Lecturas
Dt 4, 1-2. 6-8
Sal 14, 2-5
St 1, 17-18. 21-22. 27
Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23
IDEAS SUELTAS
Coincidiendo con los textos de hoy, volvería sobre el tema de la “interiorización”. Quiero decir, una especie de movimiento hacia la apropiación personal o el rechazo de las cosas que nos llegan desde fuera. Algo más que personalización, pues lo fundamental reside en que sea en el interior, que guarde dentro de ella misma lo fundamental e importante de todo lo que recibe. Para mí que uno de los males graves de nuestra religión, de la que hemos recibido y que usamos habitualmente, está en que casi todo ha quedado o es exterior a la persona. Por el interior, pocas veces echábamos un vistazo. Hemos ido a misa, nos hemos confesado, hemos afirmado con rotundidad nuestra fe católica, hemos obedecido a las autoridades eclesiásticas, pero desde fuera y como porque sí. Sin razonarlo mucho, sin hacerlo nuestro; algo sin la base precisa de contraste y experimentación, en todos y cada uno. No nos hemos atrevido a hacer juego con nuestra fe y no hemos podido descubrir bien qué juego da. De respetarla, no la hemos probado. (Quizá un ejercicio clarificador fuera la constatación de cosas en las que hemos creído y ahora ya no creemos, con sinceridad, aunque nos quedemos desnudos.) Conseguir que nuestras ideas, intenciones, valoraciones de la vida nos salgan y pasen por las tripas. Que en nuestro interior se hayan ido asentando unas bases firmes de todo lo que sale hacia fuera por los labios, pero tiene su terreno en el corazón. Que dentro de nosotros manen nuestras propias fuentes. Que nada de cuanto exteriorizamos deje de pasar antes por el cedazo interior que criba cuanto le llega y sabe establecer un mínimo de valoración personal de todo lo que cree y lo que espera.
La superficialidad general que arrastramos y provocamos tampoco favorece la propuesta. No se lleva pensar y dar vueltas a las cosas. Y, sin embargo, sus intríngulis son cada vez más evidentes. Quizá su misma complejidad nos acobarda y nos mueve a no dar vueltas ni pensar. Su abundancia misma nos anonada. Y con la facilidad y escaso sentido crítico con que nos hemos tragado cantidad de afirmaciones, e importantes, las rechazamos ahora sin más análisis. Es costoso pensar. Y no digamos conversar sobre cosas pensadas, no sobre ocurrencias. Suena a aburrimiento. ‘No me rayes’, ‘no me des la charla’. La vida es diversión, jolgorio y finde. Quizá. Pero hay quienes prefieren pensar. Les parece una de las más dignas actividades humanas, que sin llegar a permanente, resulta imprescindible. El reino de los cielos es semejante a una mujer trabajando la levadura, a un pastor que pierde una oveja, a una perla, a una luz. Y bien, está claro. Pero siempre, después de escuchar, hay que pensarlo, pues ni es perla, ni oveja, ni levadura, ni nada de lo dicho.
Viene muy bien que otros piensen a la vez que nosotros o con nuestros temas. Presta lucidez y seguridad. Ayudaría muchísimo hablar de aquello precisamente de lo que no se suele hablar: tener que buscar y colocar palabras ante los demás obliga a pensar. Que no sea el hablar oficial, lo que todos hablamos a todas horas. Abriría luces insospechadas de vida y experiencia. Hablar más de lo que no solemos nos acerca de nuevo al interior propio. Lo que menos frecuentamos y menos expresamos con un poquito de verdad ante los demás resulta ser nosotros mismos. Asomarse a nuestro interior y ver qué bichos ciegos andan por ahí. Algunos serán probablemente demonios. Otros, estrellas silenciosas, rastros de luz incierta, heridas de amor y de Dios. ¿Se corresponderá lo que encontremos por ahí dentro con lo que presentamos por fuera? Nuestro rigorismo hirsuto y nuestra alegre permisividad, ¿dónde tendrán sus raíces? Y¿si todo está flotando en el aire y carece de raíces? Habremos de ir echando cabos y anclas, buscando su espacio en la inteligencia y la emoción a tantas, o tan pocas pero ricas, expresiones de fe, para que tengan su asidero, su asentamiento en lo hondo de nosotros mismos. Descubriremos, con el evangelio de hoy, que lo que pueda manchar o estropear a la persona nace del interior y no de nada que venga de fuera. Un interior bien rico da peso y legitimidad a toda nuestra vivencia religiosa.
1ª lec del Dt, (“segunda ley”), libro que prolonga la memoria de la ley en cualquier presente. Para sus autores, la ley y el amor al Dios de la alianza son la salvación siempre actual de Israel. Un reto para todos los pueblos: quién de ellos tiene un Dios tan cercano y una ley tan justa. Esta ley la descubrirá Jeremías más cercana todavía: la llevarán en sus mismos corazones quienes crean y no necesitarán de nadie que se la enseñe (Jr 31, 33-34).
2ª lec. Comienza hoy la lectura en segundo lugar de la carta de Santiago. Nos acompañará durante cinco domingos. Pertenece la carta con claridad a la corriente judeocristiana y está colocada bajo la autoría de Santiago, nombre que no corresponde realmente a ninguno de los dos Santiagos de la lista de los doce. Tampoco quizá al Santiago que figura como “pariente del Señor”. A quienes se dirija la carta aparecen como cristianos algo desanimados y decepcionados después de su conversión. El centro de la carta es aquello de que “la fe sin obras está muerta”. Dentro de las obras, la atención a los pobres. En el texto de hoy, recuerda que la Palabra escuchada hay que ponerla en práctica. Y concreta ese poner en práctica en la atención a viudas y huérfanos –estereotipos del abandono social del momento- y en apartarse del mal de la sociedad que nos rodea.
3ª Ev de Mc. El texto quiere recoger la postura de Jesús respecto a las tradiciones. En los versos 8-13 recoge una en relación a los propios padres, pero no queda en el texto de hoy. Todos los profetas – el texto que cita es de Isaías (29, 13)- clamaron contra el vacío, el formalismo, de tantas tradiciones religiosas. Es un peligro constante de todas las religiones y en todos los tiempos, ir quedando reducidas a un cascarón vacío. Este evangelio de hoy está en línea con el texto de St, que hemos escuchado como 2ª lec. Por otro lado, el Ev de hoy contiene un largo paréntesis, con unas pormenorizadas explicaciones. Son buen indicio de que todo el evangelio de Mc está dirigido a cristianos no judíos, que desconocían las costumbres de Israel. Interesante la enumeración que ofrece de “pecados” (12). Pueden ser los que tenía en cuenta la primitiva comunidad para la que Mc escribe.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
La coherencia completa entre lo que decimos o hacemos y lo que pensamos, al igual que la simple armonía del conjunto, más debe ser una meta y un sueño que una realidad verificable. Lo habitual suele ser la incoherencia y desarmonía en nuestro vivir. Pero no debemos renunciar a que sean meta e ideal que perseguimos de continuo. Muchísimo más en lo religioso, que debiera ser un campo sólo para la verdad. De cada uno y de todos.
Un repaso superficial de nuestra vida nos servirá para estar atentos en este asunto de la verdad de cuanto hacemos. Valdría para nosotros “hablan de paz, mientras preparan la guerra”, hablan de democracia cuando nunca la ha querido para ellos, hablan de aborto mientras echan del trabajo a embarazadas. A mí qué todos vuestros cultos de domingo y reuniones de entre semana -dice el Señor-, si orilláis a los ancianos, desconfiáis del extranjero, y no tenéis en la seguridad social a la chica de casa. Guardamos vigilias y ayunos, la hora para la eucaristía, y salen de nuestros labios chismes y calumnias como para emparedar media ciudad. Nos ven acudir a adoraciones y novenas, a cementerios y capillas, quienes tienen constancia de nuestra facilidad para la mentira, nuestra mano ancha para asuntos de dinero, nuestros olvidos de la gente misma de casa. Defendemos la familia, y la monogamia más estricta, condenamos el divorcio, siempre sin citar cómo viven nuestros hermanos, hijos y sobrinos, y sin intentar un diálogo serio que nos lleve a buscar salidas nuevas y cristianas. Nos enfadamos mucho si alguien cuestiona si Jesús tuvo hermanos, pero ni leemos nada ni nos molestamos en investigar, aprovechando a estudiosos. ¿Qué entendemos cuando hablamos -y no digamos los más jóvenes- de “santo sacrificio”, “estado de gracia”, transustanciación, votos a Dios, infalibilidad, y muchos otros términos que usamos dogmáticamente, pero de los que no sabríamos explicar con coherencia, en lenguaje actual, ni una palabra? ¿Cómo saber sustituirlos y explicarlos de forma que digan algo real de la vida de hoy? ¡”El templo del Señor, el templo del Señor”! (Jer 7) Muy peligroso también pretender tanta autenticidad que olvidemos lo inconstantes que somos, lo débiles que resultamos. Que tenemos un como derecho a equivocarnos, a no ser coherentes del todo, a acercarnos a Dios precisamente porque somos así, porque se nos escapan por los labios cosas que ni piensa nuestro corazón. Hemos de aceptar hasta eso: que no somos tan fieles como para asegurar que todo lo de nuestros labios (ojos, manos, pies) ha nacido del corazón. Será básico ni negarlo ni disimularlo. Lo peor que sale del corazón es precisamente la capacidad de engaño, la falta de sinceridad, para reconocer que no todo lo que brota de nuestro corazón es bueno. Y al mirar a los demás, seremos más justos o más buenos. Los hermanos, si parecen sucios, es por fuera: el corazón se lo ha cambiado Dios.
Las tradiciones, por importantes que parezcan, sirven si expresan algo interior. Eso interior, si auténtico, también acabará por modificarlas. Lo de fuera no mancha, aunque escandalice mucho. Lo de fuera impresiona a quienes viven en el ‘fuera’ de la superficie. Lo que ha de importar a todos es el corazón. Lo más importante se fragua en el interior. Lo que da calidad a nuestras acciones surge de dentro de nosotros. Y la meta de “tener un buen corazón”, en apariencia tan simple, encierra todo el saber cristiano y humano, es garantía de conciencia recta, y cumple las expectativas de Dios sobre nosotros. Él no pide más, él no se queda en lo exterior, pues es quien de verdad nos sondea y nos conoce (Sal 138). ¡Dichosos los de corazón limpio que con tal mirada verán a Dios!
En los textos del domingo VI escuchábamos que los leprosos habían de gritar, al acercarse: ¡Impuro, impuro! (Lev 13, 44-46). Eran impuros por fuera. Quedaron limpios por la palabra de Jesús. Por fuera. Uno quedó limpio hasta el corazón y por eso fue a agradecérselo al Señor (Lc 17, 11-19). Ezequiel anuncia cosas tan increíbles como “os daré un corazón puro con un espíritu limpio. Arrancaré vuestro corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (36, 26).
J. Javier Lizaur