Domingo 6 de septiembre – XXIII del ordinario

Lecturas
Is 35, 4-7ª  
Sal 145, 7-10  
St 2, 1-5  
Mc 7, 31-37
 

PRIMERAS REFLEXIONES EN TORNO AL CONJUNTO DE LAS LECTURAS

                Nuevamente vemos a Jesús en el evangelio, haciendo esos prodigios que llamamos milagros y que el evangelio de Juan prefiere presentar como signos. La figura de Jesús nos gustaría limpia y sencilla, casi de puro diseño, y no lo es tal. Hemos de aceptarla más próxima a un ambiente popular milagrero, confuso y nada nítido. Hoy le vemos en el evangelio ateniéndose a los estilos y ‘escenificaciones’ de los curanderos prodigiosos de su tiempo: retirar al que será objeto del milagro, tocarlo, actuar en él con elementos físicos de intermediación –saliva, barro-, gritar al cielo, hablar en imperativo. Jesús, en pleno papel de curandero excepcional. Nosotros somos ya más racionalistas, creemos poquísimo en los milagros, sabemos de la fijeza de las leyes naturales y de la escasa posibilidad de intervención directa de Dios en ellas, disponemos ya de cuatro ideas sobre enfermedades y psicología y desmontamos con facilidad los milagros numerosos y múltiples de los evangelios. Pero no podemos negar en absoluto que Jesús fue visto por todos en su historia como hacedor de milagros y prodigios, y como exorcista eficaz. Y que él aceptó ese papel (y no el de Mesías, por ejemplo). Este Jesús pobre y popular, propenso a ser confundido con sanadores y exorcistas de su tiempo, es el nuestro. No el que a nosotros nos gustaría o nos resultaría cómodo, sino el que realmente fue y “pasó por uno de tantos”. Los milagros son prácticamente imposibles de presentar con algo de coherencia en la física actual, en un plan de acción de Dios en la historia, -que solemos designar como “providencia”-, finalmente en un Dios vivo y verdadero, pero legitimable en nuestro mundo; omnipotente e inmanente, fundamento de todo y de toda libertad. En el ambiente que rodeaba a Jesús nadie los discutía y eran signo de autoridad y de cercanía a otros poderes importantes, fueran diabólicos o divinos. Jesús hizo signos y prodigios de este estilo, pero sería difícil fijar cuántos, cuáles, dónde y de qué manera, o pretender separar unos de otros como más auténticos o más imaginarios, si todavía nos sirven tales divisiones.

                En un libro muy reciente, se pretende presentar los milagros de manera más aceptable para una fe actual en el Dios creador de todas las cosas. Los milagros son la floración de un poderoso fondo de acción creadora y salvadora permanente de Dios en el universo, por la que todo existe como existe. La fe y la confianza hacen tan sutil y aligeran tanto lo externo que puede brotar la acción continua y real que todo lo crea, y se manifiesta como milagro lo que no es sino la continua novedad de Dios creando y salvando todo de manera permanente.

                Y, al final, esperanza. No mucho más. Todos los prodigios y exorcismos no sirvieron para liberar de la enfermedad, o de los poderes ocultos, o de la muerte, ni siquiera al entorno de Jesús. No eran para eso. Eran sólo para mantener la esperanza viva de otra cosa, para presentar muestras pobres y limitadas, pero bien reales, de esa otra cosa que todos y cualquiera esperamos, y que Jesús llamaba el reino. No importa su grado de realidad, sino su contribución a la esperanza. No arreglan el mundo, sino que cuestionan o ratifican las razones para esperar. Se trata de si los milagros y exorcismos, y sus simples narraciones, corroboran que hay que esperar siempre, que se ha de esperar contra toda esperanza, única manera de esperar de verdad. La inseparable unidad de fe y esperanza que presenta la carta a los Hebreos (11, 1) no hace sino fundamentar y consolidar que se trata siempre y únicamente de esperanza.

                 1ª lectura. Pertenece al bloque del primer Isaías, que, en sus últimos capítulos, integra poemas de tipo escatológico, en relación con el final de la monarquía en Jerusalén. La lectura de hoy quiere aportar un sentido final claro al evangelio que hoy leeremos.

                2ª lectura, como en estos domingos, de la carta de Santiago. En su planteamiento judeocristiano, una dura denuncia del favoritismo en las asambleas litúrgicas. Comenzó pronto el mal y ahí se mantine: siempre hay puestos privilegiados en la liturgia para los importantes o famosos del momento. Hasta en la liturgia del jueves santo los llamados para el lavatorio de pies son más del grupo importante que de los olvidados y postergados (que tampoco querrían ir, claro).

                3ª lectura, del evangelio de Mc que leemos este curso. Un milagro de Jesús, que se atiene a las costumbres habituales de sanadores y curanderos en ese momento. El prodigio lo coloca Mc en tierras paganas, como reforzando el anuncio del evangelio a los no judíos. Quizá lo más relevante, la exclamación final que nace del asombro sincero. Recordar también que los gestos en los oídos y en la lengua forman parte de los ritos bautismales, aunque hoy de manera optativa.  

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Esta comunidad de bautizados que somos todos nosotros podríamos muy bien tomar las palabras finales del evangelio y expresar nuestro asombro actual y sincero ante Jesús, diciéndole: “Todo lo has hecho bien; haces oír a los sordos y hablar a los mudos.” ¿O no nos asombra ya nada de Jesús? Tras veinte siglos de repetir estas narraciones, se mantienen vivas y locas esperanzas para el mundo y para los humanos. ¿No es asombroso de tan populares cuentecillos, tan ingentes esperanzas? ¿No espero, y me empeño en esperar, y en mantener la confianza, en medio de una crisis generalizada, en un invierno durísimo de la iglesia católica, en las zozobras del calentamiento global, traducido en enormes incendios, en la renuncia obligada a los sueños del progreso humano continuo? Y ¿no es ya prodigioso que cualquiera espere?

                Brotan aguas en el desierto, ¿dónde, por favor, que el desierto avanza? Torrentes en la estepa, lo reseco convertido en manantial. ¡Ah! será en el interior, en los corazones de que hablaba el evangelio del domingo pasado. ¿Son menos pedernal y desierto los corazones, son más tiernos los humanos, mientras aumenta la continua petición de dureza en la justicia, mientras el deseo mayor es de largos castigos y venganzas, y la única pretensión legitimada es que quien la ha hecho que la pague? ¿Son estas las aguas limpias y abundosas los torrentes benéficos en la estepa? La estepa y el desierto se extienden, los torrentes y las aguas escasean. La dureza, la reprensión, el castigo parecen insustituibles  y se vuelven a reclamar para la educación, para la convivencia social, para la unidad de la iglesia. Tiempos recios y duros para la esperanza. Tiempos de renuncias dolorosas a sueños cada vez más lejanos e imposibles.

                Dice el salmo 26 “sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”. El esperar no es cosa de pusilánimes. Sólo de fuertes y para fuertes. Esperar, esperar siempre, sin necesitar o exigir señales que avalen esa esperanza. Lo anuncia el profeta de la 1ª lectura: “Nuestro Dios trae el desquite. Viene en persona, nos resarcirá y salvará”. Llega Jesús en persona, hace oír y hablar al sordo y mudo. Llega el salvador de los tiempos finales, el que trae su aportación de nueva humanidad. Es verdad, ya viene nuestro Dios con el desquite, llega la nueva creación, llegan los hombres y mujeres que se salvan guardando fielmente las esperanzas y Jesús al frente de todos ellos. Abundan corazones tiernos y limpios en las comunidades, escuchan voces que casi nadie oye, dicen cosas que otros no saben o no se atreven a decir. Les han abierto los oídos para una mejor intelección de los rumores del universo entero, les han desatado las lenguas para cantar a un Dios de futuro y esperanza, que la mayoría ni descubre. Jesús, sus manos, su saliva, sus palabras, remiten a esperanzas, sólo a esperanzas. Adelantan lo que llegará, lo que encierra el universo y estallará en luz y belleza y armonía, en deleite para oídos y bocas y ojos. Adelantan el reino que viene o, en palabras de la 1ª lec de hoy, a nuestro Dios que trae el desquite. Esperar es de fuertes y enteros, dar normas de pusilánimes. Esperar es dificilísimo, esperar puede que sea vivir humanamente o con dignidad. De nuevo un salmo, el 30, “sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor”.

                Esperamos. No sólo esperamos, sino que gritamos convencidos: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.” Esperamos, y se cumplirá. En este grito de hoy, en este acto de fe, resuena la voz misma de Dios, cuando el día sexto, contempló todo lo que había hecho y comprobó que “era muy bueno, que estaba muy bien”. Hace falta valentía para mantener esta afirmación hoy. La mantenemos. En ella nos salvamos y hay esperanza, el futuro nuevo que sólo Dios garantiza. “Contempló Dios su obra y estaba muy bien”. Para nosotros, hoy, algo muy difícil de descubrir, muy difícil de pensar y creer. Mucho más objeto de esperanza que de fe, si vale esa separación.

                 J. Javier Lizaur