Religión Digital
«La Iglesia no puede ser creíble si no está dispuesta a dejarse purificar por el mismo Evangelio. La verdad puede ser dolorosa, pero solo la verdad libera. Reconocer los errores no debilita a la comunidad; la hace más honesta»
En el Consistorio de cardenales de finales del mes pasado se pidió una Iglesia «capaz de reconocer sus propios errores», que recupere la «credibilidad» y que pueda «hablar con autoridad en favor de la dignidad de la persona, la paz, la reconciliación y el bien común». De hecho, hay realidades que una comunidad preferiría no tener que afrontar nunca. Los abusos sexuales y los abusos de poder dentro de la Iglesia son una de ellas. Durante demasiado tiempo, el dolor de muchas víctimas quedó silenciado, minimizado u ocultado. Hoy sabemos que el silencio no protege a nadie; al contrario, acaba protegiendo el mal y dejando todavía más indefensas a las personas que lo han sufrido.
Por eso, el primer deber de toda comunidad cristiana es escuchar. Escuchar sin prejuicios, sin prisas por justificar, sin la tentación de relativizar los hechos porque nos incomodan. Quien ha sufrido un abuso no necesita explicaciones teóricas, sino ser reconocido en su dignidad, acogido con respeto y acompañado con verdad.
Ahora bien, sería un error pensar que el problema se reduce únicamente a los abusos sexuales. En su origen encontramos, con frecuencia, una deformación más profunda: el abuso de poder. Cuando la autoridad deja de vivirse como un servicio y se convierte en un privilegio; cuando el ministerio se identifica con la superioridad; cuando se confunde la obediencia con la sumisión ciega o el respeto con la falta de transparencia, se abre un terreno peligroso. Jesús advirtió claramente a sus discípulos que entre ellos no debía ser así: «Quien quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos» (Mc 10,44).
La Iglesia no puede ser creíble si no está dispuesta a dejarse purificar por el mismo Evangelio. La verdad puede ser dolorosa, pero solo la verdad libera… Leer más (Joan Planellas)