Me refiero a los partidos políticos -que no a los deportivos, por ahora-, a los que la fuerza motriz de la rutina fonética aplica la enunciación gramatical de adjetivos tales como «católicos, apostólicos y romanos». El prefijo «a» indica negación, o privación, dejándome aquí y ahora de zarandajas eclesiasticoides. El tema se justifica sobradamente, por sí solo, dado que los procedimientos democráticos parecen recabar permanentes tiempos y ritmos «pre» o «post» electorales, con el consiguiente cortejo y contrapartidas de pactos.
Se alardea en exceso de que «política» e «Iglesia» se desmatrimonializan de por sí. Pero el hecho cierto es que también la Iglesia católica es, y hace, política, de modo proporcionalmente similar a como el poder político se inocula de alguna manera en el organigrama -idea y acción-, religiosos.
No es, por tanto, verdad que la Iglesia no sea política. Lo fue, lo es y además, preferentemente en una dirección determinada y esta no es la considerada y temida como de izquierdas. Lo que ocurre es que, cuando se registra algún «desvío» que se juzgue «excesivo» en esta sacrosanta dirección, es entonces cuando se anatematizan ciertos «izquierdismos», por leves que sean. Leer más…