Domingo 22 de febrero – VII del ordinario

Lecturas
Is 43, 18-19. 21-22. 24-25  
Sal 40, 2-5. 13-14  
2Cor 1, 18-22  
Mc 2, 1-12
 

IDEAS SUELTAS

                El domingo próximo es ya cuaresma. Prepararla, con toda la importancia que tiene en el año litúrgico. Preparar propuestas concretas y realizables de reunión, formación, lectura, oración. Preparar su ambientación general, esa que debería partir para todos de la pregunta en el evangelio de Juan: “¿Puede uno nacer siendo viejo?”. De nuevo en cuaresma, ¿para qué? Preparar siempre la cuaresma en la perspectiva de la Pascua, que es el tiempo verdaderamente a celebrar.

                Curiosamente las lecturas de hoy no desentonarían en un domingo de cuaresma y conversión. La 1ª serviría para todos los días. Una conversión que no mira al pasado, sino al futuro. Una propuesta realmente innovadora y muy buena para ser propuesta como conversión.

                Es muy vieja la afirmación de que esta sociedad ha perdido el sentido del pecado. De tiempos de Pío XII. Desde entonces hasta hoy ha ido cobrando más evidencia la idea, sobre todo para la jerarquía o para quien participe del poder. Quedemos en que ha variado bastante el ámbito dónde buscar el célebre pecado. Los derechos y la libertad de las personas con el no a la pena de muerte y la tortura; los derechos de la mujer, de las minorías; la conciencia personal, los derechos sociales y laborales, la inmigración, la ecología, el cuestionamiento de los ejércitos y la fuerza, de la posibilidad de una guerra justa; los avances de la ciencia, las gentes de hoy miran con más atención y meticulosidad estos y otros campos similares.

                Y, aunque hablemos mucho de pecado -y más en los tiempos de cuaresma que se avecinan-, no vendría nada mal una más explícita concreción de lo que de verdad es pecado. Creo que hay demasiadas aportaciones de la antropología, de la sociología, del pensamiento actual en general, que debieran ser bien contrastadas con nuestras superficiales imágenes del pecado. Sólo en relación con el Dios vivo puede hablarse de pecado. Serán transgresiones, errores, robos o crímenes, pero sólo si han sufrido la confrontación con Dios, si se los ha percibido en su relación, puede hablarse de pecado. Y creo importantísima la profunda afirmación de una teóloga protestante de que “pecado cristiano es sólo el ya personado”. En otras palabras, descubro mi pecado ante Dios mismo, pero si lo acerco a Cristo Jesús y su evangelio, veo que él lo perdona y que ese es el misterio de salvación. Si no entiendo mi pecado como perdonado -lo que no quiere decir borrado o desaparecido- es que no he encontrado a Cristo mismo con su redención y salvación. Saber de Cristo que perdona es saber de Cristo que ME perdona.                No ‘actualicemos’ tanto el pecado como para enseñar que desobedecer a los papás o cruzar con semáforo rojo es ya pecado. Cuando en circunstancias nuevas alguien quiere saber de verdad en torno al pecado pasará sonrojo de muchas de las cosas que le enseñaron y el rechazo al conjunto será completo. Las bases que demos sobre algo tan profundo y central en la fe han de valer para siempre, aun sometidas a actualización.

                 La 1ª lec pertenece al 2º Isaías y lee la vuelta del destierro como el avance del pueblo por el desierto y el perdón de los pecados como la situación nueva para la convivencia del pueblo.

                La 2ª lec es del comienzo de la 2ª carta a los de Corinto. Muy sugestiva la presentación de Cristo como Sí de Dios a todo lo mejor del hombre, sus deseos vistos como promesas de Dios. Todo ha partido de su controversia con algunos de Corinto que dicen de Pablo que es voluble y tan pronto da un sí como un no.

                El Ev continúa la narración de Mc. Un paralítico descolgado del techo ante Jesús por no ser ya posible presentarlo entrando por la puerta. Recordemos la vinculación que establecía el mundo antiguo entre el pecado y la enfermedad. Sabemos que esa vinculación no existe, pero sí la simbolización que convierte a la enfermedad en signo del pecado. A ella se acoge Jesús para argumentar que si puede lo difícil (pecado), mejor podrá lo fácil (enfermedad). 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Las gentes rodean a Jesús esperando mucho de él. No es posible ni hacerse paso para llegar hasta él. Por eso los que ayudan al paralítico abren un boquete en el tejado y lo descuelgan. Lo que queda al descubierto no es un enfermo solo, es la fe de todos, de él y de los que lo ayudan. Tanta fe que abre los tejados y se hace un sitio imposible ante Jesús para que él disponga.

                Jesús le declara perdonados sus pecados. Sabían muy bien en el pueblo de Israel que el perdón corresponde solo a Dios. Se escandalizan con razón. Jesús ha formulado ese perdón como cosa suya, por tanto vinculándose muy directamente con Dios. Ante las sospechas de blasfemia y la falta de fe de los oyentes, ofrece Jesús un signo, una pequeña comprobación: le cura la parálisis de sus miembros y le envía a su casa, andando y con su camilla a cuestas. Esto es lo que la gente buscaba y admiraba, no el perdón absoluto de las culpas. Se encuentran con la realidad impensable del perdón y quedan enredados en el signo de la curación. Si al menos reconocieran con todo esto en Jesús al Hijo del hombre, título tan enraizadamente mesiánico habrían dado un paso adelante en la fe en Jesús y estarían con él en su camino de salvación plena.

                No es nada despreciable la imagen de la paralización como signo del pecado. Se podrán dar muchas aproximaciones de él, pero una de ellas es que nos paraliza. No crecemos en la fe y en el gozo del Espíritu. Con frecuencia, los creyentes somos o nos quedamos infantiles en nuestra vida de fe. Rezamos como cuando éramos pequeños, tenemos por pecado lo que teníamos entonces, creemos que las obras que hacemos nos justifican ante Dios y ante los hombres, desconfiamos de los estudios bíblicos, no hacemos prácticamente nada por madurar y hacer crecer nuestra fe. Quizá nuestra excusa es que nadie nos lo enseñó. Pero es pecado esta nuestra conformidad y nuestra escasa búsqueda, es pecado nuestra falta de crecimiento, ante la evidencia de que ni no hacemos algo por avanzar terminamos sin nada. Es mucho más pecado que ninguno quizá ese mirar siempre al pasado como referencia de vida contra lo que nos ponía en guardia la 1ª lec. Sin mirar atrás, movernos y caminar. Sin añoranzas de tiempos que nos parecen mejores, ponernos al día de lo que nos pide a todos el Espíritu, incansable en sus propuestas siempre incómodas e imprevistas.

                Ponernos en pie, dejar la comodidad y pasividad del sentado o acostado. Coger la camilla, nuestros cachivaches de andar por casa, de cuatro palos en los que apoyar la fe, los credos y mandamientos, devociones y novenas y piedades de siempre, ponérnoslas al hombro y salir a la vista de todos, a seguir a Jesús. Sin mirar atrás, que sabemos lo de la mujer de Lot. ¿No veis que Jesús perdona los pecados, lo acoge todo y sólo quiere que avancemos y marchemos tras él? ¿No veis que con el perdón imposible ni soñado, llega lo absolutamente nuevo? Seguidle animosos y esperanzados. Hoy ha sido sólo una curación, un pecador perdonado. Sospechamos que, como él dice, es el auténtico Hijo del hombre. Es el que al final, podrá decir y hacer: Ahora hago nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).

                                 J. Javier Lizaur