Lecturas
Ez, 34, 11-12; 15-17.
Salmo 22.
1Cor 15, 20-26; 28.
Mt 25, 31-46
IDEAS VARIAS
Es el último domingo del año litúrgico. No es fácil para los cristianos captar prácticamente la diferencia entre año civil y año litúrgico. Pero quizá sea importante para introducir y presentar como algo nuevo el Adviento y la Navidad.
Esta semana estaremos atentos a dejar ultimada la preparación del adviento, de forma que desde el 1er. domingo del mismo podamos disponer de todos los elementos que hemos escogido para realzarlo.
El último domingo del año centra su atención celebrativa en Cristo Jesús como Rey. Fue cambio del concilio Vat II pasar al último domingo del año una fiesta creada por Pío XI para el último domingo de octubre. Siempre es ambiguo el título de Rey, utilizado en lo religioso. Y no es suspicacia conjeturar que en la declaración de esta fiesta se pueden adivinar asertos implícitos de política y autoridad, muy relacionados con los estados y con el primado de la iglesia católica. El evangelio de Jn (18, 33-39) establece en torno al título de rey el enjuiciamiento de Jesús de Nazaret: es el cuestionamiento más radical de este título. El mismo evangelio hace de la cruz trono, y de su muerte, entronización. Lc utiliza con frecuencia en su evangelio el título de Señor, al igual que Pablo en sus cartas. Ese sería el título de rey en términos bíblicos. Otras formas lo aproximan como Ap, (1, 8), lo de “alfa y omega”, y Hb (13, 8), lo de Cristo “ayer, hoy y siempre”.
También el título de Señor, era título de emperadores y proviene del mundo político, pero hoy ha perdido ese uso. Difícil atribuir títulos exaltadores que no incluyan rebajamiento y utilización de quienes quedan por debajo y son imprescindibles para que el título tenga contenido. Este rey no piensa llamarnos siervos sino amigos (Jn 15, 14-15). Está a nuestro servicio y su titulación le garantiza sólo la eternidad en el servicio (Lc 12, 37). Muere para que nosotros vivamos y el título es argumento jurídico de su condena (Jn). Es pastor que no come del rebaño, sino que lo alimenta con su propia vida (1ªlec Ez). En la tradición histórica de los escritos del 1er. Testamento, sólo Dios es rey y de ahí los reparos, con muchos otros, a tener un rey como los demás pueblos. Esos reparos (irónicamente descritos en Ju 9, 7-15 y en 1Sam 8, 10-17,) son retomados por Jesús Mc 10, 42-45 para concluir que lo suyo es servir y dar la vida como servicio (Lc 22, 24-27). La dificultad para transmitir la confesión de fe en Jesús en términos políticos o de poder es grande: siempre se presta a falsos entendidos e insinúa propuestas contrarias a la intención de Jesús. Tampoco es fácil descubrir términos nuevos de otras áreas y el título de Señor viene avalado por la tradición más antigua. Sin olvidar que en Hch, en boca de Pedro, el título es Siervo (3, 13 y 26). ¿Qué título le daríamos a Jesús hoy sin que tuviera tantos inconvenientes?
1ª lec de Ezequiel en clave de pastoreo. El título de pastor era el más significativo para el rey. Por eso la parábola del evangelio habla de “reunir” (v. 32-33) y enlaza literalmente con el último verso de esta 1ª lec.
2ª lec señala el señorío y primacía de Cristo por su resurrección. Lo diseña según el salmo 109, y concluye en la negación de ese señorío absoluto para Cristo, ya que es exclusivo de Dios. Y la maravilla final de “Dios lo será todo para todos” u otras variantes de traducción.
Ev, bien conocido, de Mt sobre eso que llamamos juicio final, que resulta un juicio continuo y actual. Se le da los títulos de rey (única vez en este evangelio) e Hijo del hombre (título escatológico proveniente de Dn 7) y su actuación se atiene a la de pastor (reunir, distribuir). Diferencias entre los estudiosos a la hora de concretar los humildes o pequeños y hermanos. Para unos, todos los que lo son; para otros, los miembros de la comunidad cristiana primera (esos a los que había que dar un vaso de agua, Mt, 10, 42); para algunos, los que iban quedando orillados en la propia comunidad (Mt 18, 6).
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Cristo Jesús es rey y señor del universo entero: todo a sus pies crucificados. Cristo Jesús es juez, con audiencia permanentemente abierta, y es juicio final y definitivo, atento a cualquier gesto de amor en la historia. Cristo Jesús es mi Señor, como de Pablo, como de todo creyente: mi Señor. Vive en mí, que estoy atento a todo el que sufre y está necesitado. Vive y está realmente presente en el que tiene hambre y sed, carece de ropa y de amor, es limpio y sencillo como cristal, llora y sufre sin devolver, está solo y enfermo y atrapado, busca justicia y situación nueva y le llaman utópico.
El juicio es ahora mismo y es sobre el amor. El juez está aquí mismo, es juez y parte, es demandante y demandado, presente en el necesitado y en quien le atiende. La bendición final recae sobre cualquier gesto de amor, y es universal. Es bienaventuranza e instaura el reino de Dios, que es reino de y para el amor y no tiene fin. Del Dios amor al hombre y mujer amado y al hombre y mujer que cree y ama a todos en Dios y como Dios.
Dios reina y la tierra goza. Con su reinado por el amor brota la alegría entre los humanos. Dios reina con su amor y nos hace a todos, absolutamente todos, ministros y sacerdotes de su amor. La tierra salta y goza. No tiene otra salida que el reino de Dios. Gozan los pequeños y los humildes, los olvidados y los que están de sobra, porque en ellos, y aunque lo ignoren, está su Dios, nuestro Dios. Gozan los que tienen algo y están mejor, porque lo que tienen lo repartirán, y comprobarán y gozarán a Dios en ellos mismos, en su mismo amor.
“Cuando sea exaltado, atraeré a todos a mí”. El rey crucificado es centro de atracción para quien reflexiona sobre la condición humana. Para los que sufren y gritan espantados, el rey los atrae pues él sufrió mucho y gritó. Para los que se preguntan y angustian por los gritos y sufrimientos de casi todos, el rey los atrae al morir con un por qué ante Dios en los labios. Para los sencillos y los que suplican sin comprender, el rey los atrae pues murió rezando salmos y perdonando. Para todos, hombres y mujeres, ancianos y niños y jóvenes, el rey los atrae, pues compartió con todos la aventura humana, pasando por uno de tantos y muriendo como todos, en la tiniebla total, sólo confiando confiado al Dios amor y Padre que parece abandona a sus hijos.
Pero, exaltado en la cruz, la mano creadora de Dios hizo de la cruz trono atrayente. Acumuló toda la vida que sólo él posee en el muerto y sepultado, haciéndolo fuente de vida, y vida sobrada y abundante. Lo señaló como modelo y referencia de todo lo verdaderamente humano y así hizo brillar el solo amor. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo. Tanto nos amó el Hijo que se entregó y regaló la vida por nosotros. Tan amados nos sentimos que prodigamos amor y generosidad a todo el que nos necesita. Tan necesitados de Dios estamos que lo encontramos, con certeza, en todo aquel que sufre, protesta y vive, porque en él está Cristo Jesús, siervo sufriente, esperando ese amor que él entrega para que nosotros lo regalemos sin medida.
Cristo Jesús es rey, rey de amor y entrega, y rey crucificado. Nosotros sus siervos, atrapados en la vida mortal, nos arremolinamos en torno a su cruz. Nos echamos una mano siempre que podemos, y nos queremos de verdad; se nos ensancha el corazón de saber que reinaremos todos con él, sentados a la derecha de Dios. El reino en el horizonte y el amor ya aquí para ayudarnos y avanzar todos hasta el reino. Ni uno sobra y ni uno faltará. Todos en el amor y será el Reino. “Al rey de los siglos, inmortal e invisible, único Dios (1Tim 1, 17)”. El señorío absoluto es de Dios y sólo de él. Hasta Cristo Jesús, el Rey, es su Siervo. Gloria, honor y alabanza a nuestro Dios, dueño de todo, por su santo siervo Jesús.
J. Javier Lizaur