NAVIDAD 2011, Lc. 2,1 – 14, 24 de Diciembre

NOCHEBUENA

T E X T O S

DEL PROFETA ISAÍAS (9:1-3,5-6)

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.
Habitaban tierras de sombras y una luz les brilló.
Acrecentaste la alegría, aumentaste el gozo:
se gozan en tu presencia como gozan al segar,
como se alegran al repartirse el botín.
Porque la vara del opresor,
el yugo de su carga y el bastón de su hombro
los quebrantaste como el día de Madián.
Porque la bota que pisa con estrépito
y la túnica empapada de sangre
serán combustible, pasto del fuego.
Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado:
lleva a hombros el principado y es su nombre:
maravilla de Consejero, Dios guerrero,
Padre perpetuo, Príncipe de la Paz.
Para dilatar el principado con una paz sin límites
sobre el trono de David y sobre su reino.
Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho
desde ahora y para siempre.
El celo del Señor lo realizará.

DE LA CARTA DE PABLO A TITO (2:11-15)

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo. Él se entregó a nosotros para rescatarnos de toda impiedad, y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

DEL EVANGELIO DE LUCAS (2:1-14)

En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo en el mundo entero. este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad.

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo:

» No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo:

Gloria a Dios en el cielo
y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.

TEMAS Y CONTEXTOS

EL TEXTO DE ISAÍAS

Esta canción de Isaías es probablemente un himno litúrgico, propio de la entronización de un rey. Sube un nuevo rey al trono de David, y se le proclama como Rey Ideal, luz del pueblo, libertador, Príncipe perfecto. Es la esperanza del pueblo, presencia de la Justicia de Dios. El pueblo sabe que su destino depende del Rey, presencia de Dios, capaz de llevar al pueblo a cumplir la Alianza o de estropearlo todo y poner en peligro la Promesa.

La Iglesia ha visto siempre en este texto un anuncio perfecto de Jesucristo, plenitud de esta esperanza, presencia de la liberación de Dios. Ningún rey histórico de Judá ni de Israel fue así. Históricamente este canto fue sólo un sueño, una esperanza. En Jesús es un cumplimiento, un sueño hecho realidad. Dios con nosotros es el Reino, la realización de todas las esperanzas.

LA CARTA DE PABLO

Pablo presenta a Jesús como el final, la culminación de la manifestación de Dios. Ha aparecido la gracia, la abundancia, la superación de la mera justicia. Ha aparecido alguien en quien podemos ver a Dios como es, Salvador entregado a los hombres por amor. Pablo indica también nuestra respuesta: renunciar a la vida sin religión, a la vida dedicada sólo a esta vida, aguardando la dicha que esperamos. Esto es lo que constituirá el Nuevo Pueblo: sus señales de identidad son aceptar la Buena Noticia de Jesús y responder con una vida dedicada a las buenas obras. Pablo es un maestro de síntesis perfectas. Hay en él párrafos en que nada falta y nada sobra. Y éste es sin duda uno de ellos.

EL EVANGELIO DE LUCAS

Lucas nos muestra aquí un ejemplo perfecto del género literario «Evangelio». Esto consiste en «contar lo que sucedió, aunque los ojos no lo vieron». Lo que vieron los ojos fue un nacimiento en condiciones materiales penosas. Lucas sabe más, y sabe que sucedió más: sabe quién es el niño que nace; nace el salvador, la gran alegría para todo el pueblo.

La presencia de Dios suscita en los pastores temor: es característico de todo el Antiguo Testamento. El ángel muestra ya el cambio de situación: no temáis: Dios es el Salvador. No podemos leer estos textos como si fueran simplemente relatos de lo que sucedió. En todos estos textos de la infancia de Jesús, la historia tiene menos importancia que el significado de lo que está sucediendo. Y el significado es estremecedor: para ver a Dios, mirad a ese niño. Nuestras espectaculares Teologías dicen que saben mucho de Dios. ¡Qué estupendas las primeras tesis de nuestras clases de Teología que trataban “de Deo uno et trino”! Y ¡qué explosión de sabiduría en las clases de Teodicea, cunado investigábamos a Dios sin el auxilio de la Palabra, sólo a fuerza de darle vueltas a nuestro cerebro!

Pero los ángeles son más listos y nos dan una pista mejor: para conocer a Dios, abrid los ojos y mirad: un recién nacido bien fajadito en pañales, en un pesebre, lo mejor que pueden encontrar sus padres, campesinos pobres y desplazados, en una cuadra. ¿Qué se puede ver de Dios en ese niño? ¿No nos basta? Pues no vamos a ver más, porque sabemos de Dios solamente lo que Él nos dice. Y eso es lo que nos dice. Nos dirá más tarde un poco más, cuando nos dé a contemplar al mismo niño, ya mayor, crucificado. Y estaría bien recordar hoy las preciosas palabras de Pablo: “los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros no sabemos más que a Cristo, y éste, crucificado” (1 Cor 1,22)

R E F L E X I Ó N

Estamos en el centro mismo de la Navidad. La Nochebuena y la eucaristía del día de Navidad son una de las dos cumbres del año litúrgico. (La otra es la Vigilia y la Misa del Domingo de Resurrección).

Estamos celebrando lo más íntimo de nuestra fe. Nuestra fe es una radical negación de la apariencia del mundo. La apariencia del mundo, la que captan los ojos, es materia que cambia y pasa, vida que llega a morir, y es ausencia de Dios, que no aparece por ninguna parte, que no parece arreglar nuestros problemas. Eso es lo que llama Pablo una vida sin religión… pero es lo evidente, incluso lo razonable.

Nuestra fe es no conformarse con esto. Y no nos conformamos porque nos fiamos de ese niño que vemos hoy nacer. Somos más, hay más destino, hay otro modo de vivir, Dios está ahí presente y habla y trabaja… La Noche de Nochebuena se convirtió en día para los pastores porque apareció La Gloria del Señor. Es todo un símbolo: la oscuridad de la vida humana se convierte en día por la presencia de Jesús.

Nuestra fe suele ser también un alarde del conocimiento de Dios, el Uno y Trino, el Todopoderoso, el Creador, el Infinito, el Providente … Todo esto fue quizá válido hasta que Dios se dejó ver. Y fue una desilusión: ¡tenía que haber nacido en el palacio de Herodes o mejor en el del César de Roma o quizá ser hijo del Sumo sacerdote y nacer milagrosamente destellando resplandores! ¡Así nadie tendría dudas y el mundo entero se postraría ante la divinidad manifestada en gloria! Pero no fue así. Los judíos pedían señales, y la señal es un niño pobre nacido en una cuadra, inmovilizado en pañales. Los griegos buscan sabiduría: y la sabiduría de ese niño sólo serán sus parábolas, de las que se puede sacar tan poca filosofía ni teología que la misma Iglesia las ha olvidado para buscar sabiduría en otras fuentes.

Hemos convertido la Navidad en una fiesta de ternura infantil y familias, y en fuente de una asombrosa teología de la Encarnación que nos ha llevado hasta prácticamente negar que ese niño es un ser humano verdadero. Con eso hemos trivializado la Palabra. Es la fiesta del compromiso de Dios con nosotros contra nuestras tinieblas. No debemos ceder a la simple ternura. Debemos subir a la contemplación, al género «evangelio», ver lo que sucede de verdad, aunque los ojos no se enteren de casi nada. Y debemos aprender qué es Dios solamente mirando a ese niño. Dios está aquí, aunque los ojos no se enteran. Dios está con nosotros, aunque nos parece que estamos tirados. Dios es así, aunque la mente se escandalice. Los ojos no ven a Emmanuel ni a Dios Libertador.

Navidad es para ver con los otros ojos, los del Espíritu, abiertos por Jesús.Ha aparecido la gracia de Dios, para que la vida sea diferente, porque la vida es diferente. Los evangelios empiezan verdaderamente cuando Jesús empieza a proclamar: «Convertíos, que ya está aquí el Reino de Dios». A la luz de esas palabras tenemos que mirar al Niño. «Convertíos», tenéis que daros la vuelta, cambiar de rumbo, ir a otro sitio, volver la cara a Dios tal como se deja ver. Y oír, escuchar, atender LA NOTICIA: «El reino de Dios está aquí». Este mundo no es la noche de la injusticia, de la desgracia, de la muerte, de la ausencia de Dios. El Niño revela que este mundo puede ser «EL REINO».

La nochebuena está llena de símbolos, y debemos vivirla así. Es de noche, sólo unos pastores vigilan los rebaños. Belén está llena de algazara de posadas a rebosar. En una cuadra aparte una pareja pobre está en apuros. Pero la noche se ilumina con la Gloria y la palabra del Señor. La recibe la gente sencilla y son capaces de interpretar bien una señal que no es señal de nada: un niño como todos envuelto, como todos, en pañales, y colocado, peor que todos, en un pesebre. Y todo esto dispara la pregunta afilada, ineludible: ¿dónde está tu Dios? No lo busques como los Magos en el Palacio del Rey, ni en la sagrada Jerusalén. No en el templo, no en el culto, no en el sacerdocio, no en el palacio, no en la sabiduría de los escribas/teólogos. Ni siquiera en su casa, ni en el día.

La Nochebuena es una gran negación, un desafío. Esto va a ser para nosotros Jesús. Creer a Dios sin ver nada del otro mundo. ¡Qué señal, un niño pobre en una cuadra!. ¡La gloria de Dios que sólo es visible para cuatro pastores miserables!Navidad es para ver a Dios donde los ojos no lo ven. No es nada fácil ver a Dios en el niño que ha nacido. En realidad sólo lo podemos ver porque sabemos quién será ese niño. No creemos en Jesús porque lo vemos en el pesebre. Creemos en el Niño del pesebre porque ya sabemos quién es. Los evangelios de la infancia sólo tienen sentido después de creer en Jesús, están escritos por personas que ya tienen fe en Jesús.

Es eso lo que nos pasa con la vida. No es fácil, quizá sea imposible, creer en Dios despegando hacia Él desde lo que ven los ojos en este mundo. Vemos tanta injusticia, tanto dolor de inocentes, tanto sin-sentido, que nos resulta áspero ver ahí la mano de Dios. Y es que tiene que ser al revés. Creemos en Dios y después intentamos iluminar la noche de la vida con esa fe.Por eso, el signo de la Navidad es la luz en la noche, contemplada por los más sencillos. Esta noche no se van a enterar de nada los sabios y teólogos de Israel. Para ellos no ha pasado nada. Esta noche no se va a enterar de nada el Rey Herodes, y cuando se entere se dará cuenta inmediatamente de que ha nacido un peligro mortal para él y procurará destruirlo.

Esta es la noche de creer en los valores enterrados en el corazón de toda la gente, que es donde descubrimos, con sorpresa y con gozo, que verdaderamente el Reino de Dios sí que está en el corazón de todos los hombres. La noche sigue siendo noche, sigue habiendo dolor y vejez y desgracia, nos siguen apeteciendo mil cosas que nos degradan; vivimos en la noche. Pero en la noche hay luz para ver más cosas y más verdaderas. Esa luz es Jesús.

CREDO SENCILLO PARA NAVIDAD

Yo creo en un niño pobre
que nació de noche en una cuadra,
arropado sólo por el amor de sus padres
y la bondad de la gente más sencilla.

Yo creo en un hombre sin importancia
austero, fiel, compasivo y valiente,
que hablaba con Dios como con su madre,
que hablaba de Dios como de su madre,
contando, llanamente, cuentos sencillos,
y por eso molestó a tanta gente que al final lo mataron,
lo mataron los poderosos, los santos, los sagrados.

Yo creo que está vivo, más que nadie,
y que en él, mas que en nadie,
podemos conocer a Dios
y sabemos vivir mejor.

Y doy gracias al Padre
porque Él nos regaló este Niño
que nos ha cambiado la vida,
y nos ha dado sentido y esperanza.
Yo creo en ese niño pobre,
y me gustaría parecerme a Él