Lecturas
Hch 2, 1-11
Sal 103, 1 y 24; 29-31 y 34
Gal 5, 16-25
Jn 15, 26-27; 16, 12-15
PRIMERAS IDEAS
La culminación del tiempo pascual es esta plenitud de Pentecostés. Es meta de este tiempo que hoy concluye, y motor que lo arrastra a esta finalización. Todos los signos que hayamos empleado para dar fuerza a este tiempo se han de mantener hoy y han de desaparecer para el próximo domingo. Podría hacerse visible todo esto, apagando el cirio pascual al final de las celebraciones del día y un breve canto pascual que haya caracterizado el tiempo de este año.
Suele hablarse de la Pascua de Pentecostés. Quizá Pascua hay sólo una, la de Cristo salvado de la muerte y de la vida vieja, e instaurado Señor y fuente de la vida nueva. Cierra el tiempo de los ciclos y los astros e inaugura los tiempos últimos en los que el dominio es del Señor que es Espíritu (2Cor 3, 18).
El Espíritu sopla donde quiere (Jn 3, 8). Nadie lo controla ni domina, nadie puede decirle dónde o cómo ha de ser su presencia. Oyes su ruido, sospechas su presencia, notas su cercanía, pero exige atención “espiritual”. No sabes de dónde viene ni a dónde va. Sorpresa e imprevisión, regalo y desmesura. Una especie de anarquía -esta vez santa- nada anárquica, pues su principio y polo de referencia es la salvación y sólo la salvación de todos y cada uno, expresando el total amor de Dios. Viento fuerte, huracanado, que amedrenta a los pusilánimes y los convierte en grandes de espíritu.
Creer es beber del agua viva que brota de Jesús el Cristo (Jn 7, 39). Refrescarse y renacer y vivir en ella. Reconocer que esa agua bendita es el Espíritu que alcanza a los creyentes, ahora que el Señor está resucitado. Esta agua espiritual anunciada brotando mansa del costado de un crucificado es real (Jn 19, 34), oceánica, sobreabundante al consagrarnos en el bautismo de la resurrección. De esta agua nos ofrecerán aún en el momento final para que nos saciemos de balde, tras contemplarla llena de frutos abundantes y sanadores en el centro de la vida ciudadana (Ap 22, 2). Uno de los primeros cristianos, Ignacio de Antioquia, escuchaba en su interior unas aguas embravecidas y abundantes que le gritaban de continuo: ¡Ven al Padre!
El fuego purificador, la combustión continua de la vida, el fuego fuerte y bello, el que vino a traer Cristo Jesús a la tierra, muriendo de ganas de verla prendida por entero (Lc 12, 49). El fuego que llena los huesos secos hasta convertirlos en vida. Fuego de las lenguas enardecidas en la alabanza de Dios. El fuego del Santo Espíritu de Dios, la vida en la tierra y el universo.
Hoy ha de notarse que celebramos la fiesta con que concluye el tiempo pascual. Recoger o recapitular en ella todo lo celebrado en este tiempo.
La 1ª lec corresponde a la narración de Pentecostés en el libro de los Hch. La fiesta de los 50 días reúne en Jerusalén a peregrinos de todas las naciones. Doce son enumeradas en el relato y representan la universalidad de los reunidos. Era fiesta de la primera recolección de frutos y de memoria de la ley y de la alianza. El viento, el fuego y el don de lenguas son los signos en este relato del Espíritu de Dios. Nueva ley y nueva alianza en el Espíritu. Recolección de los frutos de la pascua. Nueva oportunidad para las lenguas: aquí no dividen (Gen 11, 1-9), sino que unifican en la alabanza de la obra de Dios. De Jesús, hasta el final dudaron si era blasfemo o hijo de Dios (Mt 27, 43); si echaba demonios por poder de Belcebú o con el dedo de Dios (Lc 11, 18-20). Del Espíritu, a propósito de lo proclamado hoy, y ya para siempre, si hay que escucharles o están bebidos (Hch 2, 12).
La 2ª lec, en el ciclo B, se toma de la carta a los Gal. Enumera las obras del Espíritu y las contrapone a las de la carne. Forma parte de un itinerario espiritual. La lec comienza diciendo “andad según el Espíritu” y concluye con un “marchemos tras el Espíritu”. Para esta andadura bajo el Espíritu no estamos sometidos al dominio de la ley.
El Ev del ciclo B se toma de los discursos finales del Ev de Jn, no de las apariciones como en el ciclo A. Se titula al Espíritu de Defensor y Espíritu de la verdad. Nos guiará hasta la verdad plena. Quiere decir que esa verdad plena no debe de ser cosa de aquí, ni de nadie de aquí. Nadie detenta la verdad plena, que sería tanto como la totalidad del universo y de Dios. Si no, ¿por qué para siempre en un texto la mirada hacia la verdad plena? Será Defensor para mantener nuestro testimonio. Y éste no es otra cosa que nuestra unión con el Hijo. Todo el texto, formado por dos distintos y algo distantes, está como amasado siempre en el misterio de la unión y comunicación continua del Padre, el Hijo y el Espíritu. Recodar que del texto ha surgido la controversia entre las Iglesias orientales y las occidentales en torno a la procedencia del Espíritu del Padre solo o del Padre y el Hijo. Cuestión nada intrascendente, si reflexionamos en torno a la igualdad de los tres tanto en el desarrollo del misterio mismo de Dios como en el de su obra universal de salvación.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Termina el tiempo pascual de este año. De alguna manera, despedíamos el domingo pasado la presencia “comprobable”, experimentable, del resucitado entre nosotros. Ya ahora, toda experiencia cristiana es mediada del Santo Espíritu de Dios, sutil y sorpresivo, siempre nuevo y creador, promotor y motor vivo del cambio. Nadie pone un remiendo nuevo a un manto pasado, nadie echa vino nuevo en odres viejos (Mc 2, 21-22). El Espíritu es novedad. ¿Es posible la novedad en nuestro viejo mundo tan antiguo? ¿Posible la novedad, en una Iglesia que hasta en sus costumbres externas retorna con desparpajo a lo viejo? Ezequiel extendió su mirada en derredor y no vio sino huesos secos (Ez 37). ¿Revivirán estos huesos? “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne”, ¿cuándo, amigo Oseas? “Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta” (Nm 11, 29) y ojalá fuera esta la plegaria hoy de nuestras viejas jerarquías eclesiales. La novedad es incómoda y el cambio da pereza. Si no se formula, incluso, como la novedad es herejía y el cambio rompe la tradición. Ven Espíritu de Dios, espíritu de la novedad y del cambio. Ven Espíritu consolador y defensor, sopla tu brisa sanadora sobre quienes temen no haberte visto por aquí desde los tiempos del concilio.
El Espíritu del Señor llena la tierra. Y el único pecado que no se perdona es la blasfemia contra el Espíritu (Mc 3, 29). ¿Es posible creer que el Espíritu llena esta tierra de comienzos del S. XXI? ¿Es lícito a un cristiano no creer que el Espíritu del Señor llena la tierra por completo? ¿El Espíritu de Dios hace algo sobre la economía en crisis, sobre los enfrentamientos de pueblos y religiones, sobre los corazones desgarrados de los que saben que sobran? En la ecología, en la investigación, en el arte, en la mujer abriéndose sitio, en todos los que creen que otro mundo es posible, en quienes no renuncian a la solidaridad sobre el individualismo, el airecillo que se nota, ¿eres tú, Santo Espíritu? El Espíritu del Señor llena la tierra. También podemos sospechar qué sería de la tierra sin él y qué de nosotros sin sus sueños. Como creyentes en la resurrección del Señor no podemos dejar de creer que el Espíritu del Señor llena la tierra. Equivaldría a no creer la resurrección. No podemos, tras cincuenta días de celebración por la Pascua del Señor y nuestra, renunciar ahora a su última y mejor consecuencia: el Espíritu del Señor llena la tierra. La creación, cuanto existe, gime y espera una forma de presencia mejor, una libertad mayor. Nosotros gemimos y esperamos (Rom 8, 22-25). El Espíritu del Señor que llena la tierra mantiene viva nuestra difícil esperanza. Una esperanza que se constata presente y clara no es esperanza. La esperanza requiere la ausencia de lo que se espera; también el recuerdo de algo que fue o la ilusión de algo que presentimos con claridad. La esperanza. La niña esperanza.
Es Pentecostés, la efusión universal del Espíritu que llena la tierra, el brote de la nueva humanidad en ese grupo humano que es la Iglesia, la presencia del hombre y mujer espiritual de corazón nuevo y estilo nuevo. Si es así de verdad, el Espíritu llena ya la tierra, y la arrastra a la plenitud de todo en Dios. El Espíritu mueve nuestra pascua y nuestro paso, como movió el paso y la pascua del Señor. Termina el tiempo pascual, el que hemos dedicado a tomar conciencia y fe de nuestra salvación, y celebrarlo intensamente. Pero la realidad pascual del Señor que pasa a nuestro lado, que todo lo hace nuevo y que llena la tierra de su Espíritu, sigue día a día hasta que vuelva. Y hoy, Pentecostés del año 2009, el Espíritu dice con nosotros: ¡Ven, Señor, Jesús! Amen.
J. Javier Lizaur