Domingo 5 de abril – Domingo de Ramos

Lecturas
Is 50, 4-7  
Sal 21, 8-9. 17-20. 23-24  
Flp 2, 6-11  
Mc 14, 1- 15, 47
 

COMENTARIOS PRIMEROS

            Entre semana santa y triduo pascual. Cada una de las denominaciones tiene su historia y su entorno. Parece que semana santa tiene una carga mayor de la pasión y del sufrimiento en consecuencia. Triduo pascual la tiene de vida nueva y resurrección. Conviene señalar y repetir que el triduo pascual no incluye el jueves santo, de tanta tradición en nuestra cultura. El triduo son viernes, sábado y domingo. Luego con las complicaciones de cuándo es comienzo del día, se extiende al jueves a la tarde. Viernes y sábado son días de ayuno absoluto, incluido el eucarístico, pues en la tradición de Roma, el viernes y el sábado no hay culto, hasta el domingo de madrugada con la vigilia pascual. Ya parece entre nosotros algo aceptado la anticipación de la vigilia pascual a horas del fin de la tarde, comienzo de la noche. No hemos logrado darle la vida que tenían el jueves y el viernes, y acostumbrar a los creyentes a trasnochar en la espera del resucitado. En cambio, la misa de medianoche de Navidad es más fácil mantenerla. Arrastramos cosas incongruentes, pero dificilísimas de cambiar. ¿O serán caprichos de ‘liturgistas’?

            Me gusta la palabra pasión. En las plegarias eucarísticas ha sido cambiado a “muerte”, que me resulta más pobre y limitado. Pasión no es sólo sufrimiento, es más. Es ese impulso interior incontrolable, superior a nuestras fuerzas, que invade y abrasa todo en la vida y la muerte. Ese fuego del que hablaba Jesús (Lc 12, 49-50), en vocabulario apocalíptico y en referencia a su propia muerte, que le devora y le arrastra a un final que viene a él como destino y que es el deseo mayor, la “pasión” de su vida. O la cita de la escritura a que recurren los discípulos para explicar la acción de Jesús en el templo: “el celo de tu casa me devora” (Jn 2, 17). ¿Es cuestión sólo de palabras?

            La celebración de hoy es la ‘última’ antes de la resurrección. Me explico: el ciclo cristiano es de domingo a domingo, por tanto, de hoy pasamos al próximo domingo en que celebraremos la santa resurrección. Las celebraciones de jueves y viernes no tienen la importancia y peso del domingo como tal. Están más cerca de celebraciones de piedad en el más profundo sentido de la palabra. Por eso sería bueno recordar, quizá como despedida, una antífona de vísperas de hoy: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas; pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea; allí me veréis.” Sería el mejor resumen litúrgico de la semana.

            Hoy la celebración tiene dos partes claras: una primera en recuerdo de la entrada de Jesús en Jerusalén, la ciudad de su rey antepasado. La celebraban en la iglesia de Jerusalén, con un recorrido procesional por los sitios por los que se creía hubiera entrado Jesús hasta el templo, y lo agregó Roma a su liturgia. Es un recorrido triunfal del Hijo de David, una entrada del Mesías para tomar posesión como titular de la ciudad y del templo. La segunda parte es lo propio de la liturgia romana, la lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo. Todo lo que hagamos para que esta lectura de la pasión llegue en toda su hondura a los fieles será poco y es muy necesario. Hay elementos estéticos tradicionales que la realzan -o la pretenden realzar- pero que debemos cuestionarnos si facilitan o entorpecen la llegada serena y clara de esta narración trascendental a todos y cada uno de los oyentes. La lectura de la pasión resulta  desacostumbradamente larga, pero no debe servir de excusa para no tener homilía, más breve y penetrante que nunca, o para acelerar el resto de la celebración. Por cierto, hoy, el tema de los niños debiera resolverse de alguna manera. Entre nuestras costumbres, figura la de que hoy la celebración es muy indicada para los niños, cosa más que discutible. Puede que estén entretenidos mientras hay movimiento, pero durante la lectura de la pasión será muy difícil que presten atención. Y no parece solución la de abreviarla al último trozo. Quizá sí la de prepararla pensando en ellos, aunque, como siempre en esto, tengamos el peligro de infantilizar a los mayores.

              La 1ª lec pertenece a los textos del llamado “siervo de Yhwh”. Para algunos no está clara ni la existencia de conexión entre esos diversos textos. Tampoco, si hablan de un personaje histórico concreto (Jer) o del colectivo de Israel o de un personaje imaginado. Estos textos sirvieron muy pronto para una relectura del proceso y la muerte de Jesús, llamado Siervo en Hch 3, 13. El texto de hoy hace referencia a los diversos padecimientos de Cristo en su pasión más que a su muerte. Todo es aceptado por este siervo que lo ha entrevisto y que quiere sirva de consuelo a los abatidos por cualquier causa.

            La 2ª lec recoge el himno de la carta a los de Filipos. Para casi todos los exegetas es un himno anterior al texto de Pablo que este introduce en la carta, a propósito de algo irremediable y cotidiano, como es no encerrarse en sí mismo y abrirse a los intereses de los demás. Parte de una afirmación de la condición divina de Jesús, para ser tenido por uno de tantos, morir en la cruz y ser exaltado en la gloria del Padre. Otra manera de contar la historia de Jesús desde la fe.

            El Ev es hoy la lectura de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, según S. Marcos. En apariencia realista y sencilla, busca la reflexión, no la emoción o el sentimiento. Introduce algunos matices suyos (como varias citas implícitas de los salmos, el joven que huye desnudo, la familia de Simón el de Cirene), sobre un probable texto anterior. Cierra el desarrollo de un evangelio que comienza en el título de “Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios”, con la confesión de un soldado extranjero que afirma al verlo morir así: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”            

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

            La pasión de nuestro Señor Jesucristo son los humanos todos. “Por nosotros y por nuestra salvación” tomó nuestra condición humana con todas sus limitaciones y se hizo hombre, “pasando por uno de tantos”. “La cosa comenzó en Galilea” y podemos afirmar que pasó “haciendo el bien y curando a los oprimidos por los demonios”. “Actuó y obró como un hombre cualquiera”, porque “había venido sólo a servir y no a ser servido, a ser esclavo que lava los pies de los de su casa”. Vino para que “todos tengamos vida y vida sobreabundante”. Vino sólo “por el inmenso amor de Dios al mundo”. Maestro de sabiduría, comprendió “que el grano de trigo si no muere, no da fruto” y que lo da abundante al desaparecer en la tierra. Subió a Jerusalén, previendo su propia detención y muerte. Le abandonaron todos y se quedó completamente solo ante los poderosos de su pueblo, que ya sabían “que era mejor que muriese un hombre que hubiera de morir una multitud”. “Fue crucificado siendo gobernador Poncio Pilato”. Se armó de valor, “endureció el rostro” y “como corderillo llevado al matadero”, subió a la cruz, en su último o penúltimo acto de servicio. Como cualquier hombre acorralado en su destino, sufrió insultos, torturas, humillaciones y desprecios y se sometió a la muerte, a la inhumana muerte en la cruz. Rezó en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Dio un grito terrible y murió.

            Desde entonces “es salvación completa de los que creen en él”. Es consuelo de todo el que sufre, es compañía en la injusticia y el tormento. Es “ancla a la que asirnos, situada ella en el otro lado de la vida”. Ha multiplicado sin límites los frutos de esta humanidad, que lo recuerda y le espera, se llena de fuerza y resistencia contemplando sus llagas y su figura, mantiene la esperanza contra toda esperanza, en medio de la oscuridad y la violencia que parecen no tener límites. Por eso, por su entrega total, por su servicio, por nosotros y nuestros frutos en él, por aquel inmenso amor que le empujó a venir entre nosotros, Dios lo levantó y lo levanta de la muerte, lo coloca por encima de todo para que reconozcamos al Señor único, al primero de los resucitados. Para que nosotros con él y en él seamos también resucitados, puestos a la derecha de Dios, completos y felices por siempre. Gloria a ti, Señor Jesús, por los siglos.

 

                J. Javier Lizaur