DOMINGO DE LA MUY SANTA TRINIDAD
Lecturas
Dt 4, 32-34. 39-40
Sal 32, 4-6. 9. 18-19. 20-22
Rom 8, 14-17 Mt 28, 16-20
PRIMERAS IDEAS
Siempre Dios. No hablamos de otra cosa. Creo que, hablemos de lo que hablemos, siempre hablamos de Dios. Un texto del Eclesiástico nos dice: “Dios lo es todo” (Si 43, 27). Hablamos de la vida y sus cosas más nimias, o de si es amenaza tan sólo o promesa. De la muerte y del fracaso, de la soledad y la ausencia, de la compañía y el gozo, de la felicidad, la alegría, la plenitud. Para mí que todo eso encierra un último fondo de Dios y, si hablamos de Dios, hemos de poder nombrarlo en todo eso. Hoy -quizá nunca- no vale o no ha valido hablar de Dios en los términos del prefacio de esta fiesta. O llevamos a Dios absolutamente a todos nuestros ámbitos de experiencia, sin exceptuar ninguno por sucio o despreciable, o no estamos hablando de ningún Dios verdadero. Si estorba o no tiene sitio en algún lugar innombrable, no es Dios.
Una larga y constante tradición de todas las religiones exige el silencio y la adoración como forma única de expresar a Dios. Muchos defienden como más cristiano tratar de responder a “dónde está tu Dios” (Sal 41, 4) que a qué o quién es tu Dios. Determinarlo un poquito por su sitio de manifestación, más que por su esencia u otras abstracciones del pensamiento. ¿Está tu Dios en el cosmos, en la cartera, en la belleza, en la abyección, en el estercolero, en el amanecer, en la ameba, en la partícula, en el pollino, en el hombre y la mujer, en la lucha, en la esperanza, en la resignación? Amigo, sinceramente y sin engañarnos, ¿dónde tienes ahora mismo a tu Dios?
Dios no es de nadie, pero la escritura siempre le ha llamado Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob (Mc 12, 26), de nuestro Señor Jesucristo (Ef 1, 3). El misterio o la realidad de Dios son inagotables e inalcanzables. Cada uno de nosotros vislumbramos una parte de él. No podemos ignorar que desconocemos de él mucho más de lo que conocemos, y que nuestro Dios, el mío, el que yo alcanzo y con el que funciono, está más cerca de ser ídolo que de ser el Dios vivo y verdadero.
Se habla ahora con frecuencia de un lenguaje no dualista. En el caso de Dios es escandaloso y hasta roza la estulticia no haberlo usado habitualmente. Dios no es objeto de nada y menos del pensamiento humano. El Dios objeto u objetivo de algo es ídolo. Dios no es el límite del universo inconmensurable, ni la eternidad es la ausencia del tiempo espacial. Dios no está frente a mí como más importante de mis convecinos de existencia. A todo esto lo han llamado “onto-teología”, Dios no es un ser entre seres. Dice la Escritura “en Dios vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 28)” o “que lo trasciende todo, y lo penetra y lo invade todo (Ef 4, 4)”. No es serio afirmar que Dios está en todas partes. Preferible el verso de Salinas “El alma tenías tan clara y abierta, que yo nunca pude entrarme en tu alma.” ¿Entrar y salir de Dios? Tan claro y abierto -mucho más que tu alma-, carece de límites que determinen si entramos o salimos.
A todo ésto, de lo que hablamos, lo que festejamos adorando hoy y siempre es la Santa Trinidad. Si todos los nombres de Dios son inadecuados…éste tampoco escapa. En nuestra cultura occidental y cristiana hemos hecho bromas y chistes, pero poca profundización y reflexión humana, sabiendo que humana, del misterio íntimo de Dios que llamamos Trinidad. O silencio o abstrusas filosofías tomistas, que nunca han dicho nada al pueblo fiel. Y ¿si nos atreviéramos a decir siempre Trinidad en lugar de Dios? ¿No es la aportación específica cristiana a ese Misterio? ¿Por qué la usamos tan poco? Ser Tres ¿no aporta algo diferente, fontal e irreductible, a la multiplicidad y unidad de los humanos? ¿No es algo sencillo e inagotable en implicaciones para la vida de cualquiera reconocer que todo el misterio entre los Tres no es para nada diferente de su misterio de acción y salvación en el universo? Sin recurrir a un lenguaje no dual, que decíamos arriba, ¿es posible hablar de personas o seres o naturalezas en el misterio de los Tres? Tenemos un inmenso déficit de experiencia y lenguaje para el misterio de Dios que llamamos los cristianos Trinidad, y Santa, como la única realidad que puede unirse a esa palabra.
La 1ª lectura pertenece al libro del Deuteronomio (segunda ley): toda la historia de Dios con su pueblo en una reflexión segunda, personal, de alguien que parte ya sólo del recuerdo y del amor. Un texto –el de hoy- lleno de repeticiones, preguntas retóricas, imágenes poéticas, imperativos, para llegar más al fondo del alma del creyente. La cercanía increíble de Dios a Israel se materializa en la ley, su sacramento de la primera alianza. Para nosotros, esa cercanía, más impensable todavía, es la carne, templo, cuerpo de nuestro Señor Jesucristo.
La 2ª lectura de la carta a los Romanos, del capítulo 8, tan centrado en la acción del Espíritu. Condena el temor y el estilo de relación de los esclavos como válidos ante Dios y reivindicar la relación sencilla de hijos. Y no por extrañas razones, sino sencillamente, porque, si escuchamos en nuestro corazón, también notamos que surge el grito-deseo-expectación de tener un padre que es nada menos que Dios. Y resulta que el grito no es nuestro, sino del Santo Espíritu, inspirador del nuestro.
El Ev recoge el final del de Mateo. Los once, el monte, Galilea, los que adoran y los que vacilan, referencias a la primera Iglesia. Jesús en medio, su poder, su misión a todos los pueblos y el bautismo, exigencias primeras también. Algunos estudiosos han dudado de que una fórmula tan perfecta de bautismo pueda quedar tan pronto recogida en el texto de Mateo, pero parece incuestionable que es así.
Quien quisiera hacer una buena presentación de todo el Evangelio de S. Mateo podría comenzar por este final, que resulta su mejor síntesis.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Todos los días, todas nuestras celebraciones, son para Dios y centradas en él. Pero hoy, nada más concluir el tiempo pascual, fijamos nuestra atención en lo que es fundamento último de todo cuanto celebramos: Dios -¡bendito sea!-. De él los cristianos nos atrevemos a balbucear algo sobre su realidad más íntima y hablamos de Trinidad santa. Algo de Tres en vida y creación continua y perfecta. Algo que termina por desbordar de sí, y ahí está el universo. La exclusividad o singularidad absoluta del misterio de Dios se construye en el amor de Tres, que se dan en la tensión de vaciarse y entregarse hasta constituir otro diferente, que por ser amor se vuelve de nuevo a él. Ni soledad, ni cerrazón; exactamente lo contrario constituye a Dios. Vale para Dios, como para los humanos, que “quien se ama a sí mismo se pierde” o “es mejor dar que recibir” o “nadie tiene mayor amor que quien da la vida por los que quiere”. Esto, en una intensidad densísima, es el Dios amor a quien nos confiamos los cristianos. Un fuego incandescente, de-mencial para nuestras mentes, de Tres dándose y encontrándose a sí mismos en el darse; un movimiento incesante que genera la paz y el gozo exclusivos del amor. Y tengo para mí que esta osadía, casi blasfema, de hablar y poner palabras al misterio de Dios es obligación de todo cristiano para hacer posible que el nombre de Dios sea hoy ‘santificado’ con palabras nuestras, de todos, y lo más claras posibles.
Estamos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El concilio último definía a la Iglesia como muchedumbre de pueblos reunida en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Bautizados es consagrados, marcados (con un sello a fuego del “propietario”). Estamos todos como Pueblo de Dios y cada uno como bautizado, consagrados por entero a la creación, a la salvación y a la santificación o plenificación de todo. Crear, salvar y llevar a plenitud son el misterio mismo del Padre, el Hijo y el Espíritu, desbordando fuera de sí mismos. Nosotros, poca cosa en esa inmensidad, pero hijos, nada menos que hijos, nos sabemos y notamos creados, salvados y santificados en el bautismo y nos vemos arrastrados en esa corriente de vida y amor para también nosotros crear, salvar y plenificar cuanto nos quede delante. Vivir unidos a la Santa Trinidad, vivir en ella como hijos en su casa, es vivir creando, salvando y llevado a plenitud cuanto existe.
¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo! Te damos gracias, Señor, invocando tu nombre.
J. Javier Lizaur