Desde el fin de la Guerra Fría, el mundo se acostumbró a una estructura unipolar donde Estados Unidos ejercía como la potencia indiscutible a nivel global. Sin embargo, en las últimas décadas, esa supremacía se ha venido agrietando de manera paulatina. Los síntomas de este desgaste son visibles en múltiples frentes:
- Económico. El ascenso incontestable de China y la consolidación del bloque de los BRICS, que desafían el monopolio del dólar y de las instituciones financieras occidentales.
- Geopolítico. La pérdida de control y de capacidad de disuasión en escenarios clave como Oriente Medio, Asia Central y Europa del Este, donde otras potencias regionales desafían abiertamente las directrices de Washington.
- Social e interno. Una polarización extrema dentro del propio país, crisis de confianza institucional y fracturas sociales que erosionan su imagen de estabilidad.
En este contexto, el evidente retroceso del sistema democrático en el mundo —una realidad constatada por diversos índices internacionales— no es un fenómeno aislado. Es, de hecho, un síntoma directo y una consecuencia del debilitamiento del poder imperial que antes lo sostenía o instrumentalizaba.
Para entender por qué el declive de Washington arrastra consigo a la democracia global, es necesario desmontar un mito: la idea de que la política exterior estadounidense ha sido siempre un proyecto altruista de difusión de la libertad… Leer más (Editorial de Redes Cristianas)
