De hecho, eso de denunciar sombras en la religión es lo que caracterizaba a los antiguos profetas y lo que costó la cruz al Señor. Y es que llevamos siglos de «prepotencia clerical» de la que se han contagiado algunas religiosas que se dedican al apostolado, la enseñanza o el apoyo litúrgico. Estadísticamente los laicos somos muchos millones más, pero en la Iglesia no llegamos a ser ni el punto de la «i», salvo para aportar dinero. Ahí sí cuentan con nosotros. Como mucho se nos invita a cantar o sumarnos a grupos «dominados» por un cura o una monja. Esto, junto con una doctrina sin actualizar, con unas lecturas litúrgicas muchísimas veces inapropiadas o contrarias al Evangelio, con el protagonismo del rito sobre la vivencia, hace que los fieles laicos vayamos renunciando a hacer cualquier sugerencia, por simple que sea. Nos sentimos ante la «clase religiosa» como quien sale a cazar elefantes con palillos.