder desencadena las ambiciones y envidias de los mismos discípulos de Jesús. ¿Qué deducimos de este conjunto tan negativo? ¿Esta visión tiene que ver con las palabras de Dios sobre su obra entera, incluidos hombre y mujer, de “vio que era muy buena”? Varias veces creo que he recordado este tema: ¿se da una continuidad entre lo creado y lo salvado o hay una grieta insalvable entre las dos cosas? No creo que muchos tengamos clara la bondad natural del hombre, sólo estropeada posteriormente por las costumbres, la educación o la socialización. Pero de ahí a resaltar de continuo lo negativo el cambio es excesivo y resulta sospechoso. Parece que señalar la maldad de los humanos da brillo a la obra de salvación y resalta las bondades del Señor.
Hemos de abandonar una ideología demasiado dualista, que se sustenta en oponer lo humano y lo divino, por decirlo con esta torpeza, y lanzarnos sin temor a señalar la continuidad e implicaciones de ambos mundos. El texto de Oseas (11, 9b) sitúa con precisión los dos: “soy Dios y no hombre, santo en medio de ti y no enemigo a la puerta.” Hemos vivido demasiado tiempo en la afirmación, más implícita quizá que explícita, de que a más Dios menos hombre y a más hombre menos Dios. Todavía es el fondo último de algunas de nuestras afirmaciones en el discurso sobre Dios. El pecado, los sufrimientos de Jesús, las intenciones torcidas, las mentiras y traiciones, la justicia y el recto orden de Dios resaltan mejor en un lenguaje dualista. Como queda patente en las lecturas de hoy. Pero creo que es un camino agotado y que no da más de sí. La gloria de Dios no aumenta porque sea máxima la miseria del hombre. Ya repetimos con frecuencia la frase de S. Ireneo ‘que la gloria de Dios es el hombre viviente’, pero debemos deducir consecuencias más radicales.
Tampoco el tema de los niños es ajeno a todo lo planteado. Un tema además bien candente y controvertido entre nosotros en estos mismos días. Que si rebajar la edad penal, que si hay deserción en la tarea de los padres, que las infancias sin afecto no tienen solución posterior, que muy pronto han de ser iniciados en el lenguaje y en los valores de esta cultura, que necesitan disciplina y distancia (el Vd.) y no permisividad y libertad. En resumen, ¿el niño es una personita en pequeño o es un simple niño que pasará a adolescente y joven y llegará a hombre? Hace bien poco no había este respeto y consideración por los pequeños; existía, pero de otro estilo. No se conocían sus derechos formulados, que facilitan una deplorable “judicialización” de la vida humana en su conjunto. ¿Por qué los avances evidentes en derechos de los niños, en respeto consecuente hacia ellos, en educación personalizada, traen consigo como inseparables, unos peligros retardados que distorsionan el proceso de ir haciéndose personas autónomas, sociales, vinculadas y colaboradoras? Con perdón de Jesús en el evangelio, ¿carecen los pequeños de malicias, de crueldad, de avasallamiento?
1ª lec. Del libro conocido como “Sabiduría”. Con origen en la ciudad de Alejandría, trata de aunar el helenismo con las tradiciones judías. Insiste en el tema de la inmortalidad -no mera continuidad del alma- como parte de la justicia de Dios que acabará por imponerse a pesar de los impíos. Los malvados se equivocan por completo. El texto proclamado hoy es del capítulo 2º. Todo él recoge los razonamientos de los impíos (razonamientos que resuenan en lo que dicen en el Ev de Mt 27, 43 quienes ven morir a Jesús en la cruz), pero a partir del verso 21 se argumenta contra ellos, arguyendo su desconocimiento de la inmortalidad.
2ª lec. Continúa la carta de Santiago y su insistencia en las obras consecuentes con la fe. Opone “la sabiduría que viene de arriba” a las pasiones y envidias que nacen en el hombre. Es duro y preciso en el análisis de las rivalidades y desórdenes. La “sabiduría que viene de arriba” es la de los bautizados y de ellos se extraña el autor, de su inconsecuencia.
3ª Ev. De Mc. Del 2º anuncio de la pasión y muerte de Jesús. A cada uno de los tres anuncios que coloca Mc les añade unas catequesis, pudiéramos decir, sobre sus consecuencias. Hoy, sobre el poder y sobre la acogida de Jesús y su mensaje. El poder se propone para los últimos y sin ser poder. La acogida se ejemplifica en la de los niños. No es como en Mt (18, 4), donde el niño es un ejemplo de comportamiento humilde. Aquí, es el ejemplo de acogida al reino: el niño acoge, el niño es acogido y la realidad es Jesús mismo acogido, ese Jesús que ve como primeros a los últimos y a los niños como los que acogen mejor y con más facilidad.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
El Evagelio de hoy nos recuerda el tema del poder y lo une precisamente al segundo anuncio del misterio pascual de muerte y resurrección por parte de Jesús. La lucha por el poder y las corruptelas del mismo debieran estar alejadas para siempre de la comunidad cristiana (Mc 10, 42 “nada de eso”). Pero no es necesario ser un radical contestatario para cuestionar totalmente el tinglado del poder en la Iglesia. El poder creó problemas desde el principio (ahí está el cap 21 de Jn) y los continúa creando. No es el menor negar su existencia, porque en la comunidad todo el que tiene el poder se ha aprendido bien las palabras de Jesús y defiende, incluso a veces convencido, que lo suyo es mero y humilde servicio. Lo de si son los últimos no lo argumentan tan claro. En la actualidad, y quizá siempre, el poder es un prestigio personal, garantía de consideración social y de éxito. Cualquier poder, aun pequeñito -igual da ser papa o encargado de personal-, goza de un aura enorme. Lo triste es que quienes lo criticamos solemos ambicionarlo en secreto. El poder está siempre presente y jugando sus bazas. Es preciso darle nombre y desenmascararlo, como primer paso para hacerlo más servicio y desde los últimos. Se comporta como los demonios en el evangelio: no tolera que se le dé nombre. En todo grupo hay poder del tipo que sea. Puede ser uno de los nombres adecuados del llamado “pecado de origen”. Reconocer que es necesario, que estará siempre en cualquier agrupación, no disminuye el problema. Las ambiciones de todos por el poder crean tensiones de continuo y provocan divisiones insuperables. No serían ajenas a todo el tema del poder las invectivas de la carta de Santiago que hemos escuchado hoy. El despojado de todo, que “pasó por uno de tantos” y actuó “como un hombre cualquiera” no ha de servir de cobertura a ninguna estructura de poder. Que se legitime por sí misma, si es necesaria, pero no por el evangelio.
Y en este contexto claro de denuncia del poder, aparece un niño. “Acercando a un niño, lo puso en medio de ellos y lo abrazó”. Explica Jesús, con este trato al niño, que así quiere él ser acogido por todos. Está convencido de que quien queda acogido en este caso es nada menos que el que le envió, el Padre, Dios. ¿Será antídoto del poder no llamar a nadie Padre, ni maestro, ni jefe, pues todo esto sólo lo son el Padre y Jesús (Mt 23, 8)? Un sitio vacío para Dios y su poder único, un sitio preparado en medio de la comunidad, y un sitio en el centro de nuestro corazón o nuestra vida. Acoger a un niño, por díscolo que sea, queda convertido hoy en acogida a Dios y a Jesús su enviado. Acoger la acogida, pues el niño es receptivo a cuanto le llega, y se construye, sin saberlo, acogiendo y recibiendo cuanto dejamos caer en él. Ya le llegará el tiempo de enjuiciar y valorar todo lo recibido para rechazar lo inservible y aceptar y ordenar lo mejorcito para su proyecto personal que ya emerge. Un niño, colocado expresamente en el centro de la comunidad, un abrazo entrañable de Jesús, un niño que “tiene toda la vida por delante”, abierto todavía, gozoso, a un futuro que ve como lleno de vida y posibilidades. Tengamos los años que sean, nos abraza Jesús que todavía cree -quizá el único- en nuestro crecimiento. Nos coloca en el centro de la comunidad.
Con frecuencia nos ha parecido encontrar cristianos aniñados, anclados en planteamientos infantiles, dependientes totales para iniciativas cristianas y no cristianas. Es la negación del ser de un niño. Es la trampa de aniñarnos dependientes y sin responsabilidades. Es muy probable que le interese al poder. No le interesa en absoluto a Jesús que tiene claro lo más elemental: los niños han de crecer. Abrazados por Jesús, en su emocionante ternura, nos toca crecer, siempre crecer. Para eso nos mantiene entre sus brazos y nos rodea la comunidad. Crecer hasta las dimensiones o medidas insospechadas de la plenitud de Cristo (Ef 3, 19). Para soñar, como los niños, para crecer sin límites. Sin más límites que los brazos de Jesús, que nos sostienen y nos animan a plenitud. “Como un niño a quien su madre consuela” (Is 66, 13). En ese tierno, emocionado abrazo de Jesús, y el Padre que nos acoge.
J. Javier Lizaur