Domingo 13 de septiembre – XXIV del ordinario

Lecturas
Is 50, 5-9  
Sal 114, 1-9  
St 2, 14-18  
Mc 8, 27-35
 

EN TORNO A LAS LECTURAS

                De nuevo el tema del sufrimiento. Dicen que el cristianismo es o ha sido especialmente proclive a cierta exaltación del sufrimiento. Este se presenta en el conjunto del mal, como la afectación a la persona del mismo. Cada uno tenemos experiencia real y conclusiones personales sobre el dolor y el sufrimiento. ¿Es esto un “valle de lágrimas”? Esta expresión aparece con frecuencia como estereotipo de la actitud cristiana ante el mundo y ha sido objeto de toda clase de dicterios e ironías. Rebatirla y dejar claro que no es así no me parece que sobrepase mucho el voluntarismo de creer que la causa humana es ajena y contraria al sufrimiento. Tampoco es cuestión de fe cristiana o no. Sólo se trata de una determinada visión del hombre y la mujer, de la historia que han producido, y del futuro que preparan. ¿Podremos prescindir o terminar con el sufrimiento? Incluso, ¿podemos terminar con lo que hoy suele llamarse ‘sufrimiento desproporcionado’ o desmesurado, aceptando así una cierta dosis del mismo como normal e inevitable en la vida? Ningún sistema de pensamiento ha podido encontrarle un lugar cómodo y lógico en el conjunto de cuanto existe. Tampoco los sistemas religiosos lo consiguen mejor. Es una pieza que descuadra todas las composiciones con pretensión de globalidad o universalidad. Una salida, no solución, muy común entre nosotros es orillarlo. Mientras no toca directa o personalmente, no existe. Es curiosa al menos, la pretensión actual de que el sufrimiento, o el mal, siempre ha de tener una explicación, una causa. La encontramos y nos quedamos más tranquilos. Ya sabemos de dónde proviene y lo atajaremos. Ya tenemos causas y explicaciones como para que no resulte discordante en el conjunto. Son como flecos últimos de esa propuesta ya superada sobre si el conocido como “progreso” (versión occidental) había de terminar con el dolor o si las personas gozan de unos como derechos a la felicidad. Un vistazo a la historia más reciente, a partir de los 80 del pasado siglo, nos han convertido en mucho más escépticos respecto a las posibilidades de terminar con el dolor de los humanos y a bastantes no creyentes no les molesta tanto llamar a nuestra situación “valle de lágrimas”. Todos huimos y huiremos siempre del dolor. Me pregunto si las nuevas generaciones disponen de elementos para afrontarlo. No creo que se pueda huir y negar su existencia de manera permanente. Tampoco que el pasarlo bien y estar distraído y disfrutar de la vida a tope suponga una escape real o contribuya ni a disimular el mal y el dolor siempre presentes. Vivir bien y quedar bien en cualquier momento se parten. Viene y llegará el sufrimiento en su diabólica diversidad.

                Un sufrimiento que en la antigüedad resultaba especialmente temible era la deshonra con la humillación consiguiente (seguramente, por algo de esto buscaba su familia a Jesús, que se había ido de casa y andaba de raras maneras, Mc 3, 21). Hoy no parece que cuente apenas. Pero que tu vida sea un fracaso, que todos te vean como tal, que ni en lo personal, ni en lo afectivo, ni en las relaciones y la familia, ni en la buena fama, seas persona de éxito; que ni la buena salud y la belleza, ni la feliz jubilación, ni la casa propia, ni el coche propio, ni la tumba propia hayan sido un logro tuyo personal y te hayan acompañado, suena peor y se acerca mucho a la deshonra de antes. Eres un auténtico fracasado, un des-graciado. Realmente a nadie le importas y quizá sea un verdadero descanso a todos tu definitivo descanso. Mucho de esto debía ser la vieja deshonra, y el evangelio de hoy quizá nos sitúe más en esta órbita que en la del sufrimiento en general.

                 1ª lec. Pertenece a los poemas conocidos como del Siervo de Yhwh, en el 2º Is. Un personaje de difícil identificación afronta humillaciones, fracaso y muerte, haciendo posible el éxito de muchos. Se niega a sí mismo resistencia y violencia, le arrastran por lo más bajo de la vida y queda embadurnado en la vileza, mientras mantiene un expectante silencio. Dios le aguarda al final y encuentra en él una justificación para todo el pueblo, que precisamente es quien lo ha vejado y muerto. Esto son ocurrencias de Dios, que no de los hombres.

                2ª lec. Continuamos la carta llamada de Santiago. Hoy sí que resulta imposible eludir la confrontación de este texto con otros de Pablo, especialmente Rom 3, 26-30. ¿Hay que hacer el esfuerzo de hacerlos concordar? Mejor dejarlos en lo que dicen, sin olvidar a quién lo dice cada uno, y apelar a la enorme diversidad de las comunidades primeras, perdida hoy en las exigencias de unidad hasta para el lenguaje.

                3ª lec. Un punto o planteamiento de inflexión en el evangelio de Mc. Llevamos casi la mitad del escrito y ya es hora de aclararnos un poco, los doce que le seguían y todos los que hoy decimos seguirle. No menospreciar la respuesta y descubrimiento de la gente: Jesús es un profeta, un enviado y voz de Dios. ¿Han descubierto algo más los discípulos? Y, en nombre de todos, Pedro afirma haber descubierto en Jesús al Mesías de Dios. Jesús impone silencio, señal de que se trata de algo importantísimo. Pero también exige silencio por prestarse el título a confusión. Y la prueba, la bronca de Pedro a Jesús y la respuesta consiguiente de este a Pedro. Un Mesías no puede terminar en la humillación y la deshonra, en el fracaso -los suyos huyen- y la muerte. Pero estas son las ideas de los hombres y no las de Dios. Aquí nos jugamos la esencia del evangelio. Por tres veces repetirá el evangelio de Mc la propuesta del mesías sufriente y muerto, resucitado por Dios, y desarrollará las tres en pequeñas concreciones y catequesis.                                 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Tanto aclamar a Jesús el pasado domingo con el entusiasmo de “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.” y ahora nos sale con que su vida será un fracaso y que gracias a Dios en algún momento saldrá adelante. Esperábamos mejores propuestas, más ilusionantes de su parte. Pero hoy nos encontramos con esta desagradable prospección de su futuro.

                ¿Qué hay de cierto en las acusaciones que se nos suelen hacer de ablandar, de domesticar, el evangelio hasta convertirlo en instrumento de bienestar personal y social? Son tantos siglos de repetir el triunfo y señorío de Jesús, su ser primero y meta del universo, que perdemos entre tanto credo su realidad dura de fracasado y ajusticiado por la ley. Cuando Jesús lo avisa a sus discípulos, les resulta tan increíble que se lanzan a contradecirle y hacerle ver su equivocación completa. Incluso les vendrían a la mente textos de la Escritura. Hemos perdido el escándalo de cómo terminó la vida de Jesús de Nazaret. No sólo de cómo terminó, sino de cómo Jesús nos propone a sus seguidores que no nos importe acabar lo mismo, y nos insiste en vivir como él vivió que es tanto como aceptar como él murió. Su muerte resulta sólo consecuencia de su vida.

                Como seguidores de Jesús y tras tiempo de hacerlo con sinceridad, no terminamos de cambiar de mente y corazón. Seguirle nos garantiza pocas cosas y nada buenas. Nos garantiza ‘otro’ éxito, ‘otra’ manera de entender una vida plena y feliz. Sus ideas, que son las de Dios y no las nuestras, no se adaptan a los modelos habituales de vida y éxito aun entre los cristianos. Jesús no garantiza éxito ni personal ni social, no ofrece finales halagüeños. Es sospechoso de algún fraude escondido este encaje tan perfecto de nuestra vida y nuestro cristianismo. Nos sirve para ser personas maduras y profundas, nos sirve para afrontar el dolor, nos sirve para justificar los errores e integrarlos, nos sirve para casi todo lo que nos interesa. Parece bueno y ventajoso seguir a Cristo. Pero las vidas destrozadas, los fracasos completos, las muertes poco presentables, los caracteres díscolos y asociales no son menos cristianos. Que nunca el éxito y la coherencia y la personalidad bien construida son atribuibles al que “todo lo hizo bien”. Algo no encaja, y clarísimamente, de las propuestas de Jesús en nuestra vida. Si no, ni se hubiera llevado el sermonazo de Pedro sobre cómo habían de ser las cosas, ni los nuestros y nuestras preguntas y protestas de no comprender. Algo acecha que descoyunta, algo amenaza nuestra redonda y perfecta comprensión de la vida. Y es que toca sufrir y morir, aunque Jesús “haya venido a traer vida y vida abundante”. Y, con tanta vida abundante, es bien lícito ser cristiano y ser un perfecto y total fracasado.

                Las últimas palabras de Jesús hoy son la paradoja fundamental del evangelio y siempre quedarán ahí para nuestra inquietud. Para seguir a Jesús hay que salirse de uno mismo, hay que cargar con cosas poco o nada agradables y hay que no parar nunca y seguirle siempre. Muy bien la autoestima, la paz interior, el ser uno mismo y su proyecto personal, pero no del todo; sólo como huyendo y descentrándonos o extrañados de tanta hermosura personal. No hay que buscar la cruz ni el dolor: nos llega a todos su tufillo de masoquismo; pero que no resulte que nunca damos con ella, pues parece incluida en el lote de la vida. Tiene muchas caras y caretas para estar siempre presente y acechante. La paz y el gozo más íntimo al sabernos con Jesús no pueden paralizarnos en nombre de que lo hacemos bien. Siempre, siempre, hay que seguirle y caminar. Detenernos, porque tenemos todo bastante bien construido y ordenado no es lo cristiano. Jesús no se detiene, va siempre por delante. Pablo entendía su vida como una carrera por alcanzarle para descubrir al final que era Jesús quien le había alcanzado a él (Flp 3, 12). Seguir, con riesgo de tropezar de nuevo o caer, seguir sin contentarnos en lo majos que somos. Seguir, pues el que llama va por delante siempre, es el resucitado, es el que viene y llega.

                Y una frase final clave, recogida en todos los evangelios. El que quiera salvar su vida la perderá. Todos queremos salvar nuestra vida y parece que más todavía los cristianos. Y, ahora resulta que había que perderla. Nuestros esfuerzos sinceros de una vida realizada, de una buena muerte asumida quedan como en sordina. Las vidas hechas una calamidad, los tirados en sus cunetas están a salvo. Donde todos. En el futuro de Dios abierto en Cristo Jesús. Ahí, con la vida hecha una piltrafa, la encontraremos total y espléndida para siempre.

                 J. Javier Lizaur