Osoro pasa página rouquista y lo apuesta todo a la primavera de Francisco

Los nuevos auxiliares comparten el modelo de Iglesia que el Papa promueve desde Roma y Osoro, desde Madrid. Más decidido, más valiente, más arriesgado, más libre y más ‘franciscano’ que nunca, ha comenzado a escenificar su punto de inflexión en Madrid con sus tres nuevos auxiliares.

Su natural prudente y bondadoso le llevó a esperar tres años antes de pasar página. Y sólo ahora, tras patearse la diócesis de arriba abajo, se va a ver al auténtico cardenal de Madrid, Carlos Osoro. Más decidido, más valiente, más arriesgado, más libre y más ‘franciscano’ que nunca, ha comenzado a escenificar su punto de inflexión en Madrid con sus tres nuevos auxiliares.

Con esta elección, Osoro inicia la etapa postRouco en Madrid. Le ha mimado (con ático incluido), ha respetado las poltronas de muchos de los suyos, le ha tratado con elegancia y exquisitez. Pero, pagada la deuda de la cortesía hacia su antecesor, el cardenal madrileño se dispone a cambiar de rumbo y remar mar adentro.

Con velas desplegadas. Sin pesos muertos ni motores gripados. Con alegría, ternura y misericordia. Sin nostalgias del pasado, poderes o privilegios. Abandonando la Iglesia fortaleza de las seguridades y de los principios innegociables, para navegar hacia una Iglesia samaritana y hospital de campaña.

Y para construirla ha optado, una vez más, por una Iglesia de todos y para todos. Una Iglesia que suma. Todos los obispos, cuando toman posesión de una nueva diócesis, siempre dicen que quieren ser de todos. Al cabo de poco tiempo, se les olvida la promesa y se centran en sus grupos-estufas, que les dan calor, les bailan el agua, les llenan la catedral y les ofrecen una tranquila zona de confort.

Cuando llegó a Madrid, Don Carlos también dijo lo de ser obispo de todos, pero, además, lo cumplió. A eso se dedicó, en cuerpo y alma, desde hace tres años. Sin un minuto de respiro. Sin un momento de descanso. Desde la mañana a la noche, todos los días de la semana y, por supuesto, los fines de semana. Sin vida propia, con una agenda a rebosar e, incluso, sin cuidarse físicamente.

Se dejó la piel en iglesias, hospitales, cárceles, colegios, casas…No dice nunca (o casi) no a nada ni a nadie. Y, cuando tiene que llorar (especialmente por las incomprensiones de los de dentro), se va a su capilla y se arrodilla ante la Purísima. O se para a acariciar, antes de salir o de entrar, a la Virgen con el niño, que tiene junto a la puerta.  Leer mas…