Lecturas
Jer 31, 31-34
Sal 50, 3-4. 12-15
Hb 5, 7-9
Jn 12, 20-33
IDEAS SUELTAS
Ya tan cerca de Pascua, habrá que ir adelantando la preparación de todo lo necesario para que resulte evidente que ella es la primera y fontal fiesta de todo el año. Que vayamos terminando con la falsedad de que lo sean la Navidad o los santos y vírgenes de las fiestas patronales. Que no haya que explicar nada de palabra, sino sólo que lo bien hecho y la importancia y solemnidad que le damos, deje clara la excepcionalidad de la fiesta.
Tan avanzada la cuaresma, quizá queda pendiente algo fundamental entre nosotros. Viene de muy lejos su ausencia y resulta fácil seguir olvidándola. Se trata de la interiorización de todo lo cristiano. Queda la impresión de que tantos siglos de enseñanza cristiana dejan escasa adhesión personal o poco profunda. La cultura y el ambiente general han hecho que todo adquiriera una coloración cristiana. Las personas sabían muy bien su credo y sus obligaciones, pero quedaba todo muy en la superficie y no alcanzaba su interior; parecía más una adhesión por costumbre que por convicción personal. Esta carencia de raíz, de hondura, puede ser una de las razones principales de que se pierda con tanta facilidad. Nos ha faltado interiorización, ir asumiendo como propias, vitales e íntimas, las propuestas de la fe. Someterlas y contrastarlas con la experiencia continua de la vida. En ocasiones, esta lleva al abandono de algunos puntos, al reforzamiento de otros, a la colocación de algunos entre paréntesis, en espera de aclaración o comprobación posterior. Nos parecía suficiente saberlas, repetirlas y hasta enseñarlas. Pero en escasas ocasiones las ofrecíamos a la degustación, a la lentitud de una digestión difícil, a la elaboración de darles vueltas y vueltas, amasadas en la realidad de la vida personal. Superar la ley y los preceptos para alcanzar el pecho y el corazón. Pocos habrán hecho de forma personal aquella “jerarquización” de verdades que proponía el concilio (y que luego se ha intentado ‘arreglar’ para que no diga lo dicho respecto a la fe de todos). Qué creo de verdad, a qué me confío por entero, y qué ni me dice nada, ni me siento concernido por ello. Puede que genere incertidumbre, pero sería una fe verdadera, hecha vida de nuestra vida; una propuesta o palabra de Dios hecha carne.
También es día para reflexionar que toda oración es escuchada, pero no necesariamente respondida y cumplida. Podemos y debemos tener fe en la oración, pero nunca en conseguir sin más lo que pedimos. No es para olvidar la oración angustiosa de Jesús, que recoge la 2ª lectura y queda aludida en el Ev, y que fue escuchada. El grito desgarrador del Hijo al Padre resonando en el misterio de Dios, grito tan hondamente humano como el de todo condenado a morir, remueve los cimientos de Dios donde es acogido y escuchado. Muere Jesús con un fuerte grito en la cruz, tan acogido y aceptado, que recibe toda la vida de Dios en su cuerpo maltrecho y, desde ese momento, todos le llamamos Señor, fuente de vida, resucitado. Dios escucha así a su Hijo y así le responde. No lo olvidemos al hablar de cómo es siempre escuchada nuestra oración, no vaya a ser que confundamos la escucha con el cumplimiento de nuestros deseos. Oración y respuesta no se mueven en el mismo orden. Por eso dice Lc (11, 13), a quien le pide, “¿no le dará el Espíritu Santo?”
La 1ª lec pertenece a la profecía de Jer y a la parte más propia y característica suya. Anuncia una alianza nueva que se establece en el corazón humano, que ni necesita ser enseñada por nadie, porque allí ha sido depositada por Dios y allí también ha de ser escuchada y respondida. En los textos de la Eucaristía de Lc y de 1Cor se dice exactamente “sangre de la alianza nueva”, esa del pecho y el corazón de esta 1ª lec.
La 2ª lec, muy breve, forma parte del Cap 5 y del apartado general de similitudes y diferencias entre el sumo sacerdote según la ley y Jesús. Insiste en que Jesús, sin pecado y sin causa por tanto para ofrecer sacrificios, ofrece uno singular y personal que lo convierte en sacerdote definitivo de la nueva alianza. El texto de esta 2ª lec es la explicación de ese sacrificio nuevo sin relación con el pecado o la ley. Única ofrenda que, aceptada por Dios, convierte a Jesús en sacerdote exclusivo para siempre, consagrado por Dios mismo. Y la esencia de este sacrificio consiste en “obedecer” o entregarse o aceptar (que es palabra clave, traducida de diferentes maneras en los textos) el plan de Dios aun en medio del sufrimiento.
El Ev, del de Juan. Con una distribución de los hechos y dichos de Jesús muy diferente de la de los otros evangelios, corresponde a ese momento de toma de conciencia y de decisión por parte de Jesús respecto a su muerte inminente. Guarda resonancias con los textos que solemos llamar agonía de Getsemaní y, como en la lec de Heb, pide Jesús ser salvado de la muerte. Afirma tener el alma ‘agitada’ y, tras un momento como de indecisión, asegura arrostrar la muerte porque esa es la meta de su paso por la tierra. Han venido unos griegos, presagio de las comunidades de griegos que se formarán tras la muerte y resurrección de Jesús. Y, por fin, tras muchas alusiones a ella a lo largo del evangelio, ha llegado “su hora”. Esa hora es determinante para el futuro del mundo. Es la hora escogida por Dios para dejar ver su gloria, para la “entronización” elevación de Jesús en el trono de la cruz, para que el grano de trigo puesto en tierra produzca fruto. La hora certificada por la voz de Dios en que Cristo, derrotado, es constituido como juez, y la voz es escuchada por judíos y griegos. De esa hora, de ese momento, es plenamente consciente Jesús y la acepta con todas sus consecuencias.
POSIBLES IDEAS PARA UNA HOMILÍA
Va concluyendo la cuaresma de este año. Nosotros también, como aquellos griegos y como sucesores suyos, queremos ver a Jesús. Lo hemos visto tentado y transfigurado, afirmando que la única razón de su presencia entre nosotros es el amor, purificando el culto y presentando su cuerpo como templo. Queremos ver a Jesús, verlo entero, completo en todo lo que es y significa. Queremos ver a Jesús y experimentar de cerca la luz y el calor que nos presta. Queremos verlo tan claro que nunca dudemos de su presencia y su salvación, verlo en su fuerza atractiva, en su amor tierno, en su gozo sereno y prolongado. Verlo y quedarnos embelesados por él. Pues este es el momento, hermanos y hermanas creyentes. Ahora lo veremos sin confusión o equívoco posible. Es su hora, el instante preciso.
Para verlo bien, nos advierte primero que el grano de trigo para ser fecundo ha de desaparecer, y la vida para tener interés ha de encontrar una razón para ser regalada. Lo vemos que en el tiempo preciso, en el más importante y decisivo de su vida, tiembla agitado y reza al Padre para que lo libre de la muerte. Lo vemos escuchado y acogido por Dios dirigirse a la muerte, empujado y alentado por la voz del Padre. Lo vemos tendido en los brazos de un madero horizontal con un grito último en su garganta. Agoniza, muere y lo entierran. Como el grano de trigo. Es su tiempo, su hora, su instante síntesis de su vida entera.
Está elevado sobre la tierra, como aquella serpiente salvadora de que nos habló hace unos domingos. Queremos ver a Jesús y está ahí, en la cruz, con toda su fuerza de atracción. ¿O queríamos verle de otra forma? Probablemente nos gustaba más de rey davídico, o de gran maestro, o de sanador de enfermedades, o de vencedor de los demonios, o de revolucionario galileo. Pero está ahí silencioso y muerto para nosotros que llevamos tanto tiempo queriendo verlo. Sobresale entre las cabezas de todos, ensangrentado, varón de dolores, horrible a la mirada. Queremos ver a Jesús y ahora lo que nos tienta es volver la cabeza e irnos. Si resistimos, recordando que es un momento decisivo para él y para nosotros, lo miraremos con cariño, ahí destrozado, y descubriremos en él toda la gloria y el resplandor de Dios mismo, amor y entrega patente en esa cruz del Hijo. Una voz fortísima, un trueno, un ángel, quién lo sabe. Son signos inconfundibles de la cercanía de Dios por este patíbulo. Ahora sí, resistiendo y recordando, vemos por fin los despojos de Jesús y en ellos al rey, al maestro, al sanador, al vencedor, al innovador de todo. Ya no es que quiera verlo, es que me apego a él, me lanzo a él, y noto que en el trueno y la voz y el ángel me abraza con fuerza. Todo, y él y yo, acogido a la serena belleza de la ternura de Dios.
J. Javier Lizaur