Vivimos en un tiempo lleno de información. La realidad de hoy mañana caerá en el olvido, aunque las causas que la hicieron actualidad permanezcan. La instantaneidad se valora más que la misma noticia, cuyos contenidos quedan a menudo desvirtuados. De esta manera, cada vez es más difícil un análisis sereno y profundo que permita encontrar las claves fundamentales de los acontecimientos.
Los Derechos Humanos tienen que ser el enfoque adecuado para interpretar el mundo, sus conflictos, los procesos históricos que lo modifican y los retos que lo interpelan. En su contenido, concepto y desarrollo encontramos la propuesta ética que debe regir las relaciones entre países y personas, en el seno de la sociedad y en sus instituciones formales o informales.
Ningún conflicto ni disputa pueden quedar resueltos si los Derechos Humanos no se convierten en un elemento fundamental de la realidad; si se ignoran y, aún más, si se desprecian categóricamente. La historia nos lo demuestra una y otra vez. La Declaración Universal de Derechos Humanos surge tras el final de la Segunda Guerra Mundial impulsada por el horror y destrucción que supuso y sin embargo en el mismo siglo el viejo continente se ha visto ensangrentado por conflictos en los Balcanes y en territorios de la antigua URSS.
La dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad son las ideas y prácticas esenciales que deben estar presentes siempre para legitimar o no las propuestas futuras e interpretar los hechos del pasado. No se puede construir el porvenir sin tener en cuenta los derechos que dotan a todas las personas de los elementos básicos para una vida digna.
Los estados, naciones y pueblos no son entes abstractos y se fundamentan en las poblaciones que los habitan. A ellas se deben y por ellas se articulan proveyéndoles de espacios de libertad y recursos para el desarrollo de su vida en toda su diversidad y riqueza. Como es inevitable en toda comunidad humana, surgirán conflictos. La construcción de estados de derecho debe desarrollar instrumentos para que estos conflictos se resuelvan de forma pacífica y justa a través del acuerdo y aceptación del otro u otra y teniendo en cuenta en una discriminación positiva a quienes parten de situaciones de mayor precariedad; física, educativa o estructural.
La Declaración Universal, tal y como la conocemos hoy día, tuvo un proceso de discusión de tres años en el que a lo largo de 85 sesiones se analizaron más de doscientas enmiendas al anteproyecto redactado por René Cassin. La disputa principal estaba entre quienes anteponían los derechos civiles y políticos a los económicos sociales y culturales y quienes veían es estos últimos el fundamento principal de la declaración. Quienes antepusieron unos en detrimento de los otros acabaron, en muchos casos, conculcando todos.
Aunque queda mucho camino por recorrer hoy es indiscutible que no se puede construir la justicia desde la desigualdad, que la pobreza imposibilita la construcción democrática plena de un país o que no se puede imponer un régimen político, por muy justo e igualitario que se predique, con el desprecio de la libertad.
Los Derechos Humanos nos permiten visualizar a las personas como protagonistas -para darles la relevancia que merecen no ocultas tras los grandes nombres y los intereses geopolíticos y económicos. La guerra de Irak se montó sobre una gran mentira sin tener en cuenta a la población que padecía un régimen tiránico al que en tiempos anteriores se le habían consentido atrocidades como el genocidio de Halabja donde 5.000 civiles kurdos perdieron la vida bombardeados con gas cianyde. Tras la caída de Saddam Hussein y su asesinato en la horca, la población de Irak no ha recuperado los derechos que le corresponden ni las mujeres han avanzado en grado de participación y protagonismo social político y económico.
La visión de este mundo complejo desde los Derechos Humanos significa emprender un compromiso de transformación, que tenga en cuenta a las grandes mayorías, víctimas de las peores condiciones de vida en el transcurso de la historia. El propósito de esa acción debe acometer la superación de la injusticia, marginalidad, desigualdad y falta de libertad.
Pero además debe incorporar a estas mayorías haciéndolas protagonistas de las transformaciones que les permitan salir de su situación. Nadie mejor que los pobres saben lo que la pobreza significa. Quién mejor que un esclavo acabará con la esclavitud. Qué mejor que una silla de ruedas para acabar con las barreras de una ciudad.
El teólogo Gustavo Gutierrez se refería a los pobres de Latinoamérica como “los ausentes que se hicieron presentes”. Hagamos pues presentes a los 1.500 millones de personas que sobreviven en el mundo con menos de un dólar diario y si ponemos rostro a esta cifra mayoritariamente será un rostro de mujer. Como consecuencia de la crisis, el Banco Mundial cifraba entre 55 y 90 millones de personas que pasarán a engrosar las filas de quienes viven en la pobreza extrema. La OIT cifraba en más de 50 millones las personas adicionales que en 2.009 habrían perdido su empleo. Pero también hay pobres que trabajan, el sudor de su frente no les da para ganarse el pan y viven con menos de dos dólares diarios. Estos pueden aumentar hasta más de 200 millones.
Si profundizamos en las causas de la crisis, su tratamiento y las consecuencias que está teniendo, no podemos conformarnos en calificarla sólo como una crisis económica sino también de valores y sobre todo de derechos humanos. Hagámoslos también a ellos presentes en la solución.
La propia declaración se define a si misma como universal. Eso significa que todo ser humano, por el hecho de serlo, es poseedor de todos ellos y lo es en cualquier circunstancia, lugar o condición en la que haya nacido y viva. El carácter universal de los Derechos Humanos nos incorpora a una visión global del mundo y nos hermana con los hombres y mujeres que lo habitan, iguales sujetos de derechos. Cuando éstos se violan en cualquier parte del mundo, también se vulneran nuestros derechos porque con ellos los compartimos. Nada humano nos parece ajeno. Nada inhumano nos resulta indiferente.
Es por ello que acontecimientos como los de Haití nos conmocionan y movilizan nuestra generosidad. Pero hace falta dar un paso más allá. Cuando el país más pobre de Latinoamérica deje de ser noticia deberemos acompañarlo para que sea protagonista del empoderamiento de sus derechos, que por serle negados lo hicieron extremadamente vulnerable. La pobreza no es una cuestión de mala suerte sino de derechos humanos y cuando estos no se respetan los desastres naturales tienen mucho más que ver con la injusticia que con la naturaleza o los avatares del destino.
Los Derechos Humanos nos permite transitar por la historia y construir el futuro desde una perspectiva crítica vital, que prima su vigencia permanente y continua renovación sobre otras consideraciones.
Bien es cierto que la Declaración Universal en su nacimiento tiene un carácter androcéntrico y occidental pero también dinámico y evolutivo, siendo piedra angular en la construcción de nuevos derechos y la incorporación de nuevos puntos de vista para encontrar lo que el profesor Xavier Etxeberria denomina “lo humano irreductible”, esos valores comunes que nos hacen miembros de una misma comunidad humana.
Por tanto, no son derechos quietos ni muertos. En su evolución necesitan observaciones críticas, que los doten de nuevos y mejores contenidos. Precisamente, su origen eurocéntrico precisa que los Derechos adquieran universalidad plena mediante la armonización con otras concepciones culturales, mientras los seres humanos -individuales y en comunidad- vivan en libertad y justicia. Que las mujeres sean todavía discriminadas exige que los Derechos Humanos superen definiciones y realidades que las olvidan y se conviertan plenamente en derechos de las mujeres.
Observar y comprender el mundo desde los Derechos Humanos y situarnos en él con un compromiso transformador no equivale a renunciar a nuestros puntos de vista ideológicos, políticos o religiosos. Más bien deben reforzarlos, llenarlos de legitimidad, en la medida que nuestras opiniones sean capaces de aplicar y respetar esos mismos derechos. La razón de nuestras convicciones se verá enriquecida por el valor añadido de una propuesta ética y moral que nos permitirá procurar que el mundo sea un hogar más acogedor y habitable para todos los seres humanos.
Fernando Armendáriz Arbizu