Catalunya, tierra de misión

La rueda
Sábado, 6 de noviembre del 2010
Francesc Escribano

Hoy es el día. Hoy llega a Barcelona el papa Benedicto XVI. Un acontecimiento que no dejará a nadie indiferente, y yo no soy una excepción. De entrada, quiero precisar que no estoy en contra de su visita, ni tampoco estoy, como sucede con otros articulistas y tertulianos de la gloriosa cruzada antiprogre, en contra de los que están en contra. A lo sumo, comienzo a estar en contra de los que están en contra de los que están en contra, por lo de la cruzada que les decía. Pero el hecho de que no me manifieste contrario no quiere decir que no sea extremadamente crítico.

 El papa Benedicto XVI, una figura que me merece el máximo respeto, no viene a Barcelona solo para dedicar la Sagrada Família. Su visita se enmarca en la ofensiva que ha empujado el Vaticano para recuperar la fidelidad perdida de aquellos países católicos que ya no se quieren definir como tales. Benedicto XVI ha manifestado públicamente su preocupación por la progresiva secularización de una sociedad que vive, según sus propias palabras, una especie «de eclipse del sentido de Dios». Por este motivo, el Vaticano creó el pasado 12 de octubre el Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización. Se trata de un organismo similar al que promueve la evangelización en los países de tradición no cristiana, pero que establece un nuevo territorio de misión: los países, como el nuestro, de rancia tradición católica y de un presente laico y descreído.

Por lo tanto, la visita del Papa me interpela directamente. Yo, como otros muchos ciudadanos de este país, soy uno de aquellos católicos que casi ha olvidado que lo es. Por lo tanto, cuando dicen que me quieren evangelizar de nuevo, lo agradezco, pero, al mismo tiempo, me pregunto si no es la Iglesia la que tiene el problema y, una vez más, confunde la causa con el efecto. Siento que son ellos los que nos han abandonado a nosotros y no al revés. La Iglesia cada vez está más lejos y es urgente que se plantee un cambio. No es tan difícil, ya lo hizo en 1965 con el Vaticano II, que continúa siendo un buen punto de partida. El problema es que, para la actual jerarquía, es sobre todo un punto de regreso. De vuelta hacia Trento.