Pedro Miguel Ansó Esarte
Un creyente debe estar en condiciones de explicitar con la mayor claridad posible, y de un modo razonado, aquello en lo que cree. Y esto significa, en mi opinión, ser capaz de desnudarse intelectualmente y discriminar entre lo que un día se le transmitió y lo que realmente ha asumido y elaborado personalmente. No sería un mal punto de partida que un creyente pudiera explicar, con absoluta sinceridad, su imagen de Dios. Quizás pueda pensarse que constituye una osadía o una pérdida de tiempo, en los tiempos que corren, abordar el tema de Dios. Trataré de demostrar, sin embargo, que no es tema baladí ni pasatiempo de diletante. Por el contrario, el tema forma parte de nuestro acervo cultural desde nuestros orígenes y tiene poderosas consecuencias de índole personal, social y política. Todo depende de la imagen que nos hayamos construido de él en nuestro universo mental.
Lejos queda ya el tema de la existencia o no de Dios. Ríos de tinta con pruebas y argumentos ontológicos, montañas de intrincadas razones que desde la Filosofía y la Teología han tratado de conocer lo incognoscible. Empeños tan laboriosos como vanos de domeñar conceptualmente lo que sólo es accesible vivencialmente. Dios está ahí, incrustado medularmente en nuestra civilización. Es una de las más importantes creaciones culturales que, como otras, están hechas a nuestra imagen y semejanza. Y es uno de los conceptos que tenemos que revisar si creemos que es posible hoy seguir hablando de Dios.
Muchos creyentes hemos tenido que realizar una larga trayectoria de sustitución de la imagen tradicional de Dios por otra más acorde con el paradigma cultural vigente. Parece, en principio, que a nada que uno se esfuerce un poco intelectualmente debería desintegrarse el concepto tradicional de un dios como ser sobrenatural, capaz de intervenir y cambiar el rumbo de la naturaleza; un dios que todo lo sabe y puede, que es capaz, desde un cielo ilocalizable, de juzgar, querer, odiar, perdonar o condenar. Una imagen así es pura irracionalidad y, en consecuencia, debería haber ya desaparecido. ¿Por qué sigue perdurando esta mitología religiosa? Sencillamente, porque las ideas y creencias que quedaron ancladas en la infancia resulta muy difícil desarraigarlas. De ellas no se pudo librar ni el mismo Descartes pese a haberse prometido gran escrupulosidad en la observancia de sus reglas metodológicas.
¿Qué supone depurar el concepto de Dios? ¿Cómo es posible seguir hablando de este tema en una sociedad avanzada científica y tecnológicamente? Para dar una cabal respuesta a estos interrogantes hay que plantearse una transición en cinco dimensiones:
1. Del providencialismo al humanismo. A Dios se le ha tenido como un ser que interviene, acompaña y modifica el curso de la naturaleza y de la Historia. Era una visión tan consoladora como falsa. Es preciso caminar hacia un Humanismo, lo que significa que los hombres y las mujeres somos los que llevamos las riendas de la Historia, aunque esta Historia no se pueda conducir a buen puerto sin Dios. Implica también (y en esto coincidiríamos con el ateísmo de Sartre) en asumir la plena responsabilidad personal y social de nuestros actos.
2. Del dualismo platónico a un monismo cosmológico. Ya Aristóteles corrigió a Platón en su intento de establecer la separación entre un mundo sensible y un mundo inteligible más allá de las estrellas (que tendría su correlato antropológico en la separación cuerpo-alma). Sin embargo el error impregnó el cristianismo medieval y perdura hasta nuestros días. Todavía hay cristianos, como el obispo Munilla, que esperan encontrarse un día con los Reyes Magos en la otra vida. No, todo esto es pura mitología. No hay más que un único mundo que es el nuestro y la vida que cada uno vivimos no es sino un momento de la Vida eterna (“vita mutatur non tollitur” nos enseña la propia Iglesia).
3. Del teísmo al cristianismo. Una fe adulta necesita hacer un giro copernicano desde el teocentrismo al cristocentrismo. Lo importante y decisivo para la vida no es el dios de la filosofía griega, sino el Dios que nos revela Jesús de Nazaret. Jesús nos revela con su palabra y sus obras un Dios que nada tiene que ver con el Dios juez y guerrero del Antiguo Testamento. Nos presenta a Dios como un buen padre que acepta a sus hijos con independencia de sus méritos, de sus posibles económicos, de sus tendencias sexuales, de sus adscripciones ideológicas o religiosas. Jesús valora la dignidad humana y su capacidad de convertirse a los nuevos valores de un mundo nuevo (Reinado de Dios). Su mensaje va dirigido a los necesitados (a los pobres de manera urgente para que salgan de su indigencia; y a los ricos y poderosos de modo fundamental para que se conviertan a la nueva escala de valores).
4. De lo conceptual a lo vivencial. Es natural que en cada época las personas tratemos de echar las redes culturales de que disponemos sobre los misterios de la realidad, que tratemos de atrapar aquello que siempre se nos escapa. Lo que no debería parecernos tan normal es que esas redes duren toda la vida y sean válidas para todas las épocas. El mismo Jesús tuvo sus limitaciones en el contexto de la sociedad en la que le tocó vivir. Y hoy seguramente no hablaría de Dios con la metáfora del padre y quizás tampoco con la de padre y madre. Porque al fin y al cabo todo es un juego de antropomorfizaciones y, como decía, Wittgenstein de lo que no se pueda hablar mejor es callarse. Mejor que la vía conceptual es tomar (como ya lo señalaron tantas veces los místicos) la vía de la interioridad. Se trata de dejar crecer la energía interior vivificante, de preparar los caminos para que se desarrollen los impulsos hacia el bien, la justicia y la belleza. Por eso de Dios siempre ha estado más cerca la poesía que la teología.
5. De la religiosidad a la espiritualidad. Son muchos ya los estudiosos que han señalado cómo Jesús no fundó ninguna religión, sino que mostró un estilo de vida para construir un mundo nuevo. Sin embargo los cristianos posteriores al siglo II se empeñaron en erigir una institución religiosa que ha llegado a ser una grotesca deformación del primitivo cristianismo. Y es que Dios no necesita sacerdotes dedicados al culto, ni ritos esotéricos, ni morales sexuales obsoletas, ni sacrificios estériles, ni instituciones feudales. Dios, que está en nuestro corazón porque todos formamos parte de Dios, sólo necesita que le dejemos crecer, que lo experimentemos en nuestro interior y en nuestra vida. Quizás la mejor definición se la debemos a Juan, su discípulo amado: Dios es Amor. Solamente quien experimentó el amor de Dios puede hablar de él.
Al final quizá se me podría poner la objeción de que rechazo la mitología tradicional para sustituirla con otra con visos de más modernidad. Pudiera ser, pero al que así objetare le responderé pragmáticamente: mientras que la religiosidad providencialista presenta un fuerte conservadurismo y apuntala un mundo instalado en la injusticia y la corrupción, el Dios de Jesús llama urgentemente a trabajar por un mundo nuevo en el que no quepa tanta miseria, tanto abuso, tanta corruptela, tanta falta de honestidad y tanta falta de compasión por los demás. Aunque sólo sea por esto es hoy tan importante replantearse el tema de Dios.
Pedro Miguel Ansó Esarte