Lecturas
Gen 22, 1-2. 9-13. 15-18
Sal 115, 10 y 15-19
Rom 8, 31-34
Mc 9, 2-10
REFLEXIONES
Seguir en cuaresma nos empuja a continuar pensando el tema de la conversión. Eso que dicen de vuelta atrás, de giro en el camino. Pero, ¿quién ha de volverse? Nosotros ni dudamos de que somos nosotros. Quizá sí la Escritura que formula peticiones del tipo “vuélvete, Señor, y nos convertiremos” que aparecen en Jer (31, 18) y las Lam (5, 21). Dios se gira a nosotros y hace posible la conversión. Parece un caso más de la continua tensión entre el protagonismo de Dios y el nuestro, su libertad y la nuestra. Si Dios “se vuelve” -por expresarnos de alguna manera- es posible que le reconozcamos y nos volvamos a él. Si “no se vuelve”, es inútil cualquier movimiento nuestro. Tampoco se trata de un concurso a ver quién se vuelve primero. Se trata de algo mucho más inclusivo y simultaneo. Si él se vuelve, yo me vuelvo en él, si yo me vuelvo, él lo está haciendo conmigo. Así, la oración se hace conversión, al solicitar de Dios su “conversión” para que la nuestra sea posible una vez más, y remonte y tome vuelo.
En la oración de hoy, pedimos a Dios que “contemplemos gozosos la gloria de su rostro”. En la fiesta del 6 de agosto (Transfiguración), también se rezan cosas similares. En muchos salmos (41, 3), en la petición de Moisés, el amigo de Dios (Ex 33, 18), el deseo profundo, último, consiste en ver el rostro de Dios. Nadie lo ve en la tierra. Todos lo contemplaremos, en la otra orilla, como máximo de belleza y fascinación. ¿Echo de menos la honda belleza, el esplendor de la presencia divina, la atracción de la gloria de su rostro? No olvidemos, con este evangelio de hoy, que muchos vivimos la nostalgia de Dios como necesidad de belleza entre tanta fealdad e imperfección. “¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” “Verán al Señor cara acara” (Ap 22, 4; 1Cor 13, 12). Tres lo hacen en el evangelio de hoy en el tiempo y resplandor de un relámpago. Tú y yo también, hoy mismo, en la reunión eucarística. O al menos, su espalda, como Moisés. Y los tres escuchan a Jesús cosas de resurrección.
La impresionante lectura del sacrificio de Isaac nos puede aproximar al tema del sacrificio. Siempre lo hemos considerado algo costoso y que, por serlo, agrada a Dios y presta mayor evidencia a la autenticidad del mismo. Nos cuesta desprendernos de esa idea y aceptar con sencillez lo que decía S. Agustín de que “toda obra buena que se realiza con el fin de unirnos a Dios” es sacrificio. Así, lo doloroso no es más ‘sacrificio’ que lo placentero. Basta con que su punto de mira se dirija hacia Dios. Vendrá muy bien no confundirnos en esto en el tiempo de cuaresma, tradicionalmente unido a penitencias y sacrificios.
La 1ª lec nos hace presente el sacrificio de Isaac. Muy frecuentemente se ha recurrido a esta imagen como símbolo del sacrificio de Cristo, hasta el extremo peligroso de señalar al Padre como quien sacrifica al Hijo. Los estudiosos pueden ver en el texto restos de ritos de fundación de una ciudad o de justificación del paso de víctimas humanas a las animales. En su grandeza y belleza no hay mejor comentario que el de Hb 11, 17-19: sólo la fe en el Dios poderoso que resucita a los muertos puede “justificar” esta ofrenda.
La 2ª lec es un texto de Rom que suena casi desafiante: ¿quién contra nosotros? Forma parte de una especie de himno o aclamación conclusiva del cap 8, centrado en el Espíritu. Ante la obra de salvación total y universal, exclama así S. Pablo. El final del breve texto debe leerse de forma progresivamente intensa con términos como ‘más aún’ o ‘todavía más’, antes de cada una de las acciones de Cristo, resucitó, ascendió, intercede. Dios justifica a los impíos (Rom 4, 5) ¿Quién queda para condenarlos?
El Ev narra la transfiguración del Señor en la versión de Mc. El comienzo de este capítulo nos ha dicho que algunos ‘no morirán sin haber visto la llegada del Reino en todo su poder’. Van a ser Pedro, Juan y Santiago -representantes de tres tradiciones diversas sobre Jesús- los que vean anticipadamente y en vida esa llegada del reino con poder. La llamada ‘transfiguración’ queda enmarcada en términos de escatología y resurrección. ¿Qué ven? A Cristo en su gloria plena, con una blancura singular y no de este mundo, avalado por la ley y los profetas (Moisés y Elías). ¿Cómo lo ven? ‘Asustados y sin controlar lo que dicen’, una especie de éxtasis. ¿Qué escuchan? La voz del Padre que transmite el mayor secreto del Ev de Mc: Es mi hijo amado. Escuchadlo. Entienden esto que Dios formula, a pesar de su especial susto. Pero escuchan al Hijo y eso ya no entienden: lo de resucitar de entre los muertos. No lo entienden ni los mejor iniciados: quienes han visto la resurrección de la hija de Jairo y presenciarán la agonía de Getsemaní. Sólo al final reconocerán y entenderán al resucitado de entre los muertos.
PARA UNA HOMILÍA EN EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA
Nos reunimos por segunda vez en esta cuaresma. Ya sabemos que la referencia es la Pascua y que nos encaminamos a ella. En el evangelio de hoy entrevemos algo de la gloria de esa Pascua final. Como los tres discípulos, nos hemos reunido en este pequeño monte Tabor que es este sitio en que celebramos la Eucaristía. Tenemos unas ganas enormes y estamos impacientes por contemplar alguna vez el reino de Dios en todo su esplendor y gloria. Y he aquí, que el texto del evangelio nos lo hace descubrir como por una rendija. Jesús, de blanco blanquísimo, confrontando su vida y su futuro con la ley y los profetas. Y el aval de Dios, aval que Jesús va descubriendo repetidamente a lo largo de su vida y su pasión: es su hijo bien amado. Percibimos la orden única de escucharle siempre a él y sólo a él. Dura un momento, un relámpago. Demasiado para nosotros. Quedamos aturdidos. Nos ha deslumbrado ese núcleo de divinidad que invade el cuerpo de Jesús por un momento y lo vuelve resplandor. Nos ha ensordecido la voz. Nos hemos emocionado, y nos gustaría seguir con la emoción y la vista y el oído renovados. Gozarlos más despacio. Se termina la montaña, la luz, el ruido, la grata compañía, la emoción, la locura. Nos quedamos solos, como siempre, en medio de la tierra esta y de los hombres y mujeres apresurados a lo suyo.
¿Ha sido un sueño, ha sido una realidad pero brevísima? No pasemos miedo ni susto siquiera. Todos arremolinados alrededor del altar Tabor, sabemos que es verdad todo esto tan bonito. Que nos vive y habita Dios, y en algún momento nos descubriremos teas vivísimas deslumbrantes de Dios. Que Dios nos habla de verdad y no hay más que estar atentos y silenciosos ante Jesús, su portavoz y altavoz. Que por grandes que soñemos a los humanos nos falta coraje para pensar que son tan de Dios que serán como él (1Jn 3, 2). Que los sustos nos vienen no de descubrir nuestras miserias, sino de percibir nuestra grandeza en Dios nuestro único salvador, nuestra meta y nuestra medida. Que qué bien estaríamos todos en innumerables tiendas gozando de la compañía de todos y de Dios, en una paz que sería felicidad de comunicación y compañía.
Bajaron de la montaña, y no le entendían a Jesús, a qué se refería con eso de la resurrección. Hemos pasado muchas cuaresmas y hasta muchas pascuas. Nos hacemos mayores, y tenemos experiencias. También sueños y deseos, tan importantes. Nosotros sí entendemos algo de la resurrección, pues sabemos y creemos que todo lo descubierto en la montaña se llama también pascua y resurrección, que es e reino de Dios en toda su fuerza. Que las personas somos ‘capaces de Dios’ y siempre nos quedamos cortos soñando. Que en torno a este altar de maravillas, veremos de nuevo a nuestro Dios, alarmante por pequeño y silencioso, brillando en un pan y una copa de vino como puro regalo. Lo veremos, vendrá a nosotros, nos transformará y transfigurará muy delicadamente y, en otro momento, pronto o tarde, la transfiguración y belleza nuestra será también absoluta, la felicidad incontenible, al escuchar que nos dicen ‘eres mi hijo amado’. Será la Pascua. Ahora, ha sido el Tabor.
J. Javier Lizaur