“Esto empezó con una idea loca y acá estamos”. Así arranca la bienvenida de Francisco. Con la naturalidad con la que ha impregnado cada rincón de un pontificado que ya ha rebasado una década y no huele ni a desgastado ni a liquidación por cierre. Al menos, eso se percibe. No solo de primeras, sino cuando la conversación se adentra en cualquier tema.
Más allá de las limitaciones físicas por su maltrecha rodilla, no le fallan las fuerzas. Ni mucho menos el entusiasmo. Por eso, ni siquiera sobrevuela en el coloquio con él la necesidad de preguntarle por la renuncia. Ni se la ve ni se la espera. Sobre todo, por la lucidez y agilidad para soportar un tercer grado, durante varias horas, saltando de un tema a otro. Se las sabe todas, como un cura villero acostumbrado a tratar lo mismo con una mujer que se desvive de sol a sol para sacar adelante a su familia que con un traficante de ‘paco’ que intenta enganchar a los chavales de la barriada.
Francisco responde. Reflexiona. Pregunta. Propone. Bromea. Y se ríe. Mucho. No relativiza, pero sí da la importancia justa a los problemas que se le plantean. Contundente con todo lo que acumula carcoma. ‘Misericordiando’ cuando alguien abre su corazón fuera del interrogatorio periodístico. Acaricia heridas. Consuela. Le va conjugar verbos de acción. Pero también de contemplación. Escucha. Acoge. Sobre todo, acoge. Desde el minuto cero. Para hacer ver al otro que no se siente extraño ni alejado ni juzgado. Es la percepción del equipo de ‘Vida Nueva’ nada más romper la barrera que resulta inevitable levantar cuando uno se sabe recibido por el sucesor de Pedro. Él se encarga de difuminar lo que suena a distancia para transformarlo en puente…Leer más…(El Papa a Vida Nueva)
