Lecturas
Hch 4, 8-12
Sal 117, 1, 8-9. 21-23. 26. 28-29
1Jn 3, 1-2
Jn 10, 11-18
IDEAS SUELTAS
Sobre el lenguaje religioso, pues hoy hablamos todos del “buen Pastor”.
No tiene por qué existir un lenguaje religioso. Este no es otro que el común, al que la situación y el contexto le prestan nuevas significaciones y connotaciones. Tampoco con afirmar que es lenguaje común está dicho todo, pues habremos de precisar qué nivel le corresponde. Puede que ahí no estemos tan de acuerdo. No creo que valga un nivel tan vulgar que resulte una jerga particular y grupal. Requiere, a mi parecer, una cierta dignidad. Sin salirse de lo común, se ha de aproximar algo a la belleza, a una cierta calidad del discurso, a una dignidad que no le reste inteligibilidad al común, pero lo coloque a nivel de discurso público, con algo más de categoría que los escuchados habitualmente. Yo insistiría en la belleza. No olvidemos que lo poético tiene una validez indiscutible para el lenguaje religioso. Por hablar más cercano, ¿habremos de prescindir de palabras y expresiones que muchos ya no entienden? Contribuiremos así al empobrecimiento general de las lenguas. La traducción litúrgica utiliza “copo” o “remecida” o “alazán”. Quizá nos veamos obligados a confiar que del contexto pueda desprenderse su significado; pero sin renunciar a palabras ricas y precisas. También en lo religioso se exige un discurso que parta de lo común pero eleve su propia calidad lo más posible.
El pastor. Y no es de las difíciles. Recordamos que la mayoría de gente joven quizá sepa la palabra, pero jamás ha tenido ‘experiencia’ de pastor. Quizá nos ayude el cine. Es un caso más de un cambio cultural tan completo que su empleo requiere atención y cuidado. Todo el mundo rural, agrícola o ganadero, ya no es de primera experiencia. Y el evangelio, y todos nuestros textos hasta el S XIX, proceden, están engendrados, en cultura mediterránea anterior a las máquinas y la automoción. Ahora ya, entre nosotros, el pastor, el sembrador, el pescador, el viñador, el jardinero y el soldado son con frecuencia trabajos de la migración y también habrá que tenerlo en cuenta. Con todo esto, es claro que las personas mayores gozarán hoy de una riqueza de referencias mucho mayor cuando escuchen lo del pastor. Para muchos otros, serán quizá videojuegos y realidades virtuales lo que la palabra sugiera y proporcione. Con pastor, ovejas, cayado, pastos, corderos, apriscos, redil. No es sólo una palabra, son prácticamente todas las de ese campo semántico. Casi todas ellas con matices negativos de docilidad, gregarismo, carencia de iniciativa que vienen a nuestra mente al escucharlas. Por cierto, sólo la oveja negra escaparía hoy a todo eso negativo.
Para la importancia de la relación palabras y experiencia, recordaré algo que tenemos todos presente y no disponemos de soluciones fáciles. Parece imposible prescindir entre cristianos de una palabra de tal raigambre jesuánica como “padre”. Pero, ¿cuál es la experiencia real en que hoy esta palabra se apoya? Entre separaciones, divorcios, primeros y segundos padres y madres, experiencias muy duras y difíciles, ¿qué resonancias sugiere el término padre? ¿Lo podremos emplear con la misma inocencia que hasta ahora? Y sin esa inocencia primera, ¿es ya válido el término padre? No se trata de aprobar o no esa realidad de tanta frecuencia hoy. Nos guste o no, la experiencia de muchos invalida el empleo acrítico de esa palabra. Sólo quizá mucha más atención y cuidado con las palabras. Nunca son ineficaces, ni neutrales.
La 1ª lec es del libro de los Hechos. De un discurso de Pedro a las autoridades de Israel, que les han detenido tras la curación del inválido (Hch 3). A las autoridades no les pide conversión, que sabe ya imposible. Se reduce a constatar el prodigio, reafirmar y confesar el nombre de Jesús de Nazaret como origen de curación y salvación, y citarles el Sal 117 como prueba de todo lo sucedido con Jesús y en lo que ellos han participado.
La 2ª lec, como en todo este ciclo B en pascua, pertenece a la 1Jn. El texto de hoy es muy breve. Pero difícil decir cosas más importantes que estas y en tan pocas palabras. Parte de que conoce en qué consiste ser hijos de Dios e irá explicando sus consecuencias. Sabe que el serlo es regalo de Dios y no conquista humana. Pero hace falta osadía, o fe, para, en la persecución y la desgracia de entonces y de ahora, afirmar que todos, buenos y malos, somos hijos y que se descubrirá nuestra realidad última, que no es maldad sino bondad, en la filiación del mismo Dios.
El Ev es un texto de Jn del bloque que dedica al Pastor. El título de Pastor era también atribuido al rey en muchas tradiciones orientales. Es una figura muy querida por los profetas, sobre todo Ezequiel (34). La tarea que se le asigna como prioritaria es la de reunir al rebaño disperso. Disperso, por los malos pastores, por los terrenos difíciles, por los lobos, por las malas ovejas. El Mesías Pastor trata de reunir el rebaño y establecer la relación ideal de un solo rebaño y un solo pastor. La figura del buen pastor con su oveja es una de las más frecuentes y más antiguas para representar a Cristo. Pensando en este evangelio, parece imposible un pastor sin ovejas, o lo que es lo mismo, un obispo de título y honor sólo. Otra reforma urgente siempre aplazada.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Dice la 2ª lectura que “aún no se ha manifestado lo que seremos”. Y ¿qué seremos? Visto nuestro recorrido personal, vista la marcha de la humanidad, ¿qué seremos? ¿Qué se puede predecir o presentir que seremos? Puede que hagamos favores y curemos un inválido, puede también que crucifiquemos, maltratemos a alguien, porque se lo merece (1ªlec), o que lo hagamos aunque no se lo merezca. Cabe que la humanidad se destruya a sí misma, al destruir su entorno, y puede que enderece su camino, atienda mejor a la justicia, reparta los bienes de todos a todos y se desarrolle una vida humana bastante feliz mientras arda la estrella del sol. ¿Qué seremos? También dice la lectura que no se nos nota todavía. Alguien pensará: y más vale. ¿Qué llevamos por dentro? ¿Qué descubriremos todavía de nosotros mismos y qué de los que nos rodean? Porque es evidente que nos queda mucho por descubrir de nosotros y de todos.
¿Somos un rebaño aborregado, pastoreados por la moda, la ambición, el odio, el dinero? ¿Nos llevan a sus rediles los llamados líderes del momento, las teles, los panfletos, las calumnias y el qué dirán? Somos un rebaño de personas libres, eso es lo que somos, y presumimos del mejor pastor de todos los pastores, el único que siendo pastor nos guía a la libertad, el que siendo de carne y hueso no se alimenta del rebaño sino que se deja matar por el rebaño, el que nos conoce con hondura y cariño indescriptible hasta regalarnos con los más ricos pastos y las más dulces hierbas, las del Espíritu, que a él y a nosotros nos guía por los caminos más adecuados. Somos el más hermoso, desinteresado y libre de los rebaños, el que casi ni parece rebaño por el gozo y audacia que presenta y que hace las delicias del pastor. Y sabemos que somos muchos más que han seguido al pastor por otros caminos. Aunque no lo parezca, son objeto de toda la atención y cuidado y mimo del pastor de todos, del pastor del ser. Y añoramos todos con una fuerza escondida e inexplicable reunirnos de nuevo y disfrutar de ser tantos y tan diversos y coloridos en torno al pastor bueno del cayado de la cruz. ¿Qué seremos? Un lucidísimo y retozante rebaño que aclama a una voz, en muchísimas lenguas: El Señor es mi pastor y sé que nada me falta. Que las noches oscuras, los trechos quebrados, los golpes y saltos difíciles, no nos arredran ni nos hacen desistir del camino por miedo e inseguridad: es que noto al lado su cayado, y me tranquilizo.
Seremos más y mejor. Es que lo que somos en verdad es hijos de ese pastor. Y cuando lo veamos tal cual es, que ni nos lo podemos figurar, entonces descubriremos lo que de verdad somos: hijos escondidos e inconscientes de tan amoroso y rico y generoso padre. Y todas las ovejas negras, y las verdes y amarillas, y los lobos que llevaban piel de cordero para esconderse y destrozar el rebaño, descubrirán que siempre han sido y son, así de simple, hijos de Dios. Semejantes a él, con algo de él, mucho, en nosotros, en todos: es lo que de verdad somos y encerramos dentro, aun sin saberlo ni notarlo. Y le veremos al Padre, a Dios, bendito sea, tal cual es. Y para siempre. “Llevo esta esperanza en mi corazón”.
J.Javier Lizaur