A propósito de «La Buena Nueva»

El otro día el amigo Javier Pagola nos regalaba un hermoso comentario sobre la última película de Helena Taberna, "La Buena Nueva", inspirada en la experiencia vital de un cura navarro, Marino Ayerra, párroco de Alsasua (Alzania en la película) desde unos pocos días antes del comienzo de la guerra civil. Recomiendo a todas las personas interesadas en el tema tanto la película como ese relato autobiográfico de Ayerra, "No me avergoncé del Evangelio", en el que el protagonista aparece con más fuerza, donde se profundiza más en las angustias y contradicciones que experimenta aquel buen cura al ver las barbaridades que se estaban cometiendo en nombre de la Religión, y donde no aparecen algunos elementos narrativos de la película que, a mi entender, camuflan un tanto las motivaciones de Ayerra.

Pero yo quería detenerme en las escenas finales de la película. Son unas escenas metafóricas, poéticas, de gran riqueza visual y simbólica, que no pretenden recoger tanto unos hechos reales sino unas trayectorias vitales. Por todo ello tienen algo de atemporal, de validez universal, de motivo para la reflexión. Los planos van cambiando entre dos escenarios. Por una parte, en la plaza de Alzania el nuevo cura sustituto de Miguel, y antiguo compañero de seminario, celebra la Eucaristía ante las nuevas autoridades falangistas, las tropas vencedoras (falangistas, requetés, ejército) y los apoyos sociales en el pueblo a la nueva dictadura que se instaura. Por otra, Miguel emprende una procesión acompañado de las viudas de los asesinados por los anteriores hasta la sima donde fueron masacrados (Otsoportillo) para bendecirlos.

La plaza es el lugar visible, donde está el boato, donde están los bienpensantes, "las buenas gentes del pueblo" de aquella vieja canción del Maestro…; donde la Eucaristía se consagra a los acordes del himno español y con honores militares. La sima está en el monte, allí no hay nadie, no hay lujo ni boato, y además obliga a salir de la comodidad del pueblo. Allí no hay honores a conseguir ni opción para medrar; solo hay el amargo sabor de la derrota y del dolor por los perseguidos y los asesinados, y compartir su experiencia de vida y de muerte.

En realidad ese es el dilema de la Iglesia: optar por la plaza o por Otsoportillo. Seguramente no tendríamos muchas dudas en apuntar por dónde va hoy la opción de la Iglesia oficial y jerárquica. Pero igual tampoco es mala idea pararnos un poco a pensar en nuestros Otsoportillos…

César