Lecturas
1Sam 3-10. 19
Sal 39, 2-4. 7-9
1Cor 6, 13-15. 17-20
Jn 1, 35-42
A PROPÓSITO DEL TIEMPO Y LAS LECTURAS
Comenzamos el tiempo “ordinario”. Bien difícil de sacar adelante. Tanto que buscamos siempre alguna forma de transformarlo en extraordinario. Lo ordinario de la vida suele aburrir y desgastar, son pocos los que saben encontrar su encanto a lo ordinario. La repetición de lo acostumbrado apaga el color y el calor de la vida diaria. Lo ordinario sin alteraciones y sobresaltos viene muy bien, nos ayuda a vivir sin necesidad de inventarlo todo al momento. Podemos como descansar y relajarnos en las cosas acostumbradas, tener hábitos tan hechos que confiemos la mente a otras preocupaciones. Por algo bueno habrán llegado a serlo, y cedemos a las cosas pequeñas, nos confiamos a su bondad natural. Hoy, preferimos las cosas sobredimensionadas, lo sencillo y sin grandes adjetivos termina por resultar inexpresivo. Celebrar la resurrección del Señor domingo tras domingo, ¿no es acaso una garantía de poder gozar de un encuentro periódico con el Señor? Tiene un peligro evidente de rutina, pero necesitamos este recordatorio semanal de que la batalla está ganada y de que Dios nos ha sacado adelante en su Cristo. La rutina con sus peligros también amenaza el amor y sus ritos; de ahí la necesidad de encontrar el encanto de la normalidad sin ceder al aburrimiento. Igual en la experiencia religiosa de cada domingo.
Seguir a Jesús, hacer el camino con él, ¿es cosa de un choque frontal primero con la evidencia de que Dios me llama a mí o es consecuencia de un proceso psicológico, de una maduración personal, que parte de señales imprecisas para llegar a un encuentro completo? En el evangelio de Mc se nos presentaría el primer caso (1, 16-20), en el de Jn, hoy, el segundo; también en la 1ª lec de Samuel. En un momento u otro todos hemos de pasar por lo mismo. Tanto si comienza por un proceso lento, plagado de meandros, como si lo hace por un golpe de gracia, el camino de asimilación y concreción personal habrá de darse siempre. Algunos dan mucha importancia a la psicología personal y otros prefieren subrayar la iniciativa sorprendente de Dios. Cada uno sabemos nuestra historia y sus avatares. Al Señor le seguimos todos. Basta ya de hablar de unos pocos privilegiados que le siguen y otros que hacen número sin más. No hay categorías en el seguimiento.
Este mismo domingo comienza el tradicional octavario por la unidad de las Iglesias. De domingo a domingo quizá hasta recemos algo más y tengamos más presente esta urgencia. Los caminos en torno a lo que solemos llamar dogma parecen aproximarse (hay documentos importantísimos aprobados) entre diferentes confesiones. Los de los comportamientos morales y los de estructuras de la Iglesia, alejarse. El entusiasmo primero de los días conciliares ha disminuido tanto que casi ha desaparecido. El escepticismo sobre las salidas que puedan encontrarse hoy al tema de la unidad coincide con los miedos e inseguridades oficiales a dar pasos públicos y decisivos. El escepticismo invade hoy el tema ecuménico y toma cuerpo la afirmación de que es algo que tiene más que ver con la escatología.
La 1ª lec de hoy recoge una de esas historietas populares hasta hace muy poco. La llamada a Samuel en el templo, por encima de los hijos de Elí, a la que responde con prontitud. El ritmo ternario, la curiosidad sobre la voz que se escucha, el cariño de Elí por Samuel, y la respuesta rotunda y generosa del mismo hacen de la historia un texto bello, fácil de escuchar con atención.
La 2ª lec pertenece a la 1Cor. Nos va a acompañar esta carta hasta el domingo 6º. El 7º, que será último antes de cuaresma, la 2ª lec es ya de la 2Cor. Sabemos que la 1Cor se estructura en torno a varias cuestiones que la comunidad ha planteado a Pablo y a las que él quiere responder en la carta. La 1ª trata de “una unión ilegítima” entre miembros de la comunidad. Le dedica los cap 5 y 6. El texto de hoy pertenece a la conclusión de este conjunto y se eleva por encima del caso concreto para colocar el cuerpo a la altura de la Resurrección y del Espíritu Santo. Se suprime en la lectura un verso que habla de la prostitución sagrada y que no carece de importancia en la argumentación completa de Pablo.
El Ev narra el encuentro de Jesús con los primeros discípulos. Provienen del grupo del Bautista, del que ha formado parte Jesús, y de Betsaida, próxima a Nazaret, su ciudad. En la tradición sinóptica, los nombres de los primeros seguidores de Jesús son Juan y su hermano, Andrés y el suyo, Simón, a quien Jesús llamará Cefás, Pedro. El 4º evangelio coincide en personas y procedencia geográfica. Este evangelio es meticuloso en días, en horas y su recuento. De los dos términos -día y hora- introduce propuestas simbólicas, más allá de su primera interpretación. “Eran las cuatro de la tarde”
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
El secreto de toda vida cristiana, seguir a Jesús. La propuesta de todos los evangelios, seguirlo para descubrirlo y mejor seguirlo. En ocasiones se ha discutido si es más exacto hablar de imitación de Jesús (vd. T. de Kempis) o de seguimiento. Al menos la insistencia del libro de los Hechos en llamar “camino” a ese intento de vivir como Jesús, nos colocaría más cerca del seguimiento. Lucas en el evangelio insiste en que Jesús marcha delante de nosotros (19, 28). Nosotros, como el ciego Bartimeo tras la “iluminación”, le seguimos por el camino (Mc 10, 52).
Seguir a Jesús no es cosa de unos esforzados o privilegiados, escogidos dentro de la comunidad cristiana, que siguen a Jesús más de cerca y hasta aparecen como delegados por todos para hacerlo. Es algo de todos los seguidores, de cualquiera de ellos, de todo el pueblo de los bautizados. Nadie por privilegio u obligación se desmarca para un mejor seguimiento. Todos, seguimos, tratamos de seguir a Jesús. Ni las promesas o votos especiales marcan un seguimiento de mayores garantías. Cada uno sabe de su propia entrega y capacidad en ese seguimiento, pero todos estamos convocados de la misma manera. La vocación o llamada al seguimiento para todos se llama bautismo.Estamos bautizados con agua y Espíritu (Jn 1, 33), o con agua y fuego (Lc 3, 16). Y es imprescindible ese Espíritu para el seguimiento. El cristiano está llamado a reinventar a Jesús de continuo. Lo recuerda por las Escrituras y el Espíritu. Actualizar ese recuerdo pasa por las claves históricas en que estamos inmersos. Tenemos ciertamente el peligro de reducir su recuerdo a elementos demasiado materiales o de ampliarlo tanto que resulte evanescente. La economía, la justicia, la solidaridad, la ciencia o la psicología y la publicidad no tienen siempre un contenido permanente y bien diferenciado; varían cada vez con mayor celeridad y nuestra obligación es reinventar ese seguimiento real de Jesús en las circunstancias siempre movedizas que vivimos. Seguir a Jesús implica riesgos de equivocación, obliga a aceptar muy diversos caminos (algo de eso han sido las tradiciones religiosas y de espiritualidad). Exige la ayuda del Santo Espíritu para acertar y no errar, para buscar formas mejores y más reales de seguimiento desde la historia del único Jesús, al que recordamos.
No es suficiente hablar de seguir a Jesús sin agregar la necesaria presencia del Espíritu que nos impulsa a seguirlo de manera nueva en cada ocasión. Reinvento cada actitud de seguimiento desde el recuerdo de Jesús y el impulso de su Espíritu. Seguir a Jesús en nuestro tiempo y nuestra historia, sin escaparnos a mundos idealizados, sin olvidar las dificultades del momento y sus ambigüedades. El bautizado, con ayuda de su comunidad, acepta los riesgos de equivocación, cuando aun implorando al Espíritu, busca sin garantías de acertar un seguimiento vivo y creativo de Jesús, el Cristo de Dios, nuestro Salvador. Ya Pedro buscaba hacerlo con tanta sinceridad que se vio cambiado de identidad, con nombre nuevo. Ni eso le libró de la equivocación y la traición. Pero le siguió y hasta la muerte. Y probablemente fue el primero que lo descubrió de una forma nueva tras la cruz y hubo de recrear una forma nueva y diferente de seguirlo en lo que llamamos resurrección.
José Javier Lizaur