Domingo 1 de marzo – I de Cuaresma

Lecturas
Gen 9, 8-15  
Sal 24, 4-9  
1Pe 3, 18-22  
Mc 1, 12-15
 

EN TORNO A LA CUARESMA

                Nuevamente en cuaresma. Quizá en algún momento, en la lentitud de la vida rural y la ausencia de novedades, cupiera la sensación de lejanía de una cuaresma a la siguiente. Hoy, parece que no, y el sentimiento general es el de salir de una y encontrarnos con la siguiente.

                La cuaresma es tiempo bautismal y queda claro en las lecturas de los tres últimos domingos del ciclo A. Es tiempo penitencial, y así, los tres últimos del ciclo C. Es, en general, tiempo de renovación y revitalización de la vida cristiana, demasiadas veces adormecida. Es un tiempo en función de otro, por tanto, relativo y menos importante que él: el tiempo pascual. En nuestra cultura ha tenido más relieve tradicionalmente la penitencia y el rigor de este tiempo que la alegría del pascual. Sería bueno -no creo que fácil- invertir esta valoración y cargar el esfuerzo por mejorar la vida cristiana en el tiempo pascual, resaltar como más importantes sus connotaciones de gozo, paz y alegría.

                ¿Es posible cambiar, es posible “nacer de nuevo”? Demasiadas cuaresmas ya como para creérnoslo. Y, sin embargo, así es. ¿Será posible una nueva conversión, una manera nueva de “pegarnos” (Deu 30, 20) al Señor, nuestro Dios? Hemos soñado grandes conversiones, en el fondo tipo la de S. Pablo, con muestras claras externas del cambio, con decisiones innovadoras respecto a nuestra rutinaria vida, con alejamiento total del mundo (¿de la realidad?) y sus criterios, con superación de impedimentos  psicológicos que nos apartan de otros. Sueños, quizá lícitos y deseables, pero que han contribuido a nuestra frustración actual respecto a posibles conversiones. Sueños, como siempre, de omnipotencia, con ribetes de protagonismo personal. Parece imprescindible que el cambio y conversión se nos noten y descubran por algún lado.

                Y ¿si el modelo de conversión fuera el propuesto por la 1ª lec del domingo pasado (VII del ordinario) de mirar al futuro y no al pasado? Miramos demasiado al pasado, ¿es bueno, es cristiano? A nuestro pasado personal, a nuestro pasado histórico, y desde ahí emitimos juicios o tratamos de reorientar nuestra vida. Por un año podíamos intentar convertirnos al futuro siempre incierto, excepto en Dios. ¿Qué futuro necesita nuestra vida de fe, nuestra atención a Jesús, nuestra inmersión en Dios? ¿A qué futuro nos abrimos, al del pasado prolongado en sus mejores momentos? El futuro aún puede estar en nuestras manos de alguna manera, el  pasado en absoluto. Convertirnos.

                La conversión suele entenderse a golpe de esfuerzo y voluntad. Doblegamos nuestros defectos para que se atengan al plan del Señor. Contabilizamos cuántas veces lo vamos logrando. ¿Podría ser que tanto esfuerzo estéril no fuera siquiera evangélico? ¿Qué tal si nos convertimos a realzar lo mejor de nosotros mismos, a no buscar fuera lo que ya llevamos dentro y que quizá hasta lo hemos enmudecido en nombre de ser mejores? Potenciar lo mejor hasta hacerlo connatural en nosotros. Así, la conversión sería como hacia delante y dejaría, sin esfuerzo, con la alegría de la naturalidad, surgir y reforzar todo lo bueno que llevamos las personas. No tenemos ni tiempo ni fuerzas para el voluntarismo impuesto a nuestro natural: que fluya lo más íntimo nuestro como culto amable al Dios amoroso creador. No oponernos, sino consentir el manantial de gracia y generosidad que quiere manar desde el fondo de nosotros. Algo de esto debía ser la propuesta de Jer 31 sobre la nueva alianza inserta en el corazón. Otra conversión.

                 La 1ª lec pertenece al libro del Génesis. Pocas cosas más hermosas que el arco iris. El texto del Gen lo convierte en signo universal de la alianza de paz entre Dios y la humanidad tras el castigo del diluvio. No habrá otro castigo así. El arco, leído como garantía de la benevolencia de Dios y para siempre.

                La 2ª lec recoge un texto confesional de fe en la resurrección y en el perdón de los pecados, unidos ambos. Una presentación del triunfo de la resurrección poco frecuente entre nosotros y muy querida a la teología oriental: la bajada a los infiernos y la proclamación de la buena nueva a los “rebeldes” (todos, judíos o no). Cristo persigue al mal hasta sus raíces últimas más allá de la misma muerte: lo persigue y vence en los infiernos, su sitio original. Cristo Jesús, vencedor del mal en su muerte, en el infierno, en los rebeldes que perecieron en el diluvio. El nuevo arco iris que abarca a los anteriores al mismo, a los que hubieron de perecer en el diluvio. Igual de radical presenta este texto el bautismo cristiano. Concluye afirmando algo que tiene también conexión con el evangelio de hoy: “le servían los ángeles”.

                El Ev es un texto muy breve de Mc sobre la conocida como ‘tentación’ de Jesús. Lc y Mt concretan mucho más. Mc deja abierto ese “dejarse tentar” y lo coloca en referencia al comienzo de la humanidad (Espíritu, tentación, servido por los ángeles) y del pueblo de Israel (desierto, cuarenta días, alimañas, tentación). 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                La oración oficial de la Iglesia en tiempo de cuaresma comienza en la exhortación: “Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió”. Toda la cuaresma, confesando adoración a Jesús, el Cristo, porque fue tentado y murió. ¿Cuándo fue tentado? ¿Cuánto? Estamos familiarizados con las narraciones que señalan tres tipos de tentaciones, localizadas en el comienzo de la vida pública de Jesús. Lc habla además de que lo dejó el diablo para volver ‘en otra ocasión’ (4, 13). Hubo más de un momento, por lo narrado, de tentación. La lectura de Jesús orando en el huerto cuenta también con muchos elementos de tentación. ¿Quién produce en nosotros ese momento que llamamos tentación? ¿El diablo o enemigo, éste con la aceptación de Dios (Job), El Espíritu mismo? Es momento de poder o tener que escoger, de aceptar o no lo que viene. Juegan dos en tensión, el bien y el mal, Dios y el diablo. Nosotros en medio. La libertad será escoger ahí. Optar por un lado o por otro. Quizá en la vida hay ocasiones de especial opción, de especial tentación por tanto; pero la vida entera se construye con pequeñas y continuas opciones y elecciones que dan lugar a lo que llamamos nuestra vida personal. La vida entera está sometida a tentación, en la angustia y la grandeza continua de tener que optar y decidir. La vida tironeada por Dios y el diablo. ‘No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.’

                 Jesús, primogénito de muchos hermanos, también en esa misma tensión. Su real condición humana le obligaba a optar y decidir. Pudo verse sometido en algunos momentos a especial tensión, a elecciones de fondo que le marcaban el resto de su vida. Quizá al comienzo de la misma, al reflexionar y orar cómo y por dónde dirigir su futuro, en continuación y en diferencia con el Bautista, al final, frente al indiscutible fracaso y la detención y muerte ya decididas por otros para él. A veces nos han enseñado, creo que en falso, un Jesús exento de esta fundamental tarea humana, de esta que nos va convirtiendo en la persona concreta que somos. Nos decían que todo lo conocía de antemano por su sabiduría divina. Su realidad y autenticidad humana nos obligan a verlo de otra manera. Tanto para los que les cuesta mucho decidir como para los que se encuentran atrapados en decisiones equivocadas, necesitamos a Jesús, optando y decidiendo. Sometido al riesgo continuo de los humanos de acertar o equivocarse, a cargar con las equivocaciones o con las valoraciones falsas de los demás sobre su vida. Jesús, angustiado ante el sufrimiento y la muerte que incluyen su propio fracaso, dubitativo ante unos discípulos que no comprenden lo que se esfuerza una y otra vez en explicar, disgustado y triste ante la incomprensión familiar, obligado confiar y rezar salmos ante el silencio de Dios, que le ha llevado a descubrirse como su hijo preferido. Jesús, entrañable a nuestro lado en la duda y la vacilación. Jesús, tentado y puesto a prueba por Dios, por nosotros, por el mal, por su misma manera de ser. Jesús, cansado de la tarea que él mismo ha descubierto como suya y que le agobia, por el reino. Jesús, impaciente y apasionado porque el mundo entero arda y reprendiendo a los discípulos que lo quieren quemar. Jesús, cercano, dudando si volver a empezar de otra forma. Jesús, tan humano y fraterno, tan frágil y sencillo, tan nuestro como de Dios, pues lo empuja el Espíritu y le sirven los ángeles. Jesús, nuestro Jesús, nuestro Señor, nuestro hermano, tentado y decidiendo su vida. Le sirven los ángeles, lo cuida el Espíritu y el Padre lo saciará de largos días hasta que vea la salvación de Dios.

                 J. Javier Lizaur